No comas, confía en mí: Un secreto en la mesa familiar

—No lo hagas, Lucía. Por favor, no lo hagas.

La voz de mi madre retumbó en mi cabeza, aunque ella no había dicho ni una palabra. Solo me miraba, con esa expresión que solo las madres saben poner cuando algo va mal. Yo tenía la boca a medio abrir, la tortilla de patatas en la punta del tenedor, y el móvil vibrando discretamente sobre el mantel blanco del restaurante. Miré la pantalla: “No comas. Confía en mí.”

Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué demonios estaba pasando? Mi padre charlaba animadamente con mi tía Carmen sobre el último partido del Real Madrid, ajeno a la tensión que se apoderaba de mi cuerpo. Mi hermano pequeño, Diego, ya había devorado medio plato y pedía más pan. Nadie parecía notar nada raro, salvo mi madre y yo.

Levanté la vista y ella me sostuvo la mirada. Sus ojos estaban húmedos, como si estuviera a punto de llorar. Me hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza: no. Sentí un nudo en el estómago. ¿Qué podía haber de malo en una tortilla de patatas? Era el plato favorito de la abuela y lo comíamos cada domingo desde que tengo memoria.

—¿Te pasa algo, Lucía? —preguntó mi tía Carmen, notando mi parálisis.

—Nada, es que… creo que me duele un poco la tripa —improvisé, dejando el tenedor sobre el plato.

Mi madre suspiró aliviada. Mi padre ni se inmutó; estaba demasiado ocupado discutiendo si Vinicius era mejor que Benzema. El bullicio de la Plaza Mayor entraba por las ventanas abiertas del restaurante, mezclándose con el aroma del café recién hecho y las risas de los turistas.

Mi móvil vibró otra vez. “Luego te explico. Por favor.”

Me removí incómoda en la silla. No podía dejar de mirar a mi madre. ¿Qué estaba pasando? ¿Había algo malo en la comida? ¿O era otra cosa? Recordé las veces que mi madre me había protegido sin que yo lo supiera: cuando me defendió en el colegio, cuando me ayudó a superar mi primer desamor… Siempre había estado ahí, incluso cuando yo no quería.

La comida continuó entre conversaciones cruzadas y brindis por el cumpleaños de mi padre. Yo apenas probé bocado. Mi madre tampoco. Nos lanzábamos miradas cómplices mientras los demás reían y hablaban sin parar. Sentía que compartíamos un secreto enorme, uno que podía cambiarlo todo.

Cuando llegó el postre, mi madre se levantó y fue al baño. Aproveché para seguirla. La encontré lavándose las manos, los ojos rojos.

—Mamá, ¿qué pasa? Me estás asustando —susurré.

Ella me abrazó fuerte, como cuando era pequeña.

—No podía dejar que comieras eso —me dijo al oído—. He visto cómo el camarero discutía con el cocinero antes de traer la comida. Parecía nervioso… Y luego he notado un olor raro en la tortilla. No sé si soy paranoica, pero prefiero pecar de precavida.

Me quedé helada. ¿Y si tenía razón? ¿Y si algo iba mal? Recordé las noticias recientes sobre intoxicaciones en restaurantes del centro…

—¿Y Diego? —pregunté alarmada.

—Ya he avisado al camarero para que retire los platos —me tranquilizó—. No te preocupes, cariño.

Salimos del baño intentando disimular nuestra preocupación. Mi madre habló con el encargado y, tras unos minutos tensos, retiraron toda la comida de nuestra mesa y nos invitaron a café y tarta casera. El resto de la familia protestó un poco, pero mi madre se mantuvo firme.

De camino a casa, en el metro abarrotado, le di la mano a mi madre y le susurré:

—Gracias por cuidarme siempre, aunque a veces no lo entienda.

Ella sonrió con tristeza y me besó la frente.

Esa noche no pude dormir bien. Pensaba en lo fácil que es confiar ciegamente en las rutinas familiares y lo rápido que todo puede cambiar por un simple mensaje. ¿Cuántas veces ignoramos las señales por no querer preocuparnos? ¿Y si esta vez no hubiéramos hecho caso?

¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa intuición inexplicable de una madre? ¿Hasta dónde llegaríais por proteger a los vuestros?