El niño de Lavapiés y la dama del ático

—¿Y si yo pudiera curarte… me darías toda la bondad que tienes guardada?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera pensarlo dos veces. Allí estaba yo, un chaval de Lavapiés, con las zapatillas rotas y la camiseta heredada de mi hermano mayor, plantado frente a la señora del ático. Ella, con su melena rubia perfectamente peinada y su silla de ruedas eléctrica última generación, me miró como si acabara de soltar una barbaridad.

—¿Curarme tú? —respondió con una sonrisa torcida—. ¿Y cómo piensas hacerlo, mago?

Me encogí de hombros, pero no aparté la mirada. Había algo en sus ojos, una tristeza que ni el dinero ni los lujos podían tapar. El barrio entero hablaba de ella: la millonaria que nunca salía, que miraba la vida pasar desde su terraza llena de geranios y jazmines. Decían que tenía todo lo que cualquiera podría desear, menos ganas de vivir.

—No soy mago —le dije—. Pero sé lo que es sentirse atrapado. Y a veces, lo único que hace falta es que alguien te saque a pasear.

Ella soltó una carcajada, seca como el verano madrileño. Pero algo en su expresión cambió. Me invitó a subir al ático, y yo acepté, aunque mi madre siempre decía que no confiara en desconocidos, y menos en los ricos.

El ascensor olía a perfume caro y a miedo. Cuando llegamos, me quedé boquiabierto: el salón era más grande que todo mi piso. Había cuadros modernos, libros por todas partes y una luz dorada entrando por los ventanales. Pero lo más impresionante era el silencio. Un silencio tan denso que casi dolía.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó mientras se servía un vaso de agua.

—Lucas —contesté—. ¿Y usted?

—Isabel —dijo, y por primera vez sonrió de verdad.

Durante semanas, volví cada tarde después del colegio. Le contaba historias del barrio: los partidos de fútbol en la plaza, las broncas de mi madre porque llegaba tarde, las risas con mis amigos en el parque. Isabel escuchaba como si cada palabra fuera un regalo. A veces se animaba a contarme cosas de su vida antes del accidente: los veranos en la playa de Cádiz, las fiestas familiares donde todos bailaban sevillanas hasta el amanecer.

Un día le propuse salir a la calle. Al principio se negó en redondo.

—¿Y si la gente me mira? ¿Y si me caigo? —preguntó con voz temblorosa.

—Que te miren —le dije—. Aquí todos tenemos algo roto. Y si te caes, yo te levanto.

Esa tarde recorrimos juntos el Rastro, entre puestos de antigüedades y turistas despistados. La gente nos miraba, sí, pero también nos sonreía. Isabel volvió a reírse como una niña cuando un vendedor le regaló una pulsera de hilo rojo «para la buena suerte».

Poco a poco, su casa se llenó de vida: vecinos que venían a tomar café, niños del barrio que le pedían ayuda con los deberes, mi madre trayendo tortilla de patatas «porque aquí nadie come bien solo». Isabel empezó a organizar meriendas en su terraza; hasta los gatos callejeros parecían sentirse bienvenidos.

Un día me confesó:

—Lucas, tú no me has curado las piernas… pero sí el corazón.

Me quedé callado, sin saber qué decir. Yo solo quería ayudarla a salir de su jaula dorada, pero al final fue ella quien me enseñó que la verdadera riqueza está en compartir lo poco o mucho que uno tiene.

Ahora Isabel es parte de mi familia. En Navidad cenamos todos juntos: mi madre, mis hermanos, los vecinos y ella, brindando con sidra y riendo hasta las tantas. El dinero sigue ahí, pero ya no es lo importante.

A veces me pregunto: ¿Cuánta gente vive encerrada en su propio ático sin saber que la llave está en tender la mano al otro? ¿Y si todos nos atreviéramos a cruzar esa puerta?