No puedo mentir bajo la sombra de mi verdad

—¡Roman! ¿Otra vez te agarraron copiando en el examen? —gritó la profesora Martínez mientras yo, con la sonrisa ladeada, guardaba el papelito en el bolsillo del pantalón.

No era la primera vez. En el Colegio Nacional de San Miguel, todos sabían que yo era el chico listo, el que sacaba dieces sin estudiar y que, cuando no tenía ganas, simplemente encontraba la manera de salirse con la suya. Mi mamá decía que era un don; mi papá, que era una maldición. Yo solo sabía que me sentía vivo cada vez que burlaba las reglas.

Pero esa mañana, mientras salía del aula entre risas y empujones, vi a Zulema parada junto al mural de los próceres. Tenía los ojos grandes y oscuros clavados en mí, como si pudiera ver más allá de mi fachada. Zulema y yo compartíamos pupitre desde primero de primaria. Ella era la única que no se dejaba llevar por mis bromas ni caía rendida ante mis encantos. Siempre fue distinta: callada, observadora, con una tristeza en la mirada que nunca supe descifrar.

—¿Por qué lo haces? —me preguntó esa vez, sin rodeos.

—¿Hacer qué? —respondí, haciéndome el desentendido.

—Eso. Fingir que todo te da igual. Mentirle a todos… incluso a ti mismo.

Sentí un nudo en la garganta. Nadie me había hablado así antes. Nadie se atrevía a mirar debajo de mi máscara.

La verdad es que yo tampoco sabía por qué lo hacía. Tal vez porque en casa todo era una guerra fría: mi papá llegaba tarde del taller mecánico, oliendo a grasa y cansancio; mi mamá se desvivía por mantenernos a flote vendiendo empanadas en la esquina; mi hermana menor, Lucía, apenas tenía tiempo para jugar porque debía cuidar a los mellizos mientras mamá trabajaba. Yo era el orgullo y la decepción al mismo tiempo: el hijo brillante que podía llegar lejos, pero también el rebelde que no respetaba límites.

Esa tarde, después de clases, Zulema me alcanzó en la plaza del barrio. Se sentó a mi lado en el banco de madera astillado y me miró en silencio.

—¿Sabes? A veces pienso que tienes miedo —dijo finalmente.

—¿Miedo de qué?

—De no ser suficiente. De decepcionar a tu familia si alguna vez fallas.

Me quedé callado. Nadie sabía lo que pasaba por mi cabeza cuando me acostaba en la cama y veía las goteras del techo. Nadie sabía que cada vez que sacaba una buena nota sentía una presión insoportable por no bajar nunca ese estándar. Que cada vez que hacía una travesura era para probarme a mí mismo que podía controlar algo en mi vida.

—No puedes mentir bajo la sombra de tu verdad —susurró Zulema antes de irse.

Esa frase me persiguió durante días. Hasta que un viernes todo explotó.

Era el día del examen final de matemáticas. Sabía que podía aprobarlo sin problemas, pero esa semana había sido un infierno: mamá enfermó y no pudo trabajar; papá estaba más irritable que nunca; Lucía lloraba por las noches porque los mellizos no paraban de pelear. Yo no había tocado un libro en días. Así que hice lo único que sabía hacer: preparé un acordeón con las fórmulas y lo escondí en la manga.

Cuando la profesora Martínez me sorprendió copiando, esta vez no hubo risas ni bromas. Me llevaron directo a la dirección. El director llamó a mis padres. Mi mamá llegó con el delantal manchado de harina; mi papá con las manos negras de aceite.

—¿Por qué, Roman? —preguntó mi mamá con los ojos llenos de lágrimas.

No supe qué decir. Sentí vergüenza por primera vez en mucho tiempo.

Esa noche, mientras cenábamos en silencio, Lucía me miró con miedo. Los mellizos jugaban con los cubiertos sin entender nada. Mi papá rompió el silencio:

—¿Eso es lo que quieres para tu vida? ¿Ser un tramposo?

Me levanté de golpe y salí corriendo al patio. El aire frío me golpeó el rostro. Me senté bajo el limonero y lloré como no lo hacía desde niño.

Al día siguiente, Zulema vino a buscarme. Caminamos hasta el río, donde el agua marrón arrastraba ramas y basura.

—No puedes seguir huyendo —dijo ella—. Tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ti mismo.

—No sé cómo hacerlo —admití entre sollozos.

Zulema me abrazó fuerte. Por primera vez sentí que alguien me entendía de verdad.

Los días siguientes fueron duros. En la escuela todos murmuraban sobre mí. Los profesores ya no me miraban con admiración sino con decepción. Mis amigos se alejaron poco a poco; nadie quería juntarse con el «tramposo».

Pero Zulema se quedó a mi lado. Me ayudó a estudiar para los exámenes de recuperación. Me animó a hablar con mis padres y pedirles perdón.

Una tarde, mientras ayudaba a mamá a preparar empanadas para vender, ella me miró y sonrió débilmente:

—Todos cometemos errores, hijo. Lo importante es aprender de ellos y no volver a caer.

Poco a poco fui recuperando la confianza de mi familia y de algunos compañeros. No fue fácil; cada día era una batalla contra mis propias inseguridades y miedos.

Un año después, cuando recibí mi diploma de egresado con honores —esta vez sin trampas ni atajos— sentí un orgullo distinto: uno limpio, sin manchas ni sombras.

Zulema estaba ahí, sonriendo entre la multitud. Cuando bajé del escenario corrió a abrazarme.

—¿Ves? No necesitabas mentir para brillar —me susurró al oído.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que la verdad puede doler, pero también libera. Que las máscaras pesan más que cualquier castigo y que solo enfrentando nuestros miedos podemos crecer de verdad.

A veces me pregunto: ¿cuántos jóvenes como yo sienten esa presión invisible de ser perfectos? ¿Cuántos se esconden detrás de mentiras por miedo a fallar? ¿Y si empezamos a hablar más sobre nuestras debilidades y menos sobre nuestras apariencias?

¿Ustedes también han sentido alguna vez esa sombra sobre sus vidas? ¿Qué harían si tuvieran que elegir entre mentir para encajar o enfrentar su verdad aunque duela?