¡Soltad a la asistenta, la culpable es mi madrastra!
—¡Soltad a Carmen! ¡Ella no ha hecho nada! —grité con todas mis fuerzas, aunque la garganta me ardía y sentía las lágrimas correr por mis mejillas sucias.
El silencio se apoderó del juzgado. Todos los ojos se clavaron en mí, una niña de apenas cuatro años, con el vestido rosa empapado de barro y los pies descalzos. Mi padre, sentado en primera fila junto a mi madrastra, se levantó de golpe.
—¿Qué haces aquí, Lucía? —su voz sonaba dura, pero yo sabía que era el miedo lo que hablaba por él.
—Papá, Carmen no ha hecho nada malo. ¡No la dejéis sola! —insistí, mirando al juez con desesperación.
La jueza, una mujer mayor de rostro serio y gafas gruesas, me observó con atención. —¿Por qué dices eso, pequeña? ¿Qué sabes tú de lo que ha pasado?
Me temblaban las piernas, pero recordé las palabras de Carmen: “En esta casa hay que decir siempre la verdad, aunque duela”. Inspiré hondo y solté todo de golpe:
—Fue mi madrastra. Yo la vi. Ella escondió las joyas en la habitación de Carmen. Yo estaba jugando debajo de la cama y lo vi todo. Carmen lloraba porque no encontraba su medalla de la Virgen del Rocío, y mi madrastra le dijo que era una ladrona. Pero no es verdad. ¡Carmen nunca haría eso!
Mi madrastra, Mercedes, se puso pálida como el mármol. Intentó hablar, pero solo le salió un susurro ahogado. Mi padre miró a Mercedes con una mezcla de sorpresa y rabia contenida.
—¿Eso es cierto? —preguntó la jueza, dirigiéndose a Mercedes.
Mercedes negó con la cabeza, pero yo no me callé:
—Siempre me dice que soy una niña tonta y que Carmen me malcría. Pero Carmen es buena. Me canta nanas de Extremadura y me prepara chocolate caliente cuando tengo miedo por las noches. Ella nunca robaría nada.
El abogado de Carmen aprovechó el silencio para pedir que se revisaran las cámaras de seguridad del pasillo. Nadie había pensado en eso antes. El juez ordenó un receso mientras revisaban las imágenes.
Me senté en un banco de madera, temblando todavía. Carmen estaba esposada, pero me sonrió desde lejos.
—Valiente eres tú, mi niña —me dijo bajito—. No te preocupes por mí.
Mi padre se acercó y se arrodilló a mi lado. Por primera vez en mucho tiempo, vi lágrimas en sus ojos.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —me preguntó en voz baja.
—Tenía miedo de Mercedes… y de que tú no me creyeras —susurré.
El murmullo crecía en la sala mientras los guardias traían las grabaciones. Al verlas, todo quedó claro: Mercedes entraba en la habitación de Carmen con una caja pequeña y salía sin ella minutos después. El juez ordenó liberar a Carmen inmediatamente y detener a Mercedes para interrogarla.
El alivio fue tan grande que rompí a llorar desconsoladamente. Carmen corrió hacia mí y me abrazó fuerte. Su olor a colonia barata y a pan tostado me llenó de paz.
—Gracias, Lucía —me susurró al oído—. Eres mi ángel de la guarda.
Mi padre se acercó y nos abrazó a las dos. Por fin entendió lo que era realmente importante: la familia no siempre es la sangre, sino quien te cuida cuando más lo necesitas.
Esa noche volvimos a casa juntas. La casa grande y fría parecía menos hostil con Carmen allí. Mi padre prometió que nunca más dudaría de nosotras.
A veces me pregunto: ¿cuántas veces se juzga sin escuchar a los niños? ¿Cuántas injusticias se cometen por miedo o por orgullo? Ojalá esta historia sirva para que nadie más tenga que gritar tan fuerte para ser escuchado.