Entre la infancia y la responsabilidad: La historia de una joven madre en San Miguel de Tucumán
—¡No puede ser, Lucía! ¿Cómo pudiste hacernos esto? —gritó mi mamá, su voz temblando entre la rabia y el llanto, mientras mi papá golpeaba la mesa con el puño cerrado. La tormenta afuera parecía responder a los gritos dentro de la casa, cada trueno retumbando en mi pecho.
Tenía dieciséis años y acababa de enterarme de que estaba embarazada. No era una noticia que pudiera celebrar. No en mi familia, no en San Miguel de Tucumán, donde las miradas pesan más que las palabras y los secretos se esconden detrás de las cortinas de las casas bajas. Sentí el frío del piso bajo mis pies descalzos, y el calor de la vergüenza subiéndome por la cara.
—No fue mi intención, mamá… —balbuceé, pero ella me interrumpió.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Qué va a decir la gente? —preguntó, como si eso fuera lo más importante.
Mi papá no dijo nada más. Se levantó, agarró las llaves y salió dando un portazo. Mi hermano menor, Tomás, me miraba desde la puerta del pasillo, con los ojos grandes y asustados. Quise abrazarlo, pero él retrocedió.
Esa noche no dormí. Escuché a mi mamá llorar en su cuarto y sentí que el mundo se me venía encima. Pensé en Franco, el papá del bebé. Llevábamos saliendo seis meses. Él era dos años mayor, trabajaba en una panadería y soñaba con irse a Buenos Aires. Cuando le conté lo del embarazo, se quedó callado mucho tiempo.
—No sé si estoy listo para esto, Lucía —me dijo finalmente—. Mi vieja me mata si se entera.
No volví a verlo después de esa conversación. Me bloqueó de todos lados. Me sentí traicionada y sola. Pero no podía darme el lujo de rendirme. Había una vida creciendo dentro de mí.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi mamá apenas me hablaba y cuando lo hacía era para reprocharme o recordarme lo difícil que sería todo. En la escuela, las miradas se volvieron cuchillos. Mis amigas dejaron de invitarme a sus casas o a las salidas al parque 9 de Julio. Los profesores me trataban con lástima o con desaprobación.
Una tarde, mientras lavaba los platos, mi abuela llegó sin avisar. Ella siempre fue diferente: dura pero justa. Se sentó frente a mí y me miró fijo.
—¿Y ahora qué pensás hacer? —preguntó sin rodeos.
—No sé… —le respondí con un hilo de voz—. Tengo miedo.
Ella asintió despacio.
—El miedo es parte de crecer, Lucía. Pero también es parte de ser madre. Yo tuve a tu mamá cuando tenía diecisiete, ¿sabías?
Me sorprendí. Nunca me lo había contado.
—No fue fácil —continuó—. Pero vos no estás sola, aunque ahora te sientas así.
Por primera vez desde que todo empezó, sentí un poco de alivio. Mi abuela me ayudó a hablar con mi mamá, aunque la relación seguía tensa. Empecé a ir a un centro de salud del barrio donde otras chicas jóvenes compartían sus historias. Algunas habían perdido todo: familia, pareja, estudios. Otras luchaban por seguir adelante.
El embarazo avanzaba y mi cuerpo cambiaba rápido. A veces lloraba por las noches pensando en todo lo que había perdido: mis sueños de estudiar medicina, mis amigas, mi libertad. Pero también pensaba en lo que venía: una personita que iba a depender de mí para todo.
Una tarde calurosa de diciembre, mientras preparábamos empanadas para vender en la esquina, mi mamá se acercó y me abrazó por primera vez en meses.
—Perdoname, hija —susurró—. No supe cómo manejar esto… Me dio miedo perderte.
Lloramos juntas largo rato. Sentí que algo se rompía y algo nuevo nacía entre nosotras.
El parto fue difícil. Estuve más de doce horas en el hospital Padilla, sola con mi abuela porque mi mamá no pudo llegar a tiempo. Cuando escuché el llanto de mi hijo —Mateo— sentí una mezcla de dolor y felicidad tan intensa que apenas podía respirar.
Los primeros meses fueron agotadores. No dormía casi nada y tenía miedo de hacer todo mal. A veces pensaba en Franco y me llenaba de rabia y tristeza. Pero cada vez que Mateo me miraba con esos ojitos oscuros, sentía que todo valía la pena.
Volver a la escuela fue otra batalla. Algunos profesores me apoyaron; otros decían que era mejor que dejara los estudios para cuidar a mi hijo. Pero yo quería terminar el secundario. Por Mateo y por mí.
Un día, después de clases, una compañera se me acercó en la parada del colectivo.
—Che, Lucía… ¿cómo hacés para seguir? Yo no podría…
La miré y sonreí cansada.
—No sé… Creo que una aprende a ser fuerte cuando no le queda otra opción.
Con el tiempo, mi mamá empezó a ayudarme más con Mateo y hasta Tomás se animó a jugar con él. Mi abuela seguía siendo mi roca: me enseñó a hacer dulces caseros para vender y así juntar plata para los pañales y la leche.
A veces me preguntan si me arrepiento de algo. No sé qué responderles. Hubiera querido otra vida: terminar la escuela tranquila, salir con mis amigas, enamorarme sin miedo… Pero también sé que Mateo me salvó de perderme en un mundo donde nadie te espera ni te regala nada.
Hoy tengo dieciocho años y sigo luchando todos los días: por Mateo, por mí y por todas las chicas que pasan por lo mismo y sienten que no tienen salida.
¿Será posible romper este círculo? ¿Podremos algún día soñar sin miedo al qué dirán?