Un fin de semana en casa de la abuela: Cuando mi hijo rogó volver a casa y todo cambió
—Mamá, por favor, ven a buscarme. No quiero quedarme aquí—. La voz de mi hijo Lucas, temblorosa al otro lado del teléfono, me atravesó el pecho como un cuchillo. Era sábado por la tarde y, en teoría, mi marido Sergio y yo debíamos estar disfrutando de un raro momento de tranquilidad en casa, mientras nuestros dos hijos pasaban el fin de semana con su abuela Carmen en su piso de Lavapiés.
Pero la realidad era otra. Desde que colgué el teléfono, no podía dejar de pensar en la súplica de Lucas. Tenía solo siete años, y aunque su hermano mayor, Pablo, siempre se lo pasaba bien con la abuela, Lucas nunca había estado demasiado cómodo allí. Siempre había algo: que si la comida no le gustaba, que si la tele estaba demasiado alta, que si la abuela Carmen era demasiado estricta con los horarios. Pero nunca le habíamos dado demasiada importancia. «Son cosas de niños», decía Sergio. «Ya se acostumbrará».
Esa tarde, sin embargo, algo era diferente. El tono de Lucas no era el de un niño caprichoso. Era el de alguien asustado y solo. Me senté en el borde de la cama y miré a Sergio.
—Tenemos que ir a buscarle—le dije.
Él suspiró, cansado.
—¿Otra vez? Marta, si cada vez que Lucas llora vamos corriendo, nunca aprenderá a enfrentarse a nada.
—No es lo mismo—insistí—. Esta vez lo noto distinto.
La discusión se alargó más de lo que me gustaría admitir. Sergio defendía que debíamos ser firmes, que Lucas tenía que aprender a adaptarse y que Carmen estaba haciendo lo mejor por ellos. Yo sentía una punzada de culpa por haber ignorado tantas veces las señales de mi hijo. ¿Y si realmente estaba sufriendo?
Al final, la angustia pudo más que la lógica. Cogí las llaves y salí casi corriendo del piso, sin mirar atrás. El trayecto en metro hasta Lavapiés se me hizo eterno. Recordaba mi propia infancia en casa de mi abuela Rosario, tan diferente: tardes de juegos, meriendas interminables y risas. ¿Por qué Lucas no podía disfrutar igual?
Cuando llegué al portal, Carmen me abrió con cara de sorpresa.
—¿Qué haces aquí tan pronto?—preguntó.
—He venido a por Lucas—respondí sin rodeos.
Ella frunció el ceño.
—No entiendo qué le pasa a ese niño. No para de quejarse. No le gusta nada, ni siquiera los macarrones que tanto le gustaban antes.
Subí corriendo las escaleras y encontré a Lucas sentado en el sofá, abrazado a su peluche favorito y con los ojos rojos de tanto llorar. Me lancé a abrazarle y él se aferró a mí como si le fuera la vida en ello.
—Mamá, ¿me llevas a casa?—susurró.
En ese momento supe que había hecho lo correcto.
Carmen nos miraba desde la puerta del salón, visiblemente molesta.
—No entiendo por qué le consientes tanto. Así nunca va a madurar.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Estábamos haciendo mal las cosas? ¿Estábamos criando a un niño débil o simplemente estábamos siendo padres atentos?
De camino a casa, Lucas apenas habló. Solo me apretaba la mano con fuerza. Cuando llegamos, Sergio nos esperaba en el salón con cara seria.
—¿Y bien?—preguntó.
Le conté lo sucedido mientras Lucas se acurrucaba en el sofá con su manta azul. Sergio se sentó a su lado y le acarició el pelo.
—Lucas, ¿qué te pasa en casa de la abuela? ¿Por qué no quieres quedarte allí?
El niño dudó un momento antes de responder.
—La abuela me grita mucho cuando hago algo mal. Y cuando echo de menos a mamá o a papá, me dice que soy un llorón y que tengo que ser fuerte como Pablo… Pero yo no soy como Pablo.
Me quedé helada. Nunca imaginé que Carmen pudiera ser tan dura con él. Siempre había pensado que era estricta pero cariñosa. Miré a Sergio y vi en sus ojos la misma culpa que sentía yo.
Esa noche hablamos largo y tendido sobre lo ocurrido. Decidimos que no volveríamos a obligar a Lucas a quedarse donde no se sintiera seguro. Llamé a Carmen al día siguiente para explicarle cómo se sentía su nieto. Al principio se lo tomó como una ofensa personal.
—En mis tiempos los niños no tenían tantas tonterías—me espetó—. Ahora todo son traumas y psicólogos…
Intenté explicarle que los tiempos habían cambiado, que ahora sabíamos lo importante que era validar las emociones de los niños y escucharles de verdad. Pero fue como hablar con una pared.
Durante semanas la relación estuvo tensa. Pablo seguía queriendo ir los fines de semana con la abuela, pero Lucas prefería quedarse en casa o ir al parque con nosotros. Poco a poco Carmen fue entendiendo (o al menos aceptando) que cada nieto era diferente y necesitaba cosas distintas.
A veces me pregunto si hicimos bien o mal. Si deberíamos haber insistido más en que Lucas aprendiera a adaptarse o si hicimos lo correcto escuchando su sufrimiento. Lo único que sé es que desde aquel fin de semana veo a mi hijo más tranquilo y seguro cuando sabe que le escuchamos y respetamos sus sentimientos.
¿Vosotros qué haríais? ¿Creéis que hoy en día sobreprotegemos demasiado a nuestros hijos o es importante darles voz y espacio para expresar sus emociones?