El silencio de Diego: un niño entre sombras y esperanza en San Miguelito

—¡Diego, deja ya de mirar por la ventana y ven a poner la mesa! —La voz de Carmen, mi madrastra, retumbó en la cocina como un trueno en pleno agosto. Me sobresalté y solté el cochecito de juguete que tenía entre las manos.

No era la primera vez que me gritaba así. Desde que mamá se fue al cielo, la casa se había llenado de silencios incómodos y miradas frías. Papá apenas estaba; salía antes de que el sol asomara por las montañas y volvía cuando ya era noche cerrada. Decía que había que trabajar duro para que no nos faltara de nada, pero a mí me faltaba casi todo: su abrazo, su risa, su olor a campo.

Carmen no era mala con todos. A mi hermanita Lucía, que apenas tenía unos meses, la trataba como si fuera una princesa. Yo la miraba desde lejos, con una mezcla de ternura y envidia. A veces me preguntaba si alguna vez me querría así, aunque fuera un poquito.

—¿No me has oído? ¡Que vengas ya! —insistió Carmen, esta vez más fuerte.

Me acerqué despacio. Sabía que si hacía ruido o se me caía algo, tendría bronca segura. Puse los platos sobre la mesa de madera vieja, cuidando de no rozar los bordes astillados. El olor a lentejas llenaba la cocina, pero sabía que mi ración sería pequeña. Siempre era así: «Tienes que aprender a no ser tan tragón», decía Carmen mientras servía generosamente su propio plato y el de Lucía.

—¿Puedo repetir? —pregunté una vez, con voz bajita.

—¿Repetir? ¿Tú te crees que esto es un bufé libre? Anda, tira para tu cuarto y deja de dar la lata.

Me fui cabizbajo, con el estómago rugiendo. En mi cuarto, que en realidad era una especie de trastero con una cama vieja y una manta raída, me tumbé mirando el techo. Escuchaba los ruidos del pueblo: los perros ladrando, las campanas de la iglesia marcando las horas, las voces lejanas de los vecinos. San Miguelito era pequeño; todos se conocían y todos sabían lo que pasaba en cada casa. Pero nadie preguntaba demasiado.

A veces soñaba con mamá. En mis sueños, ella me abrazaba fuerte y me decía que todo iría bien. Me despertaba con lágrimas en los ojos y el corazón encogido. Pero entonces oía el llanto de Lucía y me levantaba rápido para ir a verla. Me gustaba acariciarle la cabeza y cantarle bajito las canciones que mamá me enseñó. Lucía sonreía y yo sentía que, al menos para ella, yo era importante.

Un día, mientras ayudaba a Carmen a tender la ropa en el patio, escuché a las vecinas hablar:

—Ese niño está cada día más delgado… —decía doña Rosario.

—Bah, cosas de críos —respondió Carmen con desdén—. Es muy flojo y no come nada.

Me mordí el labio para no llorar. ¿Por qué mentía? ¿Por qué nadie veía lo que pasaba?

La única persona que parecía darse cuenta era mi abuela Pilar. Venía a vernos cada domingo después de misa y siempre traía una bolsa con magdalenas o un trozo de tortilla envuelto en papel de aluminio.

—Dieguito, ven aquí —me decía en voz baja—. Toma, cómete esto antes de que te vea tu madrastra.

Yo devoraba cada bocado como si fuera un tesoro. Abuela me miraba con ojos tristes y me acariciaba el pelo.

—Tienes que ser fuerte, hijo mío. La vida a veces es dura, pero tú eres más duro todavía.

Esas palabras me daban fuerzas para aguantar una semana más.

Un día, papá llegó antes de lo habitual. Me encontró sentado en el suelo del patio, jugando con Lucía.

—¿Qué tal estás, campeón? —me preguntó mientras me revolvía el pelo.

Quise decirle tantas cosas… Pero solo asentí y sonreí. No quería preocuparle más; ya bastante tenía con sus manos llenas de callos y su cara cansada.

Esa noche, mientras cenábamos los tres juntos (Carmen se había ido a casa de una vecina), papá me miró fijamente.

—¿Te pasa algo en casa? —preguntó en voz baja.

Sentí un nudo en la garganta. Miré a Lucía dormida en su cuna y luego a papá. Dudé unos segundos, pero al final negué con la cabeza.

—No pasa nada, papá. Estoy bien.

No sé si me creyó. Pero esa noche me abrazó fuerte antes de dormir y me susurró al oído:

—Te quiero mucho, hijo.

Me dormí pensando en esas palabras. Quizás algún día tendría valor para contarle todo lo que sentía. Mientras tanto, seguiría cuidando de Lucía y esperando que las cosas cambiaran.

A veces me pregunto: ¿Cuántos niños habrá en los pueblos como San Miguelito que callan por miedo o por amor? ¿Y si todos nos atreviéramos a hablar? ¿Cambiarían las cosas alguna vez?