La toalla en la cama: una mañana que lo cambió todo

—¿Pero tú qué haces aquí? —Mi voz tembló, entre el sueño y la rabia, cuando vi a Lucía sentada en mi cama, con mi toalla blanca, la que siempre uso después de ducharme. Eran las cinco de la mañana y el sol apenas asomaba por las persianas de nuestro piso en Vallecas. Lucía me miró con esa sonrisa suya, descarada, como si la casa fuera suya. Como si Sergio, mi marido, fuera suyo.

—Tranquila, Ada —dijo, cruzando las piernas con toda la calma del mundo—. Solo necesitaba una ducha. Sergio me dejó pasar porque anoche no tenía dónde ir.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Desde cuándo Lucía tenía tanta confianza como para aparecerse así? ¿Y Sergio? ¿Por qué no me había avisado? Me temblaban las manos mientras buscaba a Sergio con la mirada. Lo encontré en la cocina, preparando café como si nada. Ni un atisbo de culpa en su cara.

—¿No te parece raro todo esto? —le solté, sin poder contenerme.

Él suspiró, como si yo fuera una niña caprichosa—. Ada, es Lucía. La conozco desde el instituto. Solo necesitaba ayuda.

Pero yo conocía esa mirada de Lucía. Siempre había sido la reina del drama, la que conseguía lo que quería con una sonrisa y un par de lágrimas. Desde que volvió a Madrid tras su divorcio, se había colado en nuestras vidas poco a poco: primero cenas, luego quedadas improvisadas, después confidencias con Sergio que yo no compartía.

Mi madre siempre decía: “Donde hay confianza, da asco”. Y esa mañana entendí lo que quería decir. En España, la familia es sagrada, pero también lo es la privacidad del hogar. Y Lucía había cruzado una línea.

Durante el desayuno, Lucía hablaba y reía como si nada hubiera pasado. Sergio la miraba con ternura, esa ternura que últimamente yo echaba de menos en nuestro matrimonio. Yo apenas podía tragar el café.

—¿Te acuerdas de cuando íbamos a las fiestas de San Isidro y tú te perdías siempre? —le decía Sergio a Lucía, riendo.

—Claro —respondió ella—. Siempre acababas buscándome entre los puestos de churros.

Me sentí invisible. Como si fuera una extra en mi propia vida. ¿Era yo la única que veía lo inapropiado de la situación?

Esa tarde llamé a mi hermana Marta. Ella siempre ha sido mi confidente.

—Ada, no puedes dejar que te pisen así —me dijo—. Habla con Sergio. Pon límites. Que esto es España, aquí las cosas se dicen a la cara.

Esa noche, cuando Lucía por fin se fue —dejando mi toalla tirada en el baño—, me armé de valor.

—Sergio, necesito saber qué está pasando entre vosotros —le dije, mirándole a los ojos.

Él negó con la cabeza—. No hay nada, Ada. Solo amistad. Pero últimamente estás tan distante…

Me dolió. ¿Era yo la culpable? ¿Había dejado espacio para que otra persona se colara en nuestra vida?

Pasaron los días y Lucía seguía apareciendo: para ver el fútbol, para tomar cañas en el bar de abajo, para pedirle ayuda a Sergio con cualquier excusa. Yo sentía que me ahogaba en mi propia casa.

Una tarde exploté:

—¡Basta ya! Esta casa es mía también y necesito sentirme segura aquí. No quiero más visitas inesperadas ni secretos entre vosotros.

Sergio se quedó callado. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—Tienes razón —dijo al fin—. Me dejé llevar por la nostalgia y olvidé lo importante que eres para mí.

Esa noche hablamos durante horas. Lloré como hacía tiempo que no lloraba. Le conté mis miedos, mi inseguridad, mi sensación de estar perdiéndolo todo. Él me abrazó y prometió cambiar las cosas.

Lucía dejó de venir tan a menudo. Poco a poco recuperamos nuestra intimidad y aprendimos a poner límites sanos incluso con los amigos más antiguos.

Ahora, cuando pienso en aquella mañana y en mi toalla desaparecida, me doy cuenta de lo fácil que es perderse en los silencios y lo necesario que es hablar claro.

¿Hasta dónde permitimos que otros entren en nuestra vida antes de decir basta? ¿Cuántas veces callamos por miedo a parecer celosos o inseguros? Quizá todos deberíamos preguntarnos: ¿qué precio tiene nuestra tranquilidad?