Entre la lealtad y el desencanto: una deuda familiar

—¿Vas a venir o no, Raúl? —La voz de Luis retumbó en el altavoz del móvil, mezclada con el eco de una habitación vacía—. Te lo pido por favor, hermano, que esto no puedo hacerlo solo.

Me quedé mirando el techo de mi pequeño piso en Vallecas, sintiendo cómo la rabia y la tristeza me apretaban el pecho. Recordé hace dos años, cuando yo mismo me enfrenté a una mudanza imposible, cajas hasta el techo y una lavadora que parecía pesar más que mi propio orgullo. Luis no apareció entonces. Ni una llamada, ni un mensaje. «Estoy liado, Raúl, ya sabes cómo es esto», me dijo en aquel momento, y yo aprendí a no esperar nada de él.

Pero ahora era diferente. Ahora era él quien necesitaba ayuda. Y no solo ayuda: esperaba que yo estuviera allí desde el primer golpe de martillo hasta el último brochazo de pintura. Como si la sangre justificara cualquier sacrificio. Como si los favores familiares fueran una deuda eterna que nunca se termina de pagar.

—No lo sé, Luis. Tengo trabajo, sabes que no puedo pedir días así como así —respondí, intentando mantener la voz firme.

—Siempre tienes una excusa, macho. Cuando no es el curro, es que estás cansado. Pero para salir con tus amigos sí tienes tiempo, ¿no?

Sentí cómo me ardían las mejillas. ¿Cómo se atrevía? ¿Acaso él no recordaba todas las veces que me dejó tirado? ¿O es que en su cabeza solo existían sus propios problemas?

Colgué sin decir nada más. Me quedé sentado en el borde de la cama, mirando mis manos temblorosas. Mi madre siempre decía que los hermanos están para ayudarse, que la familia es lo primero. Pero ¿y si esa ayuda solo va en una dirección? ¿Y si uno siempre da y el otro solo recibe?

Esa noche apenas dormí. Soñé con mi infancia en el barrio de Carabanchel, con Luis y yo jugando en la plaza, compartiendo bocadillos de chorizo y peleándonos por tonterías. Antes todo era más sencillo. Antes no había facturas ni resentimientos acumulados.

Al día siguiente, mi madre me llamó temprano.

—Raúl, hijo, ¿qué ha pasado con tu hermano? Está muy agobiado con la reforma. Dice que no quieres ayudarle.

—Mamá, ¿y cuando yo necesité ayuda? ¿Dónde estaba él entonces?

—No es lo mismo, Raúl. Ahora está solo, tú sabes cómo terminó lo de Marta…

Suspiré. Marta le había dejado hacía seis meses y desde entonces Luis parecía un fantasma de sí mismo. Pero eso no justificaba todo.

—Mamá, siempre soy yo el que tiene que ceder. Siempre soy yo el que tiene que estar ahí.

—Sois hermanos, Raúl. Algún día os arrepentiréis de estas tonterías.

Colgué antes de que pudiera decirme nada más. Sentí una punzada de culpa, pero también una rabia sorda que no terminaba de irse.

El sábado por la mañana me planté delante del portal de Luis con una bolsa de herramientas y el corazón encogido. Subí las escaleras despacio, repasando mentalmente todo lo que quería decirle. Cuando abrió la puerta, tenía ojeras profundas y la camiseta manchada de pintura.

—Pensé que no vendrías —dijo sin mirarme a los ojos.

—No podía dejarte solo —respondí seco.

Durante horas trabajamos en silencio. Quitamos papel pintado, lijamos paredes, discutimos sobre dónde poner los enchufes. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban sentía un nudo en el estómago.

En un momento dado, mientras desmontábamos un armario empotrado, Luis soltó:

—Sé que piensas que soy un egoísta.

Me detuve en seco.

—¿Y no lo eres?

Se quedó callado un instante.

—Puede ser… No sé hacerlo mejor, Raúl. Cuando Marta se fue… sentí que todo se desmoronaba y no supe pedir ayuda. Ni siquiera a ti.

Me apoyé contra la pared desconchada y le miré por primera vez en mucho tiempo como a un igual, no como a un rival o una carga.

—Yo también he estado solo muchas veces —le dije—. Y tú nunca apareciste.

Luis bajó la cabeza.

—Lo siento —susurró—. No sé cómo arreglarlo.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Afuera llovía sobre los tejados de Madrid y dentro del piso solo se oía el golpeteo de la lluvia y nuestros propios pensamientos chocando como trenes descarrilados.

Esa tarde terminamos de pintar el salón juntos. No hablamos mucho más, pero algo había cambiado. No era perdón ni olvido, pero sí una tregua silenciosa.

Al volver a casa sentí una mezcla extraña de alivio y tristeza. ¿Hasta dónde llega el deber familiar? ¿Cuándo deja uno de ser generoso para empezar a ser tonto? Me miré al espejo y vi a un hombre cansado pero más honesto consigo mismo.

Quizá ayudar a Luis no era solo por él, sino también por mí: por cerrar heridas antiguas y aprender a poner límites sin dejar de ser hermano.

¿Y vosotros? ¿Dónde ponéis la línea entre la lealtad familiar y vuestra propia dignidad? ¿Hasta cuándo merece la pena ceder?