Un otoño sin madre: herencia, recuerdos y un nuevo comienzo en la sierra
—¿Y ahora qué hacemos con la casa, Javier? —La voz de mi hermano mayor, Antonio, retumbó en el salón vacío, donde aún flotaba el olor a café y a madera vieja.
Me quedé mirando el suelo de barro cocido, sintiendo cómo el frío de la sierra de Gredos se colaba por las rendijas. Mi madre acababa de morir hacía dos días, tan silenciosa como vivió, y nosotros tres —Antonio, yo y Carmen— nos encontrábamos atrapados entre el dolor y la incertidumbre.
—No sé, Toni. No tengo fuerzas ni para pensar —respondí, apretando los puños en los bolsillos del abrigo. Carmen, la pequeña, se secó las lágrimas con la manga del jersey.
—Mamá siempre decía que esta casa era nuestro refugio —susurró—. Que aquí nunca nos faltó un plato de lentejas ni una palabra amable.
Antonio bufó, nervioso. —Ya, pero ahora no hay dinero ni para arreglar el tejado. ¿Quién se va a quedar aquí? ¿Tú? ¿Yo? ¿Carmen? Todos tenemos nuestra vida en Madrid.
El silencio se hizo espeso. Afuera, el viento agitaba las ramas desnudas del castaño. Recordé las tardes de invierno junto al brasero, las historias de mi madre sobre su infancia en el pueblo, su risa contagiosa cuando nos pillaba robando higos del huerto.
—No quiero venderla —dije al fin—. Es lo único que nos queda de ella.
Carmen asintió, los ojos rojos pero firmes. —Podríamos turnarnos para venir los fines de semana. O alquilarla a alguien del pueblo…
Antonio negó con la cabeza. —Eso es un lío. Y además, ¿para qué? Si aquí ya no queda nadie joven. El pueblo se muere igual que mamá.
Sentí una punzada en el pecho. Era cierto: las calles estaban vacías, solo se oía el repicar lejano de las campanas y el ladrido de algún perro. Pero para mí, esa casa era más que cuatro paredes viejas; era el testimonio de una vida sencilla y digna.
La discusión continuó durante horas, entre reproches velados y recuerdos compartidos. Al final, agotados, nos sentamos alrededor de la mesa camilla con una botella de vino tinto y un plato de queso manchego.
—¿Os acordáis cuando mamá nos hacía sopa de ajo los domingos? —preguntó Carmen, sonriendo entre lágrimas.
—Y cuando nos mandaba a por agua al pozo y acabábamos empapados jugando —añadí yo.
Antonio suspiró. —Quizá deberíamos dejar de pelear por ladrillos y pensar en lo que ella querría. Mamá nunca tuvo nada, pero siempre fue feliz con poco. Solo quería que estuviéramos unidos.
Esa noche dormimos juntos en la casa, como cuando éramos niños asustados por las tormentas. Al amanecer, salí al corral y vi cómo el sol teñía de oro los tejados rotos. Sentí una paz extraña, como si mi madre me abrazara desde algún lugar.
Al final decidimos no vender la casa. La arreglaríamos poco a poco entre los tres, aunque fuera solo para venir en verano o en Semana Santa. No era mucho, pero era nuestro homenaje a ella y a todo lo que nos enseñó sobre la vida sencilla y honrada.
A veces me pregunto si realmente tomamos la decisión correcta o si solo nos aferramos al pasado por miedo a seguir adelante. Pero cada vez que vuelvo y huelo a leña quemada y tierra mojada, sé que aquí sigue latiendo el corazón de mi familia.
¿No es acaso eso lo que más importa? ¿Qué haríais vosotros con una herencia así: dejarla ir o luchar por mantener viva la memoria?