Me fui de casa por amor a un hombre que conocí en un balneario… y mis hijos dicen que estoy loca
—¿Pero qué has hecho, mamá? ¿Te has vuelto loca? —La voz de mi hija Lucía retumbó en el altavoz del móvil, tan fría y cortante como el viento de enero en la plaza Mayor de Salamanca.
Apreté el teléfono con fuerza, sentada en la pequeña cocina del piso de Manuel, el hombre al que había conocido hacía apenas dos meses en el balneario de Ourense. A mi lado, él me miraba con esos ojos grises llenos de ternura y preocupación. Yo solo quería desaparecer.
—Lucía, por favor, no grites. No es ninguna locura. Solo… solo necesitaba un cambio —balbuceé, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
—¿Un cambio? ¿Irte con un desconocido? ¿Dejar tu casa, tus cosas, tu vida? ¿Y ni siquiera avisarnos? —insistió ella, cada palabra una puñalada.
No supe qué responder. Porque sí, era cierto: me había ido sin avisar. Había dejado la casa donde viví más de cuarenta años, donde crecieron mis hijos, donde enterré a su padre y donde aprendí a convivir con la soledad. Pero también era cierto que nunca antes me había sentido tan viva.
Todo empezó en aquel balneario. Fui porque la doctora me lo recomendó para la artrosis. No esperaba nada especial, solo baños termales y charlas insulsas con otras señoras mayores. Pero entonces apareció Manuel, con su bastón y su sonrisa traviesa. Me invitó a jugar una partida de dominó y acabamos hablando horas sobre libros, sobre música, sobre la vida. Me hizo reír como no lo hacía desde que era joven.
—¿Te apetece dar un paseo por el río? —me preguntó una tarde.
—¿Y si nos perdemos? —le respondí, medio en broma.
—Mejor perdernos juntos que seguir encontrándonos solos —dijo él, y sentí que algo se encendía dentro de mí.
Cuando terminó mi estancia en el balneario, Manuel me propuso irme a vivir con él a su piso en Ourense. Dudé. Pensé en mis hijos, en mis nietos, en mi jardín y mis rutinas. Pero también pensé en las noches vacías, en los silencios interminables frente al televisor, en las comidas para uno solo. Así que empaqué una maleta pequeña y me fui.
No fue fácil. La primera noche lloré en silencio mientras Manuel dormía. Me sentía culpable por no haber avisado a Lucía ni a mi hijo Pablo. Pero también sentía una extraña libertad, una ligereza que no recordaba desde hacía décadas.
Al día siguiente, recibí el mensaje de Lucía: “Mamá, ¿es verdad que te has ido de casa? ¿Es una broma?”
Desde entonces todo fue cuesta abajo. Pablo me llamó para decirme que estaba decepcionado conmigo, que cómo podía abandonar la casa familiar así como así. Mi nuera me escribió un mensaje pasivo-agresivo: “Espero que estés bien y que ese señor te cuide”. Hasta mi nieta mayor dejó de escribirme por WhatsApp.
Manuel intentaba animarme:
—No les hagas caso, Carmen. Tienen miedo porque te quieren. Ya se les pasará.
Pero yo no podía dejar de pensar si realmente estaba haciendo lo correcto. ¿Tenía derecho a buscar mi felicidad aunque eso doliera a mis hijos? ¿O era una egoísta por anteponer mi deseo de compañía a sus expectativas?
Una tarde, mientras preparaba una tortilla de patatas para Manuel y para mí, sonó el timbre. Era Lucía. Venía sola, con cara de pocos amigos y los ojos rojos de tanto llorar.
—Mamá —dijo apenas cruzó la puerta—. ¿Por qué no nos lo contaste?
Me temblaron las manos y casi se me cae la sartén.
—No sabía cómo hacerlo —admití—. Pensé que no lo entenderíais…
—¿Y crees que así lo entendemos mejor? —me interrumpió—. Nos has dejado tirados como si no importáramos nada.
—Eso no es verdad —le respondí con lágrimas en los ojos—. Os quiero más que a nada en este mundo. Pero también tengo derecho a vivir mi vida…
Lucía se quedó callada unos segundos. Miró a Manuel, que se mantenía discreto en el salón, fingiendo leer el periódico.
—¿Y si te hace daño? ¿Y si te deja sola?
—Eso puede pasar —admití—. Pero prefiero arriesgarme a seguir muriéndome poco a poco en una casa vacía.
Lucía se sentó conmigo en la mesa de la cocina. Por primera vez desde que todo esto empezó, hablamos de verdad: de mis miedos, de su miedo a perderme, del vacío que dejó su padre y del derecho a rehacer nuestras vidas aunque tengamos arrugas y achaques.
No fue una conversación fácil ni terminó con abrazos ni perdones. Pero al menos sentí que había dado un paso hacia adelante.
Ahora han pasado tres semanas desde aquel día. Mis hijos siguen distantes pero ya no me llaman loca ni irresponsable. Manuel y yo vamos al mercado juntos cada mañana; cocinamos, paseamos por el parque San Lázaro y algunas noches bailamos boleros en el salón aunque nos duelan las rodillas.
A veces echo de menos mi antigua vida: los domingos con mis nietos, el olor a café recién hecho en mi cocina grande, las plantas del balcón. Pero cuando Manuel me toma la mano y me mira como si fuera la única mujer del mundo, sé que he tomado la decisión correcta.
¿Acaso hay edad para volver a empezar? ¿No merecemos todos una segunda oportunidad para ser felices? Me gustaría saber qué pensáis vosotros…