El arresto inesperado: Una red de corrupción en el corazón de Madrid
—¿De verdad vas a hacerlo, Lucía? —La voz de mi compañero Javier retumbó en la sala, mezclando incredulidad y miedo—. ¿Sabes lo que significa arrestar a un juez en directo? ¿En España?
No le respondí. Tenía el corazón en un puño y las manos sudorosas. Miré la pantalla: la cámara del telediario ya estaba enfocando la entrada del juzgado de Plaza Castilla. Afuera, los periodistas se agolpaban como buitres hambrientos. Mi madre siempre decía que en España todo se sabe, pero nadie hace nada. Hoy iba a demostrarle que estaba equivocada.
El juez Tomás entró en la sala con su habitual aire de superioridad, saludando con un leve gesto de cabeza. Nadie sospechaba nada. Nadie, salvo yo y mi equipo. Llevábamos meses investigando filtraciones, sentencias amañadas, transferencias sospechosas a cuentas en Andorra y Suiza. Pero lo que descubrimos anoche superaba cualquier película de sobremesa: una red de favores que implicaba a políticos, empresarios y hasta algún futbolista famoso.
—Lucía, ¿estás lista? —me susurró Javier mientras ajustaba el pinganillo.
—Más que nunca —contesté, aunque por dentro temblaba como un flan.
Entré en la sala con paso firme. El juez me miró con desdén.
—¿Qué hace usted aquí, inspectora? —preguntó, sin molestarse en disimular su fastidio.
—Vengo a detenerle, señoría —dije alto y claro, para que todos lo oyeran—. Está usted acusado de prevaricación, cohecho y pertenencia a organización criminal.
Un murmullo recorrió la sala como una ola. Los abogados se miraron entre sí, algunos con miedo, otros con alivio. El juez palideció.
—Esto es un disparate —balbuceó—. No sabe con quién se está metiendo.
—Lo sé perfectamente —le respondí—. Y no estoy sola.
En ese momento, las cámaras captaron su rostro desencajado. España entera vio cómo le ponía las esposas. Mi móvil vibró: era mi madre.
—¡Lucía! ¿Pero qué has hecho? ¿Quieres que nos echen del barrio? —gritó al otro lado del teléfono.
—Mamá, tenía que hacerlo. No podía mirar para otro lado —le contesté, conteniendo las lágrimas.
Esa noche no dormí. Los mensajes no paraban: compañeros felicitándome en privado, conocidos advirtiéndome que tuviera cuidado, familiares preocupados por nuestra seguridad. En el telediario decían que era «la operación más valiente de la década». Pero yo solo sentía miedo y una soledad infinita.
A los pocos días empezaron las amenazas veladas: llamadas anónimas, coches desconocidos aparcados frente a mi portal, miradas esquivas en el supermercado. Mi padre me abrazó fuerte una tarde y me susurró al oído:
—Hija, en este país los valientes acaban pagando caro. Pero estoy orgulloso de ti.
La investigación destapó una red tan extensa que ni siquiera los más pesimistas podían imaginarlo. Había nombres conocidos y otros que nadie esperaba. España entera se dividió: unos pedían justicia, otros decían que era mejor no remover el pasado. En los bares se discutía a gritos; en las casas se bajaba la voz cuando salía mi nombre en la tele.
Una tarde, mientras paseaba por el Retiro para despejarme la cabeza, me encontré con una señora mayor que me reconoció.
—Gracias por tener narices —me dijo—. Ojalá hubiera más como tú.
Sonreí por primera vez en semanas. Pero al llegar a casa y ver a mi familia preocupada, me pregunté si realmente había hecho lo correcto.
¿De verdad podemos cambiar algo en este país o el poder siempre encuentra la manera de protegerse? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por la justicia? ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?