La humillación en la sucursal de la Gran Vía
—¿De verdad no entiendes lo que significa tener la cuenta en números rojos, Javier? —La voz de Lucía retumbó en la sucursal, tan fría como el mármol de las columnas de la Gran Vía. Sentí las miradas clavadas en mi nuca: la señora que esperaba para pagar el recibo de la luz, el chaval con pinta de universitario y hasta el guardia de seguridad fingiendo mirar su móvil.
—Lucía, solo necesito un par de días más. El pago del paro llega el viernes —intenté mantener la dignidad, pero mi voz temblaba.
Ella soltó una risa seca, casi cruel.—Aquí no estamos para hacer favores personales, Javier. Si no puedes cumplir con tus obligaciones, deberías haberlo pensado antes de pedir el préstamo. Así funcionan las cosas en España, ¿no crees?
Me ardían las mejillas. No era la primera vez que me trataba así desde que nos conocíamos del barrio, pero nunca delante de tanta gente. Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. Salí del banco sin mirar atrás, apretando los puños y jurando que nunca más volvería a pedirle nada a Lucía ni a nadie.
El aire de Madrid olía a café y a prisas esa mañana. Caminé sin rumbo por la calle Fuencarral, repasando mentalmente cada palabra que me había dicho. «¿Quién se cree que es?», mascullé entre dientes. Recordé cuando jugábamos de niños en el parque del Retiro, cuando ella era solo Lucía, la hija del panadero, y yo el hijo del electricista. Ahora parecía que el dinero y el poder le habían borrado la memoria.
Al llegar a casa, mi madre me esperaba con su bata de flores y una taza de Cola Cao caliente.—¿Otra vez con mala cara, hijo?—me preguntó con esa mezcla de ternura y preocupación tan suya.
—Nada, mamá. Cosas del banco —mentí, porque no quería preocuparla más.
Pasaron las horas y traté de distraerme ayudando a mi hermana pequeña con los deberes y preparando una tortilla de patatas para cenar. Pero no podía quitarme de la cabeza la humillación sufrida esa mañana.
Esa misma tarde, mientras veía las noticias en la tele, saltó la alarma: «Escándalo financiero en el UnionBank de Gran Vía. La directora Lucía ha sido destituida tras descubrirse irregularidades en la concesión de créditos y trato discriminatorio a clientes».
No podía creerlo. El móvil empezó a vibrar con mensajes del grupo del barrio: «¿Has visto lo de Lucía?», «¡Menuda caída!», «Al final todo se sabe». Sentí una mezcla extraña de alivio y tristeza. Por un lado, me alegraba de que se hiciera justicia; por otro, no podía evitar recordar a la niña que compartía bocadillos conmigo en el recreo.
Al día siguiente, volví al banco para solucionar mis papeles. El ambiente era tenso; los empleados cuchicheaban y evitaban mirarme a los ojos. Un nuevo director, un hombre mayor con acento andaluz, me atendió con amabilidad y resolvió mi problema en cinco minutos.
Al salir, vi a Lucía sentada en un banco del parque frente a la sucursal. Tenía los ojos hinchados y miraba al suelo. Dudé unos segundos antes de acercarme.
—Lucía…
Ella levantó la mirada, sorprendida.—¿Vienes a regodearte?
Negué con la cabeza.—No. Solo quería decirte que todos podemos equivocarnos. Pero también podemos aprender.
Se le escapó una lágrima.—Lo he perdido todo, Javier. El trabajo… mi reputación…
—A veces perderlo todo es la única forma de empezar de nuevo —le respondí suavemente.
Me marché dejando atrás el banco, el orgullo herido y los rencores del pasado. Caminé por Madrid sintiendo que, al final, todos somos humanos y merecemos una segunda oportunidad.
¿Quién no ha sentido alguna vez que el mundo se le viene encima? ¿Y si lo importante no es caer, sino cómo nos levantamos después?