Mi hijo se ríe cuando todo se derrumba: ¿cómo afrontar el dolor cuando parece que a nadie le importa?
—¡No es momento para bromas, Diego! —grité, con la voz quebrada, mientras el plato caía al suelo y se rompía en mil pedazos. El eco de la porcelana contra las baldosas llenó la cocina de un silencio incómodo. Mi hijo, con apenas dieciséis años, se encogió de hombros y soltó una carcajada nerviosa.
—Mamá, relájate, que parece que se ha roto el jarrón de la abuela —dijo, imitando la voz de mi madre fallecida. Sentí cómo la rabia me subía por la garganta y las lágrimas me nublaban la vista.
No era la primera vez. Desde que su padre nos dejó hace dos años, Diego ha respondido a cada situación tensa con chistes, imitaciones o risas. Al principio pensé que era su forma de sobrellevar el dolor, pero ahora… ahora siento que se burla de todo lo que me duele. Y lo peor es que no sé cómo llegar a él.
Recuerdo la última vez que intenté hablarle en serio. Fue hace unas semanas, cuando recibí la carta del banco diciendo que nos iban a embargar el piso si no pagábamos tres meses de hipoteca. Me senté con él en el sofá, le expliqué la situación y le pedí que me ayudara a pensar soluciones. Él me miró, sonrió y dijo:
—Bueno, mamá, siempre podemos irnos a vivir debajo del puente y así no pagamos comunidad.
Me quedé helada. ¿Cómo podía bromear con algo así? ¿No entendía el miedo que sentía? ¿O era precisamente eso lo que le hacía reírse?
Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, preguntándome en qué momento había perdido la conexión con mi hijo. Recordé cuando era pequeño y venía corriendo a abrazarme cada vez que tenía miedo. Ahora, cada vez que yo tengo miedo, él se ríe.
Al día siguiente, fui a ver a mi hermana Carmen. Ella siempre ha sido mi apoyo, aunque a veces su sinceridad me duela.
—Marta —me dijo mientras servía café—, Diego está sufriendo igual que tú. Solo que no sabe cómo expresarlo. Los hombres… ya sabes cómo son en esta familia. ¿Recuerdas a papá? Siempre hacía chistes cuando mamá lloraba.
—Pero Carmen, ¿y si nunca aprende a tomarse nada en serio? ¿Y si crece pensando que todo se arregla con una broma?
Ella suspiró y me cogió la mano.
—Tienes que hablar con él. Pero no como madre enfadada. Como alguien que también está rota.
Esa noche lo intenté. Entré en su habitación sin llamar. Diego estaba tumbado en la cama, viendo vídeos en el móvil.
—¿Puedo sentarme?
Él asintió sin mirarme.
—Diego… —empecé, pero me temblaba la voz—. Estoy muy cansada. Y muy asustada. No sé cómo vamos a salir de esta.
Él bajó el móvil y me miró por primera vez en semanas.
—Mamá…
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas antes de que pudiera decir nada más. Pero entonces sonrió y dijo:
—Bueno, al menos si nos echan del piso podré decir que soy un nómada digital.
No pude evitarlo: rompí a llorar delante de él. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que no podía más.
—¡No te rías! ¡Por favor! —le supliqué entre sollozos—. Necesito que seas serio solo una vez…
Diego se quedó callado. Se levantó despacio y me abrazó torpemente.
—Lo siento, mamá —susurró—. Es que si no hago chistes… me da miedo ponerme a llorar y no poder parar nunca.
En ese momento entendí algo: su risa era su escudo, igual que mi enfado era el mío. Pero ¿cómo podíamos ayudarnos si los dos estábamos escondidos detrás de nuestras máscaras?
Desde entonces intento ser más paciente. Cuando Diego hace una broma en medio del drama, respiro hondo y le pregunto cómo se siente de verdad. A veces responde con otra broma; otras veces baja la cabeza y murmura algo sincero. No es fácil. Hay días en los que me desespero y grito; otros en los que consigo abrazarle antes de que haga el payaso.
La semana pasada tuvimos una discusión horrible porque suspendió matemáticas y yo perdí los nervios.
—¿Y ahora qué? ¿También te vas a reír de esto? —le grité.
Él me miró serio por primera vez y dijo:
—No, mamá. Hoy no tengo ganas de bromas.
Nos sentamos juntos en silencio durante un rato largo. Sentí que por fin estábamos empezando a entendernos.
A veces pienso en todo lo que hemos perdido: la estabilidad, la familia unida, la tranquilidad de saber que mañana todo seguirá igual. Pero también pienso en lo que aún tenemos: el uno al otro, aunque sea entre lágrimas y bromas malas.
No sé si algún día Diego dejará de reírse cuando las cosas se pongan feas. No sé si yo dejaré de enfadarme cada vez que lo hace. Pero sí sé una cosa: estamos aprendiendo juntos a vivir con el dolor sin escondernos detrás del humor o la rabia.
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que vuestros hijos se esconden detrás de una máscara? ¿Cómo habéis conseguido llegar hasta ellos sin perderos por el camino?