“Sí, fui yo quien pidió el divorcio. Quiero vivir mi propia vida”: La confesión de Carmen a su hija Lucía a los 60 años

—¿De verdad vas a dejarlo, mamá? —La voz de Lucía retumba en la cocina, entre el olor a café recién hecho y el eco de los platos sin fregar que, como siempre, esperan mi mano.

Me quedo quieta, con la taza temblando entre los dedos. Miro por la ventana: la lluvia golpea los cristales, y por un instante, me veo reflejada en ellos. Una mujer de sesenta años, con el pelo encanecido y las manos agrietadas de tanto fregar, limpiar y cuidar. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me preguntó cómo estaba yo?

—Sí, Lucía. Voy a dejarlo —respondo, intentando que mi voz no tiemble—. No puedo más.

Lucía se sienta frente a mí, los ojos abiertos como platos. Sé que para ella esto es un terremoto. Pero para mí… para mí es la única salida.

—Pero mamá, ¿y papá? ¿Qué va a hacer sin ti? —insiste.

—No lo sé —respondo—. Pero esa pregunta me la llevo haciendo yo toda la vida: ¿qué haría yo sin él? Y ahora quiero averiguarlo.

Mi historia no es diferente a la de tantas mujeres españolas de mi generación. Me llamo Carmen, y nací en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha. Me casé con Antonio cuando tenía veintidós años. Era guapo, trabajador y tenía una sonrisa que me hacía olvidar el mundo. Pronto llegaron los hijos: primero Lucía, luego Marcos. Dejé mi trabajo en la tienda del pueblo para dedicarme a la casa y a la familia. «Así debe ser», decían mis padres. «Una mujer debe cuidar de los suyos».

Durante años, mi vida fue un ciclo interminable de comidas, lavadoras y deberes escolares. Antonio trabajaba en la fábrica y llegaba cansado. Yo lo entendía. Pero nunca pensé que ese cansancio sería una excusa para no mover un dedo en casa. «Eso es cosa tuya», decía cuando le pedía ayuda para poner la mesa o sacar la basura.

Al principio no me importaba. Me sentía útil, necesaria. Pero los años pasaron y los niños crecieron. Lucía se fue a estudiar a Madrid; Marcos encontró trabajo en Valencia. La casa se fue quedando vacía, pero las tareas seguían ahí. Y Antonio… Antonio seguía esperando su plato caliente y su camisa planchada.

Recuerdo una tarde de invierno, hace apenas unos meses. Estaba agotada después de limpiar toda la casa y hacer la compra bajo la lluvia. Llegué empapada y él ni siquiera levantó la vista del televisor.

—¿Qué hay de cenar? —preguntó.

Sentí una rabia sorda subiéndome por el pecho. ¿Eso era todo? ¿Eso era mi vida?

Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando el techo, preguntándome en qué momento dejé de ser Carmen para convertirme solo en «la mujer de Antonio».

Empecé a salir más. A tomar café con las vecinas, a apuntarme a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Descubrí que aún podía reírme, que aún podía aprender cosas nuevas. Y sobre todo, descubrí que no quería pasar el resto de mis días recogiendo calcetines ajenos del suelo.

Cuando le dije a Antonio que quería separarme, no lo entendió.

—¿Pero qué te falta? —me preguntó—. Tienes tu casa, tus hijos…

—Me falto yo —le respondí—. Me he perdido por el camino.

La noticia cayó como una bomba en la familia. Mi hermana Pilar me llamó llorando: «¿Pero cómo vas a estar sola con tu edad?» Mi madre me reprochó: «Eso no se hace después de tantos años». Incluso Marcos me escribió un mensaje frío: «No entiendo nada, mamá».

Pero Lucía… Lucía fue la que más me dolió.

—¿Y si te arrepientes? —me pregunta ahora, con los ojos llenos de miedo.

—Prefiero arrepentirme de intentarlo que seguir lamentándome toda la vida —le digo.

No ha sido fácil. Antonio se ha encerrado en sí mismo; apenas me habla. Los vecinos cuchichean cuando me ven salir sola al mercado o sentarme en un banco del parque con mi cuaderno de dibujo. Pero cada día siento menos miedo y más alivio.

He aprendido a cocinar solo para mí, a dormir en una cama grande sin sentirme pequeña. He aprendido que no necesito permiso para ser feliz.

A veces me siento egoísta. Otras veces me siento valiente. Pero sobre todo me siento viva.

Hoy he firmado los papeles del divorcio. Cuando he salido del juzgado, el cielo estaba gris pero yo sentía el sol dentro del pecho.

Lucía me abraza antes de irse:

—Te quiero, mamá —susurra—. Solo quiero verte feliz.

Le sonrío con lágrimas en los ojos.

¿No es eso lo que todas buscamos al final? ¿Un poco de felicidad propia? ¿Cuántas mujeres siguen esperando permiso para vivir su vida?