El secuestro de mi abuelo: una última vuelta bajo el sol español
—¿Estás seguro de esto, chaval? —me pregunté a mí mismo mientras apretaba el manillar de la silla eléctrica de mi abuelo, con el corazón desbocado y las manos sudorosas. El reloj marcaba las seis y media de la tarde, la hora en la que las cuidadoras de la residencia solían sentarse a ver Sálvame y el patio quedaba desierto. Nadie nos vio salir, ni siquiera la señora Carmen, que siempre estaba al acecho tras las cortinas del primer piso.
Mi abuelo, Don Manuel, llevaba años sin poder moverse ni hablar, pero sus ojos seguían brillando cada vez que veía una moto pasar por la calle. En su habitación, entre el olor a colonia barata y desinfectante, colgaba una foto en blanco y negro de él, joven y sonriente, montado en su vieja Montesa. Mi madre decía que estaba loco, que lo de las motos era cosa de otra época, pero yo sabía que aquel fuego seguía vivo en algún rincón de su alma.
—Vamos, abuelo, hoy nos saltamos las normas —le susurré, mientras lo acomodaba en la silla y le ponía la vieja cazadora de cuero que aún guardaba en el armario. Él me miró, y aunque no podía hablar, sus ojos me dijeron todo: adelante, hijo, que la vida es corta y los recuerdos, eternos.
Salimos a la calle justo cuando el sol empezaba a teñir de naranja los tejados del pueblo. El aire olía a azahar y a pan recién hecho. Empujé la silla eléctrica por la acera, sorteando a los vecinos que salían a tomar el fresco. Algunos me saludaron con la cabeza, otros miraron con curiosidad, pero nadie sospechó nada. En España, la familia lo es todo, y nadie se mete en los asuntos de los demás, menos aún si se trata de un nieto y su abuelo.
—¿Dónde vamos, campeón? —pregunté, aunque sabía que no podía contestar. Pero en ese momento, sentí cómo su mano, que llevaba años inerte, apretaba levemente la mía. Se me hizo un nudo en la garganta. No sabía si era un espasmo, un milagro o simplemente las ganas de vivir que aún le quedaban.
Cruzamos la plaza del pueblo, donde los niños jugaban al fútbol y las abuelas charlaban sentadas en los bancos. Pasamos junto al bar de Paco, donde los viejos amigos de mi abuelo jugaban al dominó. Uno de ellos, Antonio, nos vio y levantó la mano:
—¡Manolo! ¡Mira quién está aquí! —gritó, y todos se giraron, algunos con lágrimas en los ojos. Mi abuelo intentó sonreír, y por un momento, juraría que lo consiguió.
Seguimos adelante, rumbo a la carretera que lleva al campo, donde los olivos se extienden hasta perderse de vista. El sol ya estaba bajo, y el cielo se llenaba de colores imposibles. Paré la silla junto a un mirador, desde donde se veía todo el valle. Saqué de la mochila una vieja radio y puse un poco de flamenco, el que tanto le gustaba a mi abuelo. Cerró los ojos y, por un instante, parecía que estaba de vuelta en aquellos años de juventud, cuando la vida era una carretera sin fin y el viento le daba en la cara.
—¿Te acuerdas de cuando me llevabas en la moto, abuelo? —le dije, con la voz temblorosa. —Yo tenía miedo, pero tú siempre decías: “No hay que tenerle miedo a la vida, solo respeto”.
El tiempo se detuvo. Solo estábamos él, yo, el sol y el recuerdo de una vida bien vivida. Sabía que pronto descubrirían su ausencia en la residencia, que mi madre me llamaría hecha una furia, que quizá tendría que dar muchas explicaciones. Pero en ese momento, nada de eso importaba. Solo importaba que mi abuelo, aunque fuera por un rato, volvía a ser libre.
Cuando el sol terminó de esconderse, sentí de nuevo su mano apretando la mía. No sé si fue un adiós, un gracias o simplemente un “te quiero”. Pero supe que había hecho lo correcto.
¿Quién decide cuándo es el momento de dejar de vivir? ¿No deberíamos todos tener derecho a una última vuelta bajo el sol, aunque sea solo por amor?