El secreto del desierto de Tabernas: El cactus y el silencio

—¿Y si no volvemos nunca? —me preguntó Carmen, con la voz temblorosa, mientras el sol caía a plomo sobre el capó del viejo Seat Panda.

—No digas tonterías, mujer. Solo vamos a ver el atardecer, como cuando éramos jóvenes —le respondió Paco, intentando sonar despreocupado, aunque yo sé que en el fondo también sentía ese hormigueo de inquietud.

No era la primera vez que mi hermana Carmen y su marido Paco se escapaban al desierto de Tabernas, en Almería, para celebrar su aniversario. Pero aquel marzo de 1994, todo era distinto. Carmen estaba embarazada de seis meses, y Paco, con sus 54 años, parecía más cansado que nunca. Aun así, insistieron en hacer ese viaje especial, como si presintieran que sería el último.

Recuerdo perfectamente la llamada de la Guardia Civil. «¿Es usted la hermana de Carmen?», preguntó una voz seca. «Su coche ha aparecido abandonado cerca de la rambla, pero no hay rastro de ellos». El corazón se me cayó a los pies. Mi madre, que aún vivía, se echó a llorar desconsolada. «¡Ay, Dios mío, que algo malo les ha pasado!», repetía una y otra vez, mientras yo intentaba mantener la calma y hablar con los agentes.

Durante semanas, la búsqueda fue incesante. Helicópteros, perros, voluntarios del pueblo… Todos recorrían el desierto, preguntando a pastores, a los viejos del bar, a los turistas despistados. Pero nada. Ni una pista, ni una huella, ni una prenda de ropa. El desierto se los había tragado, como si nunca hubieran existido.

La familia se fue desmoronando poco a poco. Mi madre dejó de comer, mi padre se encerró en sí mismo, y yo… yo me convertí en una sombra, obsesionada con la idea de que algún día aparecerían. Pero los años pasaron, la vida siguió, y el caso quedó archivado en algún cajón polvoriento de la comisaría.

Hasta que, en el verano de 2007, todo cambió. Un grupo de turistas alemanes, aficionados a la fotografía, se adentró en una zona poco transitada del desierto, cerca de un antiguo cortijo en ruinas. Uno de ellos, fascinado por un cactus enorme —un ejemplar raro en la zona, traído de América hacía décadas—, se acercó para hacer una foto. Entonces vio algo que le heló la sangre: entre las espinas, asomaba lo que parecía un trozo de tela. Al apartar las ramas, descubrió un esqueleto humano, atrapado en el interior del cactus, como si la planta lo hubiera devorado.

La noticia corrió como la pólvora. La Guardia Civil acordonó la zona, y los forenses trabajaron durante días para extraer los restos sin dañar la planta. El esqueleto, según los primeros análisis, correspondía a un hombre de unos cincuenta años. Pero lo más escalofriante fue lo que encontraron junto a él: un pequeño fémur, diminuto, que solo podía pertenecer a un feto.

El pueblo entero se sumió en un silencio sepulcral. Los rumores no tardaron en aparecer. «Dicen que fue un ajuste de cuentas», murmuraban algunos en la plaza. «Seguro que se perdieron y murieron de sed», decían otros. Pero yo sabía que algo no cuadraba. Paco era un hombre precavido, siempre llevaba agua de sobra, y conocía el desierto como la palma de su mano.

La autopsia reveló que Paco había muerto por deshidratación, pero lo extraño era la posición de los huesos: estaban encajados dentro del cactus, como si alguien los hubiera colocado allí a propósito. ¿Quién podría hacer algo así? ¿Y por qué?

Durante semanas, la policía interrogó a todo el mundo. Viejos amigos, antiguos compañeros de trabajo, incluso a la familia. Pero nadie sabía nada. La única pista era una pulsera de plata, grabada con el nombre de Carmen, que apareció entre las raíces del cactus. De ella, ni rastro.

A veces, por las noches, me despierto sudando, con la imagen de mi hermana atrapada en ese desierto infinito, pidiendo ayuda en vano. ¿Qué pasó realmente aquel día? ¿Por qué el desierto decidió guardar su secreto durante trece años?

Quizá nunca lo sabremos. Pero cada vez que paso cerca de Tabernas y veo esos cactus gigantes recortados contra el cielo, no puedo evitar preguntarme: ¿cuántos secretos más esconde la tierra bajo sus espinas? ¿Y si el verdadero misterio no es lo que encontramos, sino lo que nunca llegamos a saber?