“Mamá lleva tres días dormida”: La pequeña heroína de Sevilla que cruzó la ciudad para salvar a sus hermanos
—Mamá, despierta… por favor, despierta… —susurré por tercera vez, con la voz temblorosa y la garganta seca. El silencio de nuestro pequeño piso en Triana era tan denso que podía oír el tic-tac del reloj de la cocina mezclado con el llanto suave de mis hermanos gemelos. Llevábamos tres días así. Tres días en los que mamá no se movía, ni respondía, ni siquiera abría los ojos. Yo tenía siete años, pero sentía que el peso del mundo caía sobre mis hombros.
La nevera estaba casi vacía. Solo quedaba un poco de leche y pan duro. Cada vez que miraba a mis hermanos, sentía una punzada en el pecho. Ellos no entendían nada, solo lloraban y buscaban el calor de mamá. Pero mamá… mamá no respondía. ¿Y si se había ido para siempre? ¿Y si era culpa mía por no haber hecho algo antes?
Me asomé a la ventana. El sol de Sevilla caía a plomo sobre las calles estrechas y llenas de vida. Podía oír a los vecinos charlando, el sonido lejano de una guitarra flamenca, el olor a azahar flotando en el aire. Pero dentro de casa todo era distinto: miedo, incertidumbre y un silencio que dolía.
—Lucía, tienes que hacer algo —me dije a mí misma—. No puedes quedarte aquí esperando. Mamá necesita ayuda… y los peques también.
Busqué en la casa algo que pudiera llevarme: una botella de agua, unas galletas viejas y una mantita para los gemelos. Los metí en el carrito doble, ese que mamá siempre empujaba cuando íbamos al parque María Luisa. Me puse mi chaqueta roja, aunque hacía calor, porque me sentía más valiente con ella.
Abrí la puerta con cuidado, mirando a ambos lados del pasillo. No quería que los vecinos me vieran; temía que me preguntaran por mamá y no supiera qué responder. Bajé las escaleras despacio, con los gemelos medio dormidos y el corazón latiendo tan fuerte que creí que se me saldría del pecho.
Las calles estaban llenas de vida: señoras con bolsas del mercado, niños jugando al fútbol en la plaza, abuelos tomando café en las terrazas. Nadie parecía notar a una niña empujando un carrito con dos bebés y cara de susto. Caminé y caminé, sin saber muy bien adónde iba. Solo sabía que tenía que encontrar ayuda.
—¿Dónde está el hospital? —me pregunté en voz baja—. Mamá siempre decía que estaba lejos, pero yo puedo llegar… tengo que llegar.
El sol me quemaba la cara y las manos me dolían de tanto empujar el carrito. Los gemelos lloraban a ratos y yo les cantaba bajito para calmarlos:
—Duérmete ya, mi niño, duérmete ya…
Pasé por delante de la iglesia de Santa Ana y recé un padrenuestro como me enseñó mi abuela. “Por favor, Virgencita, cuida de mamá”. Seguí andando, cruzando calles y plazas, esquivando bicicletas y coches. Nadie me preguntó nada; todos iban a lo suyo.
Cuando llegué al hospital Virgen del Rocío ya no sentía las piernas. Entré por la puerta principal con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota:
—Por favor… mi mamá no se despierta… lleva tres días dormida…
El silencio fue total durante un segundo eterno. Luego todo se volvió un torbellino: enfermeros corriendo, médicos preguntándome cosas que apenas entendía, alguien llevándose a los gemelos en brazos mientras otra señora me abrazaba fuerte.
—Tranquila, pequeña —me decían—. Ya estás a salvo.
No recuerdo mucho más de ese momento. Solo sé que sentí un alivio inmenso y un miedo aún mayor: ¿y si mamá no volvía nunca? ¿Qué sería de nosotros?
Pasaron horas —o quizá días— hasta que una enfermera vino a verme con una sonrisa triste:
—Tu mamá está muy enferma, Lucía. Pero llegaste justo a tiempo.
Me abrazó fuerte y me dejó llorar sobre su hombro. En ese instante entendí que había hecho lo correcto, aunque tuviera miedo.
Ahora, cuando cierro los ojos por las noches en la habitación del hospital junto a mis hermanos, me pregunto: ¿Cómo puede una niña tan pequeña encontrar tanta fuerza? ¿Cuántos niños habrá como yo, luchando en silencio? ¿Y si todos tuviéramos el valor de pedir ayuda cuando más lo necesitamos?