La promesa rota de la Alpujarra
—¿De verdad vas a dejarme aquí, mamá? ¿Así, sin más? —La voz de Lucía temblaba, ahogada por el miedo y la rabia. Su madre, Carmen, evitaba mirarla a los ojos mientras apretaba el pañuelo entre los dedos.
—No hay otra salida, hija. Sabes cómo están las cosas desde que tu padre se fue. No podemos seguir pidiendo favores a los vecinos. —Carmen tragó saliva, luchando por no romperse—. Juan es buen hombre. No tiene mucho, pero te cuidará.
Lucía miró por la ventana del pequeño salón, donde el sol de la tarde teñía de oro las paredes encaladas. El pueblo de Pampaneira, encajado entre las montañas de la Alpujarra, parecía tan tranquilo desde fuera… pero dentro de esas casas, los secretos y las penas se cocían a fuego lento.
—¿Y si no quiero casarme con él? —susurró Lucía, más para sí misma que para su madre.
—Aquí no se trata de querer, hija. Se trata de sobrevivir. —La voz de Carmen era dura como el pan viejo—. Ya eres mayorcita para entenderlo.
El día de la boda llegó con el olor a pan recién hecho y el murmullo de las vecinas apostadas en las puertas. Lucía caminó hacia la iglesia con un vestido prestado y los pies descalzos, sintiendo cada piedra del camino como una herida nueva. Juan la esperaba en el altar: alto, moreno, con las manos curtidas por el trabajo en el campo y una mirada que nunca terminaba de encontrarse con la suya.
Durante el banquete, los hombres brindaban por la nueva pareja mientras las mujeres cuchicheaban sobre lo rápido que se había arreglado todo. Lucía apenas probó bocado; sentía un nudo en el estómago que ni el mejor gazpacho podía deshacer.
Las primeras semanas en la casa de Juan fueron un desfile de silencios incómodos y rutinas aprendidas a golpe de necesidad. Juan salía temprano al olivar y volvía al anochecer, oliendo a sudor y a tierra mojada. Apenas hablaban más allá de lo imprescindible: «¿Has comido?», «¿Te falta algo?», «¿Todo bien en casa?».
Pero Lucía notaba algo extraño en él. A veces lo sorprendía mirando al horizonte con una tristeza tan honda que parecía arrastrar siglos de pena. Otras noches, cuando pensaba que ella dormía, lo oía llorar bajito en la cocina.
Un día, mientras limpiaba el desván, Lucía encontró una caja vieja bajo unas mantas polvorientas. Dentro había cartas amarillentas y una foto: Juan, mucho más joven, abrazando a un niño pequeño frente a una casa que no reconocía. Al dorso de la foto, una frase escrita con letra temblorosa: «Perdóname por no poder quedarme».
Esa noche, Lucía enfrentó a Juan:
—¿Quién es ese niño? ¿Por qué guardas estas cartas?
Juan se quedó helado. Tardó un buen rato en responder:
—Es mi hijo… o lo fue. Murió hace años, cuando su madre se marchó llevándoselo lejos. Nunca volví a saber de ellos hasta que me llegó la noticia… —La voz se le quebró—. Desde entonces no he vuelto a ser el mismo.
Lucía sintió cómo se le encogía el corazón. De repente entendió todos los silencios, todas las ausencias.
—¿Por qué no me lo contaste?
—¿Y para qué? Aquí nadie quiere escuchar penas ajenas. Bastante tienen con las suyas…
A partir de esa noche, algo cambió entre ellos. Lucía empezó a ver a Juan con otros ojos: no como al hombre al que la habían obligado a casarse, sino como a alguien roto por dentro, igual que ella. Poco a poco aprendieron a compartir sus miedos y sus recuerdos en largas conversaciones junto al fuego.
El pueblo seguía igual: las vecinas seguían murmurando y los hombres seguían bebiendo en el bar del tío Paco. Pero Lucía ya no sentía tanto miedo; había encontrado en Juan una especie de refugio inesperado.
A veces se preguntaba si algún día podría llegar a quererlo de verdad o si solo era costumbre disfrazada de cariño. Pero también pensaba: ¿cuántas historias como la suya se escondían tras las puertas cerradas del pueblo? ¿Cuántas mujeres callaban sus sueños por miedo o por necesidad?
Quizá nunca tendría respuestas, pero al menos ahora sabía que no estaba sola.
«¿Y si al final el amor no es más que aprender a entender el dolor del otro? ¿Qué pensáis vosotros?»