El verano inesperado en el valle: cuando la familia lo cambia todo
—¿Pero cómo que veinte personas, Lucía? —pregunté, apretando el móvil con tanta fuerza que casi lo doblo—. ¿Y me avisas ahora, cuando ya estáis en camino?
—Ay, suegra, no te pongas así. Es que surgió la idea en la comida del domingo y todos se animaron. ¡Hace tanto que no nos vemos! Además, tú siempre dices que la familia es lo primero, ¿no? —respondió Lucía, con ese tonillo dulce que usa cuando sabe que está pidiendo demasiado.
Me quedé callada unos segundos, mirando el ventanuco por donde entraba la luz de la tarde. El cottage era mi sueño: un rincón para mí sola, lejos del bullicio de Madrid, de los nietos gritando, de las comidas interminables y los reproches velados. Aquí, en la sierra, solo se oía el canto de los pájaros y el rumor del río. Pero claro, ¿cómo decirle que no a la familia? En España, eso es casi pecado.
—Bueno, pues venid —dije al final, con una sonrisa forzada—. Ya veremos cómo nos apañamos.
Colgué y me quedé un rato en silencio. ¿Veinte personas? ¿Dónde iba a meterlos? El cottage tenía tres habitaciones y un sofá cama. Ni siquiera había comprado suficientes sábanas. Y la nevera… apenas cabía la compra de una semana para mí sola. Me senté en la silla de la cocina, rodeada de cajas, y me eché a reír. Si mi difunta madre me viera, seguro que diría: “Hija, en peores plazas hemos toreado”.
No tardé en ponerme manos a la obra. Saqué el móvil y empecé a llamar a los vecinos del pueblo más cercano, Navarredonda. “¿Tienes colchones de sobra? ¿Me puedes prestar mantas? ¿Sabes dónde puedo comprar huevos y tomates para un regimiento?” Todos se rieron, pero enseguida me echaron una mano. Así somos aquí: cuando hay lío, nadie se esconde.
Apenas tuve tiempo de preparar una tortilla y una ensalada cuando oí el estruendo de coches y voces. Lucía llegó la primera, con su sonrisa de anuncio y los niños saltando como cabritillos. Detrás, mi hijo Javier, con cara de circunstancias, y luego los primos, los cuñados, la tía Maruja con su perro y hasta el abuelo Paco, que no se separa de su radio ni para dormir.
—¡Pero mamá, qué sitio más bonito! —exclamó Javier, abrazándome—. Esto es un paraíso.
—Sí, sí, un paraíso… hasta que lo llenáis de ruido —bromeé, aunque por dentro me temblaban las piernas.
La primera noche fue un caos. Colchones por el suelo, niños peleándose por las literas, la tía Maruja quejándose del frío, el abuelo Paco buscando enchufe para la radio. Yo iba de un lado a otro, repartiendo mantas y sonrisas, mientras pensaba: “Esto no puede durar dos semanas, me da un infarto”.
Pero al segundo día, algo cambió. Los niños salieron al campo, corrieron entre los castaños, se bañaron en el río helado. Los adultos se turnaron para cocinar, y hasta Lucía, que nunca había frito un huevo, se animó a preparar gazpacho. Por las tardes, nos sentábamos todos en la terraza, con el sol cayendo detrás de las montañas, y charlábamos de todo y de nada. El abuelo Paco contaba historias de la guerra, la tía Maruja enseñaba a las niñas a hacer punto, y yo… yo empecé a disfrutar.
Una noche, mientras recogía la mesa, Javier se me acercó en silencio.
—Mamá, gracias por aguantarnos. Sé que esto no era lo que esperabas.
Le miré a los ojos y sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que, aunque al principio me sentí invadida, ahora no cambiaría estos días por nada? Que la casa, con todo su bullicio, estaba más viva que nunca.
—No te preocupes, hijo. Al final, la familia es lo que nos da sentido, ¿no?
Las dos semanas pasaron volando. Cuando se marcharon, el cottage quedó en silencio otra vez. Me senté en la terraza, con una copa de vino, y miré el valle. Sentí una mezcla de alivio y nostalgia. ¿No será que, en el fondo, lo que más tememos es quedarnos solos? ¿Y si la verdadera paz está en aprender a disfrutar del caos de los nuestros?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Sois de los que preferís la soledad o el bullicio familiar? Contadme, que seguro que no soy la única que ha vivido algo así…