El último milagro de don Ernesto
—¿Por qué no se va usted a la cama ya, don Ernesto? —me preguntó Lucía, mientras recogía los restos de mi cena en la bandeja. Su voz era suave, pero tenía esa firmeza que sólo da la vida cuando te ha golpeado demasiado pronto.
Yo la miré desde mi sillón de orejas, con la manta sobre las piernas y el televisor encendido en mute. Afuera, Madrid rugía con su tráfico y sus luces, pero dentro de mi piso reinaba una calma extraña desde que ella llegó. No era sólo su presencia; era la manera en que me miraba, como si aún quedara algo digno en este viejo cuerpo encorvado.
—No tengo sueño, Lucía. ¿Tú nunca tienes miedo de la noche? —le respondí, casi sin pensar.
Ella se detuvo, el trapo en la mano, y me miró con esos ojos grandes y oscuros que parecían abarcar todos los secretos del mundo.
—A veces sí. Pero ya no tanto como antes —dijo, y siguió limpiando en silencio.
No sé en qué momento empecé a esperarla cada mañana. Quizá fue después de aquel día en que la encontré llorando en la cocina, con el móvil pegado a la oreja y la voz de su exmarido gritándole al otro lado. O tal vez fue cuando me trajo churros recién hechos porque sabía que los domingos me sentía más solo que nunca.
Mi hija Carmen vino a verme una tarde. Entró como un vendaval, con su abrigo caro y su perfume francés inundando el salón.
—Papá, ¿quién es esa chica? —me preguntó en cuanto vio a Lucía salir del baño con el cubo de la fregona.
—Es Lucía, mi nueva empleada —le respondí, intentando sonar casual.
Carmen frunció el ceño. —¿No crees que deberías buscar a alguien más… profesional? No sabemos nada de ella.
Sentí una punzada de rabia. Carmen siempre había sido así: desconfiada, práctica, incapaz de ver más allá de las apariencias. Pero yo sí veía. Veía cómo Lucía se preocupaba por mí, cómo me escuchaba cuando hablaba de mi difunta esposa o de los partidos del Atleti que ya nadie quería ver conmigo.
Una noche, después de que Carmen se marchara enfadada porque me negué a despedir a Lucía, me atreví a preguntarle:
—¿Por qué aceptaste este trabajo? Podrías estar en cualquier otro sitio…
Lucía se encogió de hombros. —No es fácil encontrar trabajo cuando tienes una hija pequeña y un exmarido que no paga la pensión. Además… aquí me siento tranquila. Usted me recuerda a mi abuelo. Él también era gruñón pero tenía buen corazón.
Me reí por primera vez en meses. —¿Gruñón yo? ¡Si soy un santo!
Ella sonrió y, por un instante, sentí que el tiempo retrocedía treinta años.
Los rumores no tardaron en llegar al barrio. La portera, doña Remedios, empezó a mirarme raro cada vez que Lucía subía conmigo en el ascensor. Un día la escuché cuchichear con otra vecina:
—Ese don Ernesto está perdiendo la cabeza… ¡Con una chiquilla como esa!
Me dolió más de lo que quería admitir. Pero lo peor fue cuando mi nieto Álvaro vino a visitarme y me soltó sin rodeos:
—Abuelo, ¿te has enamorado de la asistenta?
Me quedé helado. No supe qué decirle. ¿Era eso lo que sentía? ¿Amor? ¿O sólo miedo a la soledad?
Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui a la cocina donde Lucía estaba fregando los platos.
—Lucía… ¿Tú crees que es posible volver a enamorarse cuando uno ya está tan… mayor?
Ella dejó el estropajo y me miró fijamente.
—El amor no entiende de edades, don Ernesto. Mi abuela se volvió a casar con setenta y dos años. Y fue feliz hasta el último día.
Me atreví entonces a tomarle la mano. Temblaba como un adolescente.
—¿Y tú? ¿Podrías querer a alguien como yo?
Lucía bajó la mirada y sus mejillas se tiñeron de rojo.
—No sé si puedo quererle como usted espera… Pero sí sé que aquí me siento viva otra vez.
A partir de ese momento todo cambió entre nosotros. Empezamos a compartir pequeños rituales: el café por las mañanas, los paseos por el Retiro cuando el sol caía suave sobre los castaños, las charlas interminables sobre libros y películas antiguas. Yo le enseñaba fotos de mi juventud; ella me contaba historias de su infancia en Toledo.
Pero la felicidad nunca dura mucho en esta vida. Una tarde recibí una carta del banco: mi hija Carmen había intentado inhabilitarme legalmente para controlar mi patrimonio. Decía que yo ya no estaba en condiciones de tomar decisiones importantes.
Me sentí traicionado. No por el dinero —a estas alturas eso me daba igual— sino porque mi propia hija pensaba que había perdido la cabeza sólo por querer ser feliz otra vez.
Lucía fue quien me animó a luchar.
—No deje que decidan por usted, don Ernesto. Usted todavía puede elegir cómo vivir sus últimos años.
Así que contraté un abogado y enfrenté a Carmen en una reunión familiar tensa y dolorosa.
—Papá, esto es por tu bien —insistía ella—. Esa mujer sólo quiere aprovecharse de ti.
—¿Y si sólo quiero compañía? ¿Y si sólo quiero sentirme vivo otra vez? —le grité, con lágrimas en los ojos.
Álvaro intervino entonces:
—Mamá, deja al abuelo en paz. Si él es feliz con Lucía, ¿qué más da?
Por primera vez vi a Carmen dudar. Se le quebró la voz cuando dijo:
—Sólo quiero lo mejor para ti…
La abracé entonces, como hacía años no lo hacía. Y le prometí que no iba a dejar que nadie me robara lo poco que me quedaba: mi dignidad y mi derecho a amar.
Lucía y yo seguimos adelante, pese a las miradas y los comentarios maliciosos del barrio. Aprendí a ignorar los susurros y las risas disimuladas; aprendí que la felicidad es un acto de rebeldía cuando todos esperan que te resignes a morir solo.
Un día le propuse irnos juntos unos días al pueblo donde nació mi madre, en Soria. Allí paseamos por campos dorados y comimos migas junto al fuego. Allí le confesé todo lo que sentía:
—Lucía… nunca pensé que volvería a sentir esto. Me has devuelto las ganas de vivir.
Ella lloró entonces, pero eran lágrimas dulces. Me besó en la frente y me susurró:
—Gracias por enseñarme que aún hay milagros para los que ya no creen en ellos.
Hoy escribo estas líneas mientras Lucía lee junto a mí en el sofá. Afuera llueve sobre Madrid y yo sólo puedo pensar en todo lo que he ganado al atreverme a amar otra vez.
¿Quién decide cuándo es demasiado tarde para empezar de nuevo? ¿Cuántas veces nos negamos la felicidad por miedo al qué dirán? Quizá aún estoy a tiempo de descubrirlo.