El secreto de la colada de Doña Carmen

—¡Por el amor de Dios, Carmen! ¿Otra vez? —gritó Rosario desde la puerta, agitando una sábana blanca salpicada de manchas rojas—. ¿Qué les haces a las sábanas de la señora Teresa?

Doña Carmen, con las manos aún húmedas y el delantal empapado, sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Miró a Rosario, su vecina y amiga de toda la vida, y luego a la pila donde el agua seguía teñida de un leve tono rosado. No era la primera vez que ocurría. Desde hacía semanas, la ropa ajena que lavaba para ganarse unas pesetas regresaba manchada, como si la sangre se negara a irse del todo, como si algo en el aire del pueblo quisiera dejar huella.

—Te juro por mis hijos que yo no he hecho nada —susurró Carmen, con la voz temblorosa—. Las froto con jabón Lagarto hasta dejarme las uñas… pero esas manchas vuelven, Rosario. Vuelven solas.

Rosario bufó y se acercó a ella, bajando la voz:
—¿No será cosa de brujería? Dicen que en la casa de los señores pasan cosas raras desde que murió don Manuel…

Carmen negó con la cabeza, pero no podía evitar sentir un escalofrío. El pueblo de Almonte era pequeño y las habladurías corrían más rápido que el viento de levante. Desde la muerte repentina del patrón, todo parecía envuelto en un aire denso, como si el luto se hubiera pegado a las paredes y a las sábanas.

Esa noche, mientras cenaba con sus hijos —un plato escaso de potaje y pan duro—, Carmen no pudo evitar mirar sus manos. Eran manos fuertes, curtidas por el jabón y el agua fría del pozo. Manos que habían criado sola a tres hijos desde que su marido se fue a Alemania buscando trabajo y nunca volvió. Manos que ahora temblaban ante el misterio de unas manchas imposibles.

—Mamá, ¿por qué estás tan triste? —preguntó Lucía, la pequeña, con los ojos grandes y oscuros como aceitunas.

Carmen sonrió forzada y acarició su pelo:
—Nada, hija. Cosas de mayores. Anda, termina el potaje antes de que se enfríe.

Pero esa noche no pudo dormir. El tic-tac del reloj y el rumor del viento colándose por las rendijas le trajeron recuerdos de tiempos mejores, cuando su casa rebosaba risas y el futuro parecía menos incierto. Ahora todo era cuesta arriba: la cartilla de racionamiento, los chismes del pueblo, el miedo a perder los pocos clientes que le quedaban.

Al día siguiente, decidió ir a hablar con doña Teresa. Caminó por las calles empedradas bajo un sol despiadado, esquivando miradas curiosas y saludos forzados. Al llegar a la casa grande, tocó la aldaba con fuerza.

La señora Teresa la recibió con su habitual frialdad:
—¿Qué quieres ahora, Carmen? ¿Vienes a darme otra excusa?

Carmen tragó saliva y bajó la mirada:
—Señora… yo no sé qué pasa con su ropa. Juro que hago todo lo posible… pero esas manchas…

La anciana la interrumpió con un gesto brusco:
—¡Basta! No quiero más cuentos. Si no puedes hacer tu trabajo, buscaré a otra.

Carmen sintió cómo se le encogía el alma. Salió de allí con lágrimas contenidas y una rabia sorda en el pecho. ¿Por qué tenía que cargar ella con culpas ajenas? ¿Por qué siempre los pobres pagaban los platos rotos?

Esa tarde, mientras lavaba en el arroyo junto a otras mujeres del pueblo, escuchó susurros a su alrededor:
—Dicen que Carmen trae mala suerte…
—Desde que lava para los señores, todo va peor…

No pudo más. Se levantó de golpe y gritó:
—¡Ya está bien! ¡No soy ninguna bruja ni traigo desgracias! Solo soy una mujer que intenta sacar adelante a sus hijos.

El silencio fue denso como una losa. Pero entonces Rosario se acercó y le puso una mano en el hombro:
—No estás sola, Carmen. Aquí todas sabemos lo que es luchar cada día.

Esa noche, Carmen decidió no dejarse vencer por el miedo ni por las habladurías. Al fin y al cabo, en España siempre ha habido quien señala y quien calla. Pero también hay quien resiste.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo han tenido que lavar las penas ajenas sin poder limpiar las propias? ¿Y si algún día nos atreviéramos todas a contar nuestra verdad?