¿Hasta cuándo seré la cocinera de mi marido? Mi vida entre fogones y silencios

—¿Otra vez lentejas, Carmen? Ya sabes que prefiero pescado los martes —la voz de Luis retumbó en la cocina, mientras yo removía la olla con manos temblorosas. El vapor empañaba mis gafas y sentí cómo el cansancio me recorría los huesos. Eran las siete de la tarde y, como cada día desde hace más de quince años, corría desde la oficina hasta casa para preparar la cena antes de que él llegara.

No recuerdo cuándo empezó exactamente este ciclo. Quizá fue cuando nos mudamos a Madrid, dejando atrás mi pequeño pueblo en La Mancha, donde mi madre me enseñó que el amor se demuestra con el cucharón y la paciencia. Luis, madrileño de pura cepa, siempre fue exigente con la comida: nada recalentado, nada de sobras, todo recién hecho. Al principio me parecía una manía graciosa, pero con el tiempo se convirtió en mi condena diaria.

—¿No podrías haber hecho merluza al horno? —insistió Luis, dejando caer la chaqueta sobre la silla del comedor.

—No me ha dado tiempo, he salido tarde del trabajo —respondí, intentando que mi voz no sonara tan cansada como me sentía.

—Pues haberlo organizado mejor. Sabes que no me gusta improvisar con la comida.

Me mordí el labio para no contestar. Mi hija Lucía, de doce años, me miró desde la mesa con una mezcla de pena y resignación. Ella también había aprendido a callar. En casa de los García nunca se discutía en voz alta; el silencio era nuestro idioma común.

A veces me pregunto si alguien más vive así. Si otras mujeres en España sienten ese peso invisible que te aplasta el pecho cada vez que alguien te exige más de lo que puedes dar. Mis amigas del trabajo me dicen que exagere menos, que compre comida preparada o que deje a Luis sin cenar una noche. Pero no es tan fácil. Aquí, en este piso pequeño de Carabanchel, las costumbres pesan más que las palabras.

Recuerdo una tarde de domingo, hace dos años. Habíamos invitado a mis suegros a comer. Me pasé toda la mañana cocinando cocido madrileño y preparando postres caseros. Cuando por fin nos sentamos a la mesa, mi suegra Carmen (sí, compartimos nombre) me miró con esa sonrisa fría y dijo:

—Te ha quedado bien el cocido, pero mi hijo siempre ha preferido el tuyo, Luis.

Luis asintió sin mirarme siquiera. Sentí cómo se me encogía el corazón. ¿De verdad todo mi esfuerzo solo servía para quedar por debajo de otra mujer?

Desde entonces, cada vez que cocino siento esa sombra detrás de mí: la comparación constante, la sensación de no ser suficiente. Y sin embargo, sigo haciéndolo. Cada mañana me levanto antes que nadie para preparar el desayuno; cada tarde corro al supermercado para comprar ingredientes frescos; cada noche limpio la cocina mientras Luis ve las noticias en la tele.

Hace unos meses empecé a notar algo distinto en mí. Un cansancio nuevo, más profundo. No era solo físico: era como si una parte de mí se estuviera apagando poco a poco. Una tarde, mientras pelaba patatas para una tortilla, Lucía entró en la cocina y me preguntó:

—Mamá, ¿por qué siempre tienes que cocinar tú?

Me quedé helada. No supe qué contestar. ¿Por qué siempre yo? ¿Por qué nadie más podía hacerlo? ¿Por qué sentía que si dejaba de cocinar, todo se vendría abajo?

Esa noche no pude dormir. Me di cuenta de que llevaba años viviendo para los demás: para Luis, para Lucía, para las expectativas de una familia que nunca fue mía del todo. Yo, que soñaba con ser profesora de literatura y recorrer España en trenes baratos, había acabado prisionera entre fogones y recetas heredadas.

Un viernes por la tarde decidí hacer algo diferente. Compré una pizza congelada y la metí en el horno justo antes de que Luis llegara a casa. Cuando vio lo que había para cenar, frunció el ceño:

—¿Esto es lo que hay hoy?

—Sí —contesté mirándole a los ojos—. Hoy no he tenido ganas de cocinar.

El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo. Lucía me miró sorprendida y luego sonrió tímidamente. Luis no dijo nada más esa noche.

Desde entonces he intentado cambiar pequeñas cosas: dejar preparada comida para dos días, pedir ayuda a Lucía para cocinar juntas los fines de semana, incluso atreverme a decir «no» cuando estoy demasiado cansada. Pero no es fácil romper con años de costumbre y miedo al conflicto.

A veces pienso en marcharme unos días sola al pueblo, volver a sentir el aire limpio y escuchar el silencio sin reproches. Pero luego veo a Lucía y sé que aún no puedo dejarla sola en esta batalla silenciosa.

Hoy he vuelto a preparar lentejas porque era lo más rápido y tenía poco tiempo entre el trabajo y las tareas del colegio de Lucía. Luis ha puesto mala cara otra vez y he sentido esa punzada familiar en el pecho. Pero esta vez no he pedido perdón ni he bajado la mirada.

Me pregunto cuántas mujeres en España viven atrapadas en rutinas parecidas, sacrificando sus sueños por mantener una paz aparente en casa. ¿Hasta cuándo vamos a seguir callando? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta?

Quizá hoy no tenga todas las respuestas, pero sé que ya no quiero ser invisible entre fogones y silencios.

¿Y vosotras? ¿Cuántas veces habéis sentido que vuestra vida se resume en dar sin recibir? ¿Cuándo es suficiente?