Rechazado, pero no vencido: La historia de Diego y el secreto de mi padre

—¡No quiero verte nunca más en esta casa, Diego!— gritó mi madre, con los ojos llenos de rabia y lágrimas. El eco de su voz todavía retumba en mi cabeza, aunque hayan pasado más de diez años desde aquella noche. Yo tenía diecisiete años y acababa de enterrar a mi padre, Don Ernesto, el hombre que me enseñó a pescar en el río Usumacinta y a distinguir la verdad entre las mentiras del pueblo.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de lámina y los perros ladraban en la calle, mi madre me empujó hacia la puerta con una furia que nunca le había visto. No entendía su odio, ni su urgencia por deshacerse de mí. Solo llevaba una mochila vieja y el sobre que mi padre me entregó en secreto dos días antes de morir.

—Diego, hijo, pase lo que pase, no te olvides de quién eres— me susurró mi padre con voz débil, mientras me entregaba el sobre sellado—. Aquí está la verdad que tu madre nunca quiso aceptar.

No abrí el sobre hasta que llegué a la terminal de autobuses de Villahermosa. Temblando, lo rasgué y encontré una carta escrita con la letra temblorosa de mi padre. Decía que yo era fruto de un amor prohibido con una mujer tzotzil que había conocido en Chiapas durante su juventud. Mi madre lo supo siempre, pero decidió criarme como suyo hasta que la muerte de mi padre reabrió viejas heridas. También había una dirección: San Juan Chamula, Chiapas. «Allí está tu otra familia», decía la carta.

Durante años viví en la Ciudad de México, sobreviviendo con trabajos mal pagados y durmiendo en cuartos rentados con otros migrantes del sur. Aprendí a desconfiar, a callar mis raíces y a esconder mi acento tabasqueño para evitar burlas. Pero cada noche, al cerrar los ojos, veía el rostro de mi madre y sentía el peso del abandono.

Un día, mientras lavaba platos en un restaurante del Centro Histórico, escuché a dos clientes hablar sobre San Juan Chamula. Sentí un escalofrío. Era como si el destino me estuviera llamando. Decidí que era hora de enfrentar mi pasado.

Regresé primero a mi pueblo natal, Tenosique. El calor húmedo me abrazó como un viejo amigo y el olor a tierra mojada me hizo llorar. Caminé por las calles polvorientas hasta llegar a la casa donde crecí. La fachada estaba descuidada, las bugambilias secas y la puerta principal cerrada con candado.

Toqué la puerta de la vecina, Doña Lupita.

—¡Dieguito!— exclamó al verme—. Pensé que nunca volverías… Tu mamá sigue aquí, pero ya no es la misma desde que te fuiste.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Debía buscarla? ¿Merecía yo su perdón? Esa noche dormí en una hamaca prestada por Doña Lupita, escuchando los grillos y recordando los cuentos que mi padre me contaba sobre los espíritus del monte.

Al día siguiente fui al panteón a visitar la tumba de mi padre. Me arrodillé ante la lápida sencilla y lloré como nunca antes.

—Papá, ¿por qué me dejaste solo? ¿Por qué tuviste que cargarme con este secreto?— susurré entre sollozos.

De repente sentí una mano sobre mi hombro. Era mi madre. Su rostro estaba envejecido y sus ojos apagados.

—¿Por qué volviste?— preguntó con voz áspera.

—No busco pelea, mamá. Solo quiero entender…

Ella se sentó a mi lado y por primera vez en años hablamos sin gritos ni reproches. Me confesó que siempre supo que yo no era su hijo biológico, pero me amó como si lo fuera hasta que el dolor y los celos la consumieron tras la muerte de mi padre.

—No supe cómo manejarlo… Me sentí traicionada por él y por ti— dijo entre lágrimas.

Nos abrazamos y lloramos juntos. Por primera vez sentí que podía perdonarla y perdonarme a mí mismo.

Antes de irme le mostré la carta de mi padre. Ella la leyó en silencio y luego me miró con ternura.

—Ve a buscar a tu otra familia, Diego. Tienes derecho a saber quién eres.

Con esa bendición partí hacia Chiapas. El viaje fue largo y lleno de pensamientos oscuros: ¿Me aceptarían? ¿Sería bienvenido o solo un forastero más?

Al llegar a San Juan Chamula, busqué la dirección escrita en la carta. Una mujer mayor abrió la puerta: tenía mis mismos ojos oscuros y piel morena.

—¿Eres Diego?— preguntó en tzotzil mezclado con español.

Asentí sin poder hablar. Ella me abrazó fuerte.

—Soy tu tía Rosa. Tu madre biológica murió hace años… pero aquí tienes familia.

Me quedé varias semanas con ellos, aprendiendo sus costumbres, su idioma y su historia. Por primera vez sentí que pertenecía a algún lugar.

Sin embargo, el dolor del abandono seguía ahí. Una noche, sentado junto al fuego con mis primos, uno de ellos me preguntó:

—¿Por qué volviste después de tanto tiempo?

Pensé mucho antes de responder:

—Porque uno nunca deja de buscar sus raíces… ni deja de necesitar perdón.

Hoy sigo viviendo entre dos mundos: el del sur tabasqueño y el de las montañas chiapanecas. Aprendí que el perdón no es un regalo que se recibe; es una decisión diaria para no dejarse consumir por el rencor.

A veces me pregunto: ¿Cuántos más como yo viven cargando secretos familiares? ¿Cuántos han sido rechazados por quienes más aman? ¿Vale la pena buscar respuestas aunque duelan?

¿Ustedes qué harían si descubrieran un secreto así? ¿Perdonarían o seguirían huyendo?