Por qué le pedí a mi hija que no dejara a su marido rico: la verdad detrás de una familia perfecta

—No puedes hacer esto, Lucía. No puedes tirar tu vida por la borda así —le susurré, con la voz quebrada, mientras ella recogía su abrigo de cashmere del perchero de la entrada. La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el leve tic-tac del reloj antiguo que su marido, Álvaro, había comprado en una subasta en Salamanca.

Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero también de una determinación que nunca le había visto. —Mamá, no lo entiendes. No puedo seguir aquí. No puedo más.

Me quedé helada. ¿Cómo podía no entenderlo? Yo, que había crecido en un piso diminuto de Vallecas, compartiendo habitación con mis tres hermanas, siempre soñé con que mi hija tuviera una vida mejor. Y lo había conseguido: un chalet en Pozuelo, vacaciones en la Costa Brava, cenas en restaurantes donde el menú no tiene precios. ¿Cómo podía querer dejar todo eso?

Pero Lucía no era feliz. Lo supe desde hacía tiempo, aunque nunca quise admitirlo. Álvaro era un hombre correcto, educado, siempre atento en público. Pero en casa… en casa era otra cosa. No gritaba ni pegaba, pero su indiferencia era como una losa fría sobre el pecho de mi hija. La trataba como a un mueble caro: algo que se exhibe, pero no se toca.

—¿Y qué vas a hacer? —le pregunté, casi suplicando—. ¿Volver a vivir conmigo? ¿Buscar trabajo con treinta y cinco años y un currículum vacío? ¿Dejar a tus hijos sin padre?

Ella bajó la mirada y se abrazó a sí misma. —Prefiero eso antes que seguir sintiéndome invisible.

Me senté en el sofá y me llevé las manos a la cara. Recordé mi propia juventud, cuando mi madre me decía que aguantara a mi padre porque «los hombres son así» y «mejor mala conocida que buena por conocer». Pero yo no quería eso para Lucía. O sí. No lo sé.

El dinero lo cambia todo. Cuando Lucía empezó a salir con Álvaro, todos en la familia decían que había tenido suerte. «Ha pescado un buen partido», decían mis amigas en el mercado mientras comprábamos fruta. Yo asentía, orgullosa y aliviada: mi hija nunca pasaría hambre ni tendría que limpiar casas como yo.

Pero nadie veía las noches en las que Lucía me llamaba llorando porque Álvaro llegaba tarde y ni siquiera le preguntaba cómo estaba. Nadie sabía que sus hijos apenas veían a su padre y que ella se sentía sola incluso rodeada de lujos.

—Mamá, necesito tu apoyo —me dijo entonces—. No quiero tu dinero ni tu casa. Solo quiero saber que no estoy loca por querer ser feliz.

Me dolió escucharla. Porque en el fondo yo también tenía miedo: miedo de que Lucía fracasara, de que la sociedad la juzgara, de que sus hijos sufrieran. Miedo de que todo por lo que había luchado no sirviera para nada.

—La vida no es tan fácil como crees —le dije, intentando sonar firme—. El mundo real es duro. ¿De verdad quieres renunciar a todo esto?

Ella asintió sin dudarlo. —Prefiero vivir con menos y sentirme viva.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama pensando en mi propia madre, en las mujeres de mi generación, en todas las veces que nos tragamos las lágrimas por miedo al qué dirán. Pensé en mis nietos, en cómo les afectaría el divorcio, en los comentarios de los vecinos del barrio residencial donde vivían.

Al día siguiente fui a ver a Lucía a su casa. Álvaro estaba trabajando —como siempre— y los niños estaban en el colegio privado al que tanto nos costó conseguirles plaza. Lucía estaba sentada en la cocina, mirando por la ventana con una taza de café frío entre las manos.

—¿Sabes? —le dije sentándome a su lado— Cuando eras pequeña y te caías, siempre te levantabas sola. Pero yo siempre estaba cerca por si necesitabas ayuda.

Ella me miró sorprendida.

—No sé si haces bien o mal dejando a Álvaro —continué—. Pero sé que eres valiente por intentarlo.

Lucía sonrió por primera vez en semanas y me abrazó fuerte.

Los días siguientes fueron un torbellino: abogados, reuniones con el colegio, llamadas de familiares opinando sin saber nada. Mi hermana Carmen me llamó indignada: «¿Pero cómo permites esto? ¡Va a perderlo todo!» Mi cuñado Paco sentenció: «Las mujeres de hoy no aguantan nada».

Pero yo veía a Lucía más ligera cada día, como si se quitara un peso enorme de encima. Empezó a buscar trabajo —algo sencillo al principio: dar clases particulares de inglés a niños del barrio— y poco a poco recuperó la sonrisa.

Álvaro intentó convencerla de quedarse con promesas vacías y regalos caros, pero Lucía ya había tomado una decisión. Los niños lloraron al principio, pero pronto se adaptaron a la nueva rutina entre dos casas.

Hoy, meses después, sigo teniendo dudas. A veces me despierto pensando si hice bien apoyando a mi hija o si debería haber insistido más en que aguantara por el bien de la familia. Pero cuando veo a Lucía reírse con sus hijos en el parque o contarme sus pequeños logros laborales, siento que quizá la felicidad no está donde yo pensaba.

¿De verdad vale la pena sacrificar la paz interior por mantener las apariencias? ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas en jaulas de oro por miedo al qué dirán? Me gustaría saber qué pensáis vosotros.