Un Encuentro en la Parada: El Valor de la Familia y la Solidaridad
—¡Joder, Mateo, otra vez se retrasa el autobús!— mascullé entre dientes, apretando a mi hijo contra mi pecho mientras el viento helado de enero me calaba hasta los huesos. El pequeño lloriqueaba, inquieto por el frío y el ruido de los coches que pasaban de largo. Miré el reloj por quinta vez en diez minutos. Las seis y media. En Madrid, a esa hora ya casi era de noche.
No podía evitar pensar en Valeria. Hace tres meses que se fue y todavía no me acostumbro a este vacío. Todo lo hago por inercia: preparar el biberón, cambiar pañales, salir corriendo del trabajo para recoger al niño en la guardería. Y ahora, aquí, esperando un autobús que parece que nunca llega.
De repente, escuché una tos seca a mi derecha. Me giré y vi a una pareja de ancianos sentados en el banco de la parada. Ella llevaba un abrigo marrón gastado y un pañuelo azul atado a la cabeza; él, una boina y un bastón que parecía tan viejo como él mismo. Sus manos entrelazadas temblaban levemente.
—¿Hace mucho que esperan?— pregunté, intentando sonar amable.
La mujer me miró con una sonrisa cansada.—Desde antes de que anocheciera, hijo. El autobús no pasa desde hace más de una hora.
El hombre asintió.—Y con este frío… ya no estamos para estos trotes.
Sentí un nudo en la garganta. Me recordaron a mis abuelos, que vivían en un pueblito de Castilla y siempre decían que Madrid era demasiado grande y solitaria para los viejos.
Mateo empezó a llorar más fuerte. La mujer se inclinó hacia mí.—¿Quieres que te ayude?— preguntó con ternura.
—No se preocupe, señora. Es que echa mucho de menos a su madre…— respondí, sintiendo cómo se me humedecían los ojos.
El hombre me miró fijamente.—La vida da muchas vueltas, chaval. Nosotros también perdimos a nuestro hijo hace años. Desde entonces, nos tenemos el uno al otro… y poco más.
Me quedé callado. No sabía qué decir. El silencio se hizo pesado hasta que la mujer rompió el hielo:
—¿Sabes? Cuando éramos jóvenes, las familias eran grandes y todos se ayudaban. Ahora parece que cada uno va a lo suyo.
Asentí. Tenía razón. En Madrid todo el mundo corre, nadie mira a nadie. Pero ahí estábamos los tres —bueno, cuatro— compartiendo ese momento de soledad.
De pronto, vi que el autobús se acercaba… pero pasó de largo sin detenerse. La pareja suspiró resignada.
—Esto es el colmo— solté, frustrado.
Miré a los ancianos y tomé una decisión impulsiva.—¿Por qué no vienen conmigo? Vivo cerca, podemos tomar algo caliente y llamar a un taxi desde casa. No es mucho, pero al menos estarán a resguardo.
La mujer dudó.—No queremos molestar…
—Por favor— insistí—. Mi casa está vacía desde que se fue Valeria. Un poco de compañía nos vendrá bien a todos.
El hombre sonrió por primera vez.—Gracias, hijo. No todo el mundo haría esto hoy en día.
Caminamos juntos hasta mi piso. Les preparé un café y unas tostadas con aceite y tomate —como hacía mi abuela— mientras Mateo dormía plácidamente en su cuna improvisada en el salón. Hablamos durante horas: de sus años en Extremadura, de la guerra, de sus nietos que vivían lejos…
Cuando llegó el taxi, la mujer me abrazó.—Gracias por devolvernos la fe en la gente joven.
El hombre me apretó la mano.—Hoy has hecho más por nosotros que muchos familiares en años.
Me quedé solo en el salón, mirando a Mateo dormir. Pensé en lo fácil que es encerrarse en el dolor propio y olvidar que hay otros sufriendo igual o más que uno mismo.
¿Será que hemos perdido la costumbre de ayudarnos? ¿O simplemente necesitamos recordar que todos necesitamos un poco de calor humano alguna vez?