Siempre estuve para ti, Lucía: la traición de mi mejor amiga
—¿Por qué me haces esto, Lucía? —mi voz temblaba, pero ella ni siquiera levantó la mirada del móvil.
Recuerdo perfectamente esa tarde de noviembre. El cielo de Madrid estaba gris, y el viento parecía querer arrancar las hojas de los plátanos de la calle. Yo acababa de perder mi trabajo en la editorial, después de quince años. Me sentía sola, derrotada, y lo único que quería era el abrazo de mi mejor amiga. Lucía y yo éramos inseparables desde el instituto. Compartimos confidencias en los bancos del Retiro, risas en los bares de Malasaña, lágrimas en las noches interminables de exámenes y rupturas. Siempre pensé que nuestra amistad era inquebrantable.
Cuando su padre enfermó, fui yo quien la acompañó al hospital cada día. Cuando su novio la dejó plantada en el altar, dormí a su lado durante semanas. Cuando no tenía dinero para pagar el alquiler, le presté lo que pude sin pensarlo dos veces. «Para eso estamos las amigas», le decía siempre.
Pero esa tarde todo cambió. Había notado cosas raras en los últimos meses: pequeños ahorros que desaparecían de mi cuenta, mensajes extraños en mi móvil, facturas que no recordaba haber pagado. Pensé que era el estrés o mi propia distracción. Hasta que recibí una llamada del banco.
—Señora Martínez, ¿ha autorizado usted estas transferencias a nombre de Lucía Gómez? —preguntó la empleada con voz neutra.
Sentí un frío recorriéndome la espalda. No podía ser. Lucía tenía acceso a mi cuenta porque una vez le di mi clave para que me ayudara con un pago urgente. Confiaba en ella más que en nadie.
Esa misma tarde fui a su casa, temblando de rabia y miedo. Ella me abrió la puerta como si nada. Su piso olía a café y a perfume caro. Había ropa nueva sobre el sofá y una bolsa de El Corte Inglés en la mesa.
—¿Qué pasa, Carmen? —preguntó sonriendo, como si no notara mi angustia.
—¿Has cogido dinero de mi cuenta? —le solté sin rodeos.
Su sonrisa se borró al instante. Bajó la mirada y empezó a juguetear con el móvil.
—No sé de qué hablas —murmuró.
—¡No me mientas! —grité—. El banco me ha llamado. Hay transferencias a tu nombre. ¿Por qué, Lucía? ¿Por qué?
El silencio se hizo eterno. Por fin levantó la cabeza y vi en sus ojos algo que nunca había visto: vergüenza.
—Lo siento —susurró—. No quería hacerte daño… Es que estaba desesperada…
—¿Desesperada? ¡Te he ayudado siempre! ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me robaste?
No supo responderme. Se encogió de hombros y se puso a llorar. Pero yo ya no podía consolarla. Sentí cómo se rompía algo dentro de mí, algo que nunca podría recomponer.
Me marché sin mirar atrás. Durante días no pude dormir ni comer. Mi madre me llamaba preocupada:
—Carmen, hija, ¿qué te pasa? ¿Has discutido con Lucía otra vez?
No podía contarle la verdad. En mi familia siempre me enseñaron que las amigas son como hermanas, que hay que perdonar y entender. Pero ¿cómo se perdona una traición así?
Intenté concentrarme en buscar trabajo, pero todo me recordaba a Lucía: los cafés en la Plaza Mayor, las tardes de compras por Gran Vía, las confidencias en el parque del Oeste. Me sentía vacía, traicionada por la persona en la que más confiaba.
Un día recibí un mensaje suyo:
“Perdóname, Carmen. Sé que no tengo excusa. Solo quería decirte que te quiero mucho y que ojalá puedas perdonarme algún día.”
No contesté. No podía hacerlo. Mi hermano Pablo vino a verme y me encontró llorando en el sofá.
—¿Qué te ha hecho esa tía? —preguntó furioso.
Le conté todo entre sollozos. Pablo me abrazó fuerte.
—Tienes que pensar en ti ahora, Carmen. Hay gente que solo sabe aprovecharse de los demás. No es culpa tuya.
Pero yo no podía dejar de preguntarme: ¿cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude ser tan ingenua?
Pasaron los meses y poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Conseguí un trabajo nuevo en una librería pequeña del barrio de Chamberí. Allí conocí a gente maravillosa: Teresa, la dueña, siempre tenía una palabra amable; Miguel, el repartidor, me hacía reír con sus historias absurdas; incluso empecé a salir con un chico nuevo, Álvaro, que me devolvió la ilusión poco a poco.
Pero el vacío seguía ahí. A veces veía a Lucía por la calle, siempre con prisa, siempre sola. Nunca volvió a buscarme en persona. Supe por amigos comunes que había tenido problemas con otras personas también, que su vida era un caos.
Una tarde encontré una carta suya en el buzón:
“Carmen,
Sé que no merezco tu perdón ni tu amistad. Solo quiero darte las gracias por todos estos años y pedirte perdón una vez más. Ojalá algún día puedas recordar lo bueno y no solo lo malo.”
Lloré al leerla, pero no respondí. Aprendí que hay heridas que tardan mucho en cerrar y que no todas las amistades son para siempre.
Hoy miro atrás y me pregunto: ¿vale la pena darlo todo por alguien sin esperar nada a cambio? ¿Cómo se vuelve a confiar después de una traición así? ¿Vosotros habéis pasado por algo parecido alguna vez?