“¡No te dejaré mudarte a mi piso, porque nunca me libraré de ti!”: El día que mi suegra me cerró la puerta en la cara
—¡No, Lucía! ¡No te dejaré mudarte a mi piso, porque nunca me libraré de ti!—. Las palabras de Patricia, mi suegra, retumbaron en el pasillo como un portazo invisible. Me quedé de pie, con las llaves en la mano y el corazón encogido, mientras ella me miraba desde el umbral con los brazos cruzados y esa expresión fría que sólo saca cuando quiere dejar claro quién manda.
Era un martes cualquiera en Madrid, pero para mí fue el día en que sentí que la familia de mi marido, Sergio, me expulsaba de su círculo. Patricia tiene dos pisos: uno donde vive sola desde que enviudó y otro, a apenas dos calles, vacío desde hace años. Siempre nos dijo que era su inversión para la jubilación, pero nunca entendí por qué prefería verlo cerrado y triste antes que ayudar a su propio hijo y a mí, que llevamos meses buscando un alquiler decente en esta ciudad imposible.
—Pero mamá, Lucía y yo no podemos seguir pagando 1.200 euros por ese cuchitril en Lavapiés—intentó mediar Sergio, con esa voz temblorosa que le sale cuando está entre nosotras dos.
Patricia ni se inmutó. —Ese piso es mío. Y si os lo dejo, luego no habrá manera de echaros. Ya conozco cómo funcionan estas cosas. Además, Lucía… tú y yo nunca hemos tenido buena química.
Sentí una punzada de rabia y vergüenza. ¿Tan poco valía yo para ella? ¿Tan poco le importaba la felicidad de su hijo? Me mordí la lengua para no decirle lo que pensaba: que su miedo a perder el control la estaba dejando sola, que su obsesión por el dinero la estaba alejando de su única familia.
Esa noche, Sergio y yo discutimos como nunca. Él defendía a su madre, decía que era su piso y tenía derecho a hacer lo que quisiera. Yo le reprochaba su falta de coraje, su incapacidad para poner límites. —¿Y si tu padre estuviera vivo? ¿Nos dejaría tirados así?—le pregunté entre lágrimas.
—No lo sé, Lucía. Pero no quiero pelearme con mi madre por esto. Bastante sola está ya—me respondió él, derrotado.
Los días siguientes fueron un infierno. Cada vez que pasaba por delante del piso vacío sentía una mezcla de rabia y tristeza. Veía las persianas bajadas, las macetas secas en el balcón, y pensaba en todas las cenas familiares que podríamos haber celebrado allí, en los hijos que quizá algún día tendríamos corriendo por ese pasillo… Todo eso era imposible mientras Patricia siguiera aferrada a sus miedos.
Mi madre, Carmen, me llamaba cada noche para preguntarme cómo estaba. —No te preocupes, hija. Ya sabes cómo son algunas suegras… Pero tú vales mucho más que todo eso—me decía con esa voz cálida que siempre consigue calmarme un poco.
Pero yo no podía evitar sentirme humillada. En el trabajo apenas podía concentrarme; mis compañeras notaban que algo iba mal.
—¿Otra vez la suegra?—me preguntó Ana un viernes en la pausa del café.
—Sí… No entiendo cómo puede ser tan egoísta—le confesé.
Ana suspiró.—En mi casa pasó algo parecido con mi cuñada. Al final mi madre se quedó sola y amargada. No dejes que te arruine el matrimonio.
Pero el daño ya estaba hecho. Sergio y yo empezamos a distanciarnos. Él pasaba más tiempo en casa de su madre; yo evitaba ir a las comidas familiares. La tensión se podía cortar con cuchillo cada vez que coincidíamos todos en Navidad o en algún cumpleaños.
Un domingo de primavera, después de otra discusión absurda sobre el alquiler, decidí enfrentarme a Patricia cara a cara. Llamé al timbre de su piso sin avisar.
Me abrió con cara de sorpresa.—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.—Le temblaba la voz pero no di marcha atrás.—¿Por qué no quieres ayudarnos? ¿Por qué prefieres ver ese piso vacío antes que vernos felices?
Patricia me miró largo rato antes de responder.—Porque tengo miedo, Lucía. Miedo de quedarme sola del todo si os ayudo demasiado. Si os dejo entrar en mi vida más de la cuenta… luego no sabré cómo echaros cuando lo necesite. Ya perdí a mi marido. No quiero perder mi independencia también.
Por primera vez vi a Patricia como una mujer frágil y asustada, no sólo como una suegra fría y calculadora. Pero eso no hacía menos dolorosa su decisión.
—¿Y tu hijo? ¿No te importa verlo sufrir?—le pregunté.
Se le humedecieron los ojos.—Claro que me importa… Pero también tengo derecho a pensar en mí misma alguna vez.
Me fui de allí con el alma hecha trizas. Esa noche hablé con Sergio y le conté todo. Lloramos juntos por primera vez en meses. Decidimos buscar otro piso fuera del centro, aunque tuviéramos que alejarnos del trabajo y los amigos.
Hoy escribo esto desde nuestro nuevo hogar en Alcorcón. No es el piso soñado ni está cerca del Retiro, pero al menos es nuestro refugio lejos de los fantasmas familiares. Patricia sigue sola en su piso grande y vacío; a veces nos llama para preguntar cómo estamos, pero la herida sigue abierta.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias se rompen por miedo, orgullo o simple egoísmo? ¿Vale la pena proteger tanto lo propio si al final te quedas solo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?