Cuando la abuela prefiere a otros: una herida en el corazón de la familia
—¿Por qué nunca viene a ver a Emiliano? —le pregunté a mi esposo, Julián, una noche en la que el silencio de la casa pesaba más que nunca. Él solo bajó la mirada, como si la pregunta le doliera tanto como a mí.
No era la primera vez que lo hablábamos, pero sí la primera vez que me atreví a ponerlo en palabras tan directas. Mi suegra, Doña Rosa, era una mujer fuerte, de esas que crecieron en los pueblos de Veracruz, acostumbrada a trabajar duro y a no mostrar debilidad. Pero desde que Emiliano nació, parecía que para ella solo existía su hija menor, Lucía, y la pequeña Camila, su nieta favorita.
Recuerdo el primer cumpleaños de Emiliano. Yo había preparado todo con ilusión: globos azules, pastel de tres leches, piñata con forma de dinosaurio. Todos los primos llegaron, menos Camila y Lucía. Doña Rosa tampoco apareció. Más tarde supe por las redes sociales que estaban en un parque de diversiones en Xalapa, celebrando el cumpleaños de Camila. Mi corazón se rompió un poco ese día.
—Tal vez está cansada —me decía Julián—, ya no es joven.
Pero yo veía las fotos: Doña Rosa cargando a Camila, riendo, corriendo detrás de ella. ¿Y para Emiliano? Apenas un mensaje por WhatsApp: «Felicidades al niño».
La herida se fue haciendo más profunda con el tiempo. Cada Navidad, cada Día del Niño, cada domingo familiar era igual: Lucía y Camila recibían toda la atención, los mejores regalos, los abrazos más largos. Emiliano miraba desde lejos, preguntándome en voz baja:
—¿Por qué la abuela no me quiere?
¿Qué podía responderle? ¿Cómo explicarle a un niño de seis años que el amor no siempre es justo?
Un día decidí enfrentar a Doña Rosa. Fui a su casa en Coatepec, con el corazón latiendo fuerte. Ella estaba sentada en el patio, pelando naranjas para hacer agua fresca.
—Doña Rosa, ¿puedo hablar con usted?
Me miró por encima de sus lentes.
—Claro, hija. ¿Qué pasa?
Sentí un nudo en la garganta.
—Es sobre Emiliano… Él siente que usted no lo quiere. Siempre está con Camila y Lucía, pero casi nunca viene a vernos.
Ella suspiró y dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Ay, Mariana… No es eso. Es que Lucía me necesita más. Está sola con Camila desde que su esposo se fue al norte. Yo solo trato de ayudarla.
—Pero Emiliano también es su nieto —le respondí, tratando de controlar las lágrimas—. Él también la necesita.
Doña Rosa guardó silencio. Por un momento pensé que iba a abrazarme o a decirme algo reconfortante. Pero solo dijo:
—No entiendes lo difícil que es para mí. No puedo estar en todos lados.
Salí de ahí sintiéndome más sola que nunca. En el camino de regreso a casa, las palabras retumbaban en mi cabeza: «No puedo estar en todos lados». ¿Pero por qué siempre estaba del otro lado?
Las cosas empeoraron cuando Emiliano enfermó de bronquitis. Estuvo internado dos días en el hospital regional. Llamé a toda la familia; Lucía fue la única que vino a verlo. Doña Rosa mandó un mensaje: «Avísame cuando salga».
Esa noche lloré junto a Julián.
—¿Por qué no le duele? ¿Por qué no siente lo mismo por nuestro hijo?
Julián no supo qué responderme. La distancia entre nosotros creció también; él se sentía atrapado entre su madre y su familia.
Un domingo cualquiera, mientras tomábamos café en la cocina, Lucía llegó sin avisar con Camila y Doña Rosa. Traían bolsas llenas de regalos para Camila: muñecas, ropa nueva, dulces importados. Emiliano miraba desde la puerta del cuarto.
—¿Y para mí? —preguntó bajito.
Lucía sonrió incómoda.
—Ay, mi amor, es que hoy celebramos algo especial para Camila…
Vi cómo los ojos de mi hijo se llenaban de lágrimas antes de correr a esconderse bajo la cama.
Esa noche exploté.
—¡Basta! —le grité a Julián—. ¡No puedo seguir fingiendo que esto no duele! ¡No puedo ver cómo tu madre destroza el corazón de nuestro hijo!
Él lloró conmigo esa noche por primera vez.
Pasaron semanas sin ver a Doña Rosa ni a Lucía. La familia se dividió en dos bandos: los que decían que yo exageraba y los que entendían mi dolor. Las reuniones familiares se volvieron tensas; los chismes volaban por WhatsApp y Facebook. «Mariana está celosa», decían algunos; otros me escribían en privado: «Te entiendo, yo también lo viví».
Un día recibí una llamada inesperada: era Doña Rosa.
—Quiero hablar contigo —dijo con voz temblorosa.
Nos encontramos en una cafetería del centro. Ella llegó con el rostro cansado y los ojos rojos.
—No sé cómo arreglar esto —me dijo—. Siento que te fallé… pero también siento que le fallé a Emiliano.
Por primera vez vi a Doña Rosa vulnerable. Me contó cómo había crecido viendo favoritismos en su propia familia; cómo siempre había sentido culpa por no poder darles lo mismo a todos sus hijos y nietos; cómo el abandono del esposo de Lucía la había hecho sentir responsable de protegerlas más.
Lloramos juntas esa tarde. Le pedí solo una cosa:
—No quiero regalos ni grandes gestos. Solo quiero que venga a ver a Emiliano una vez al mes. Que lo escuche, que le pregunte cómo está…
Doña Rosa asintió y cumplió su promesa durante un tiempo. Pero las heridas tardan en sanar y aún hoy Emiliano pregunta por qué la abuela no lo quiere como a Camila.
A veces me pregunto si alguna vez podré perdonar del todo; si alguna vez podré explicarle a mi hijo por qué el amor familiar puede ser tan desigual.
¿De qué sirve llamarnos familia si no hay lealtad ni justicia entre nosotros? ¿Ustedes han sentido alguna vez ese dolor? ¿Cómo lo han enfrentado?