Cuando tu propia hija te olvida: mi confesión de una madre española
—Mamá, ¿me puedes hacer una transferencia? Es urgente, de verdad.
La voz de Lucía suena lejana, como si viniera desde otra dimensión. Estoy sentada en la cocina, con la taza de café temblando entre mis manos. Miro el móvil, veo su nombre en la pantalla y el corazón me da un vuelco. Pero ya no es por alegría, sino por ese dolor sordo que me acompaña desde hace años.
—Claro, hija —respondo, intentando que no se note la grieta en mi voz—. ¿Cuánto necesitas?
—Cien euros. Te los devuelvo en cuanto cobre, lo prometo. —Su tono es rápido, impaciente. Sé que tiene prisa, que está en la calle o en el metro, y que esta llamada es solo un trámite más en su día.
—No te preocupes. ¿Cómo estás? ¿Has comido algo hoy?
Silencio. Oigo el bullicio de fondo, risas y motores. Luego, un suspiro.
—Sí, mamá, todo bien. Te dejo, que llego tarde. Gracias, ¿vale? Te quiero.
Cuelga antes de que pueda decirle que la echo de menos.
Me quedo mirando la pantalla negra del móvil. Hace años, Lucía y yo éramos inseparables. Recuerdo las tardes en el parque del Retiro, los paseos por la Gran Vía, las confidencias en la cocina mientras preparábamos tortilla de patatas. Ahora, solo soy una voz al otro lado del teléfono, una cuenta bancaria a la que recurrir cuando hay apuros.
No sé cuándo empezó a cambiar todo. Quizá fue cuando murió su padre, Antonio. La casa se llenó de silencios y cada una buscó refugio en su propio dolor. Yo intenté ser fuerte por las dos, pero Lucía se encerró en sí misma y luego se marchó a estudiar a Barcelona. Desde entonces, nuestras conversaciones se han ido reduciendo a mensajes esporádicos y llamadas urgentes.
A veces me pregunto si hice algo mal. Si fui demasiado protectora o demasiado exigente. Si debí haberle dejado más espacio o haber insistido más en acercarnos. Pero las respuestas nunca llegan y el tiempo solo añade más distancia.
El otro día fui a casa de mi hermana Carmen para distraerme un poco. Ella tiene dos hijos pequeños y la casa siempre está llena de ruido y vida.
—¿Y Lucía? —me preguntó Carmen mientras preparábamos café.
—Bien… —dije, dudando—. Trabaja mucho y está ocupada.
Carmen me miró con esa mezcla de compasión y preocupación que tanto detesto.
—¿Te llama a menudo?
Negué con la cabeza.
—Solo cuando necesita algo.
Carmen suspiró.
—No eres la única, Mercedes. A mí también me pasa con Laura. Estos chicos viven pegados al móvil pero cada vez están más lejos de nosotros.
Me sentí menos sola al escucharla, pero también más triste. ¿Será verdad que toda una generación de madres estamos perdiendo a nuestros hijos por culpa de las pantallas y la prisa?
Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui al salón, donde aún cuelga una foto de Lucía con seis años, disfrazada de princesa en su cumpleaños. Me senté frente a ella y le hablé en voz baja:
—¿Dónde estás, Lucía? ¿En qué momento dejaste de necesitarme para todo salvo para el dinero?
Las lágrimas me sorprendieron, calientes y amargas. Me sentí ridícula llorando sola en mitad de la noche, pero no pude evitarlo.
Al día siguiente decidí escribirle un mensaje largo. No para pedirle nada, sino para contarle cómo me siento:
“Hola cariño. Solo quería decirte que te echo mucho de menos. Sé que tienes tu vida y tus problemas, pero a veces me gustaría saber cómo estás sin tener que preguntártelo siempre yo. Si alguna vez necesitas hablar o simplemente estar conmigo sin motivo, aquí estoy.”
No contestó hasta dos días después:
“Lo siento mamá, estoy a tope con el trabajo y los amigos. Te llamo pronto.”
No hubo llamada.
Pasaron semanas iguales: mensajes cortos, transferencias bancarias, silencios largos. Empecé a salir más con mis amigas del barrio para no pensar tanto en Lucía. Fuimos al cine, a tomar cañas a la plaza Mayor… Pero nada llenaba ese vacío.
Un domingo cualquiera decidí ir a Barcelona sin avisar. Cogí el AVE y llegué a su piso al mediodía. Toqué el timbre con el corazón desbocado.
—¿Mamá? ¿Qué haces aquí? —Lucía abrió la puerta con cara de sorpresa y algo de fastidio.
—Quería verte —dije simplemente—. Hace meses que no hablamos de verdad.
Entré en su piso pequeño y desordenado. Había ropa por todas partes y platos sin fregar en la cocina. Me senté en el sofá mientras ella recogía deprisa.
—Podrías haber avisado… —murmuró.
—Si te aviso me pones excusas —respondí sin poder evitarlo.
Se hizo un silencio incómodo.
—¿Por qué has venido realmente?
La miré a los ojos y sentí que se me rompía algo por dentro.
—Porque te echo de menos, Lucía. Porque siento que ya no soy tu madre sino tu banco personal. Porque necesito saber si aún hay sitio para mí en tu vida.
Ella bajó la mirada y durante un instante vi a mi niña pequeña detrás de esa fachada adulta.
—Mamá… No sé qué decirte —susurró—. No es fácil para mí tampoco. A veces siento que si te cuento mis problemas te voy a preocupar más… Y otras veces simplemente no tengo fuerzas para nada.
Me acerqué y la abracé fuerte. Noté cómo temblaba entre mis brazos.
—Solo quiero estar contigo —le dije—. No hace falta que me cuentes todo ni que seas perfecta. Solo quiero saber que seguimos siendo madre e hija.
Lloramos juntas un rato largo, como si quisiéramos recuperar todos los abrazos perdidos.
Esa tarde paseamos por Barcelona como antes hacíamos por Madrid: hablando poco pero sintiéndonos cerca otra vez. No resolvimos todos nuestros problemas, pero al menos abrimos una puerta para volver a encontrarnos.
Ahora sé que la distancia no siempre es culpa de uno solo; a veces la vida nos arrastra sin darnos cuenta. Pero también sé que nunca es tarde para intentar recuperar lo perdido.
¿Os ha pasado algo parecido con vuestros hijos o padres? ¿Cómo habéis conseguido volver a acercaros cuando parecía imposible?