El silbido del tren al atardecer
—¿Otra vez tarde, Juan? —me pregunté en voz baja, mientras el sol se escondía tras los olivos y el aire olía a tierra húmeda y a promesas incumplidas. El tren silbó a lo lejos, cortando el silencio de la tarde como un cuchillo. Caminaba despacio por el sendero de grava que separa mi finca de la vieja vía, con las botas llenas de barro y el corazón aún más pesado. Desde que Lucía se fue, hace ya dos años, cada día era igual: madrugar, cuidar los tomates y las gallinas, comer solo, y esperar a que la noche me tragara sin hacer ruido.
El tren pasó rugiendo, levantando una nube de polvo y recuerdos. Me detuve, como siempre, a mirar los vagones pasar, imaginando a dónde irían todos esos desconocidos. Pero esa tarde, algo cambió. Entre los matorrales, justo al otro lado de la vía, vi una figura encogida, casi invisible en la penumbra. Me acerqué, el corazón latiendo como un tambor. —¿Hola? ¿Estás bien? —pregunté, la voz temblorosa, mientras el tren se alejaba y el silencio volvía a caer como un manto.
Era una niña, no tendría más de diez años, con la ropa sucia y los ojos grandes, llenos de miedo. Me miró sin decir nada, abrazando una mochila vieja. —No te voy a hacer daño, tranquila —dije, intentando sonreír. Ella no respondió, pero sus ojos me suplicaban ayuda. Miré alrededor, buscando a alguien más, pero solo estábamos nosotros, el campo y el crepúsculo.
—¿Te has perdido? —insistí, agachándome a su altura. La niña asintió, apenas moviendo la cabeza. —¿Cómo te llamas? —pregunté. —Sofía —susurró, casi inaudible. Sentí un nudo en la garganta. ¿Qué hacía una niña sola junto a las vías, a esas horas? En mi pueblo, todos nos conocemos, y yo nunca la había visto.
—Vamos a casa, ¿vale? Allí estarás segura —le dije, ofreciéndole la mano. Dudó un momento, pero al final la aceptó. Caminamos en silencio, solo se oía el crujir de la grava y el canto lejano de una cigarra. Al llegar, le preparé un vaso de leche y un trozo de pan con aceite, como hacía Lucía cuando venían los niños del pueblo a jugar. Sofía comía despacio, sin apartar la vista de la puerta.
Intenté sonsacarle algo más, pero solo conseguí que me dijera que venía de lejos, que su madre estaba enferma y que había subido al tren equivocada. No sabía cómo había llegado hasta aquí, ni qué hacer con ella. Llamé a la Guardia Civil, pero me dijeron que tardarían en llegar. Mientras tanto, Sofía se quedó dormida en el sofá, abrazada a su mochila.
Esa noche, sentado en la cocina, me invadió una mezcla de miedo y ternura. Recordé a Lucía, su risa, su forma de cuidar a todos, incluso a los extraños. ¿Qué habría hecho ella? Seguro que habría hecho lo mismo que yo, o incluso más. Me sentí menos solo, por primera vez en mucho tiempo.
Cuando llegaron los guardias, Sofía se despertó asustada, pero yo le aseguré que todo iría bien. Se la llevaron, prometiéndome que buscarían a su familia. Me quedé en la puerta, viendo cómo el coche desaparecía por el camino de tierra, con el corazón encogido y una pregunta rondando mi cabeza: ¿Por qué la vida nos pone a prueba cuando menos lo esperamos?
Desde aquella tarde, cada vez que oigo el silbido del tren, me pregunto si no será una señal, un recordatorio de que, incluso en la soledad más profunda, siempre puede aparecer alguien que te cambie para siempre. ¿Y si todos necesitamos, de vez en cuando, perdernos para volver a encontrarnos?