Un agente de la Policía Nacional abofetea a un latino en el juzgado… pero suplica perdón al descubrir quién es

—¡¿Pero tú quién te crees que eres, chaval?! —gritó el agente, su acento madrileño retumbando en la sala del juzgado, mientras sus ojos me taladraban con rabia contenida. Yo, sentado en el banquillo de los acusados, apretaba los puños bajo la mesa. Sentía el sudor frío recorriéndome la espalda, pero no iba a bajar la mirada. No después de todo lo que había pasado para llegar hasta aquí.

Mi madre, sentada entre el público, se tapaba la boca con las manos, los ojos llenos de lágrimas. Mi hermana pequeña, Lucía, apenas podía contener el llanto. El juez, un hombre mayor de barba canosa, golpeó la mesa con el mazo, intentando poner orden, pero el agente ya había cruzado la línea. Se acercó a mí, me agarró del brazo y, sin pensarlo, me soltó una bofetada que resonó en toda la sala.

—¡Así aprendes a respetar la ley en este país! —escupió, sin saber que acababa de cometer el mayor error de su carrera.

Sentí el ardor en la mejilla, pero no me moví. No podía. No debía. Recordé las palabras de mi abuelo en Colombia: “El que aguanta, gana”. Y yo había aprendido a aguantar mucho. Más de lo que cualquiera en esa sala podía imaginar.

El silencio se hizo espeso. Todos me miraban, esperando que saltara, que respondiera con violencia, que confirmara sus prejuicios. Pero yo solo respiré hondo y miré al juez.

—Señoría, ¿va a permitir esto? —pregunté, mi voz temblando de rabia y dignidad.

El juez se levantó, indignado, y ordenó que el agente se apartara. Pero el daño ya estaba hecho. El murmullo crecía entre el público, y mi madre sollozaba desconsolada. El agente, dándose cuenta de la gravedad de su acción, empezó a balbucear excusas.

—Yo… no sabía… Es que este chico… —intentó justificarse, pero nadie le escuchaba ya.

Fue entonces cuando mi abogado, don Ernesto, se levantó y pidió la palabra.

—Señoría, antes de continuar, creo que todos deberíamos saber quién es realmente mi cliente. No es solo un joven latino acusado injustamente. Es Javier, ciudadano español, condecorado por el Ministerio de Defensa, exmiembro de la Unidad de Operaciones Especiales de la Armada. Ha servido en misiones internacionales, ha arriesgado su vida por este país más de lo que muchos aquí podrían imaginar.

La sala enmudeció. El agente palideció, retrocediendo un paso, como si acabara de ver un fantasma. El juez me miró con otros ojos, y el público empezó a murmurar de nuevo, esta vez con respeto y asombro.

—¿Eso es cierto? —preguntó el juez, incrédulo.

Asentí, sacando de mi bolsillo la medalla que siempre llevaba conmigo, la que me dieron tras la misión en Mali. La coloqué sobre la mesa, temblando, pero con la cabeza bien alta.

—He dado todo por este país, señoría. Y lo único que pido es respeto. Para mí y para mi familia.

El agente, ahora tembloroso, se acercó a mí, bajando la cabeza.

—Perdóname, Javier. No sabía quién eras… No sabía…

—¿Y si no hubiera sido yo? —le interrumpí, la voz rota—. ¿Si hubiera sido cualquier otro? ¿También le habrías pegado?

El juez ordenó que el agente fuera retirado de la sala y abrió una investigación inmediata. Mi caso fue sobreseído, y mi familia pudo respirar tranquila por primera vez en meses. Pero la herida, esa herida invisible del desprecio y el prejuicio, tardaría mucho en sanar.

Esa noche, en casa, mi madre me abrazó fuerte, como cuando era niño. Mi hermana me miró con orgullo y tristeza a la vez.

—¿Por qué siempre tenemos que demostrar el doble para que nos respeten? —me preguntó Lucía, con la voz bajita.

No supe qué responderle. Solo la abracé y le prometí que algún día, quizás, las cosas cambiarían.

A veces me pregunto: ¿Cuántos más tendrán que pasar por esto para que nos vean como iguales? ¿Cuándo aprenderemos a mirar más allá de los prejuicios y ver a la persona que tenemos delante?