La noche en que me atreví a vivir: La historia de Lucía de Madrid
—¡No eres nadie sin mí, Lucía! —gritó Sergio, su voz retumbando en las paredes del pequeño piso de Lavapiés. Yo, con las manos temblorosas y el corazón encogido, miré la taza de café rota en el suelo. Era la tercera vez esa semana que discutíamos, pero esta vez algo dentro de mí se quebró definitivamente.
Recuerdo cómo me sentí invisible, como si mi existencia dependiera de su aprobación. Llevábamos juntos casi diez años. Al principio, Sergio era atento, cariñoso, incluso divertido. Pero poco a poco, su amor se fue tornando en control, sus bromas en humillaciones y sus caricias en ausencias. Mis amigas —Carmen y Pilar— me lo decían: “Lucía, no es normal que te revise el móvil o que te haga sentir culpable por salir con nosotras”. Yo siempre encontraba excusas: “Está estresado por el trabajo”, “No quiere perderme porque me quiere mucho”.
Esa noche, después de la discusión, me encerré en el baño. Me miré al espejo y apenas reconocí a la mujer que tenía delante: ojeras profundas, mirada apagada, la piel marcada por el insomnio y la ansiedad. Recordé a mi madre, Mercedes, diciéndome de pequeña: “Lucía, nunca dejes que nadie apague tu luz”. ¿En qué momento permití que mi luz se extinguiera?
Al día siguiente, fui a trabajar como si nada. Soy profesora de literatura en un instituto público del centro de Madrid. Mis alumnos notaban mi tristeza, aunque yo intentaba disimularla con sonrisas forzadas y frases hechas. Una tarde, mientras corregía exámenes en la sala de profesores, Carmen se acercó y me susurró:
—¿Hasta cuándo vas a aguantar esto? No eres la misma desde hace años.
Me eché a llorar. No pude más. Carmen me abrazó fuerte y me dijo:
—No estás sola. Si necesitas un sitio donde quedarte, mi casa es tuya.
Esa noche volví a casa y encontré a Sergio bebiendo en el salón. Me miró con desprecio y soltó:
—¿Otra vez llorando? Eres una exagerada. Nadie te va a querer como yo.
Algo se encendió dentro de mí. Por primera vez en años, sentí rabia en vez de miedo. Fui a la habitación, metí cuatro cosas en una mochila y salí sin mirar atrás. Bajé las escaleras corriendo, con el corazón desbocado y las lágrimas nublándome la vista.
Dormí en casa de Carmen esa noche. Me sentía culpable, rota, pero también extrañamente ligera. Al día siguiente llamé a mi madre. No le había contado nada por miedo a preocuparla.
—Mamá… he dejado a Sergio.
Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Luego escuché su voz temblorosa:
—Hija mía… ya era hora. Ven a casa cuando quieras.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones: miedo, alivio, tristeza, esperanza. Sergio me llamaba insistentemente, me enviaba mensajes suplicando perdón y luego insultándome por no contestar. Cambié de número y bloqueé sus redes sociales.
Mi padre, Antonio, al principio no entendía mi decisión:
—¿Y si te arrepientes? ¿Y si te quedas sola?
Pero mi hermana pequeña, Marta, fue mi mayor apoyo:
—Lucía, prefiero verte sola y feliz que acompañada y destruida.
Poco a poco fui recuperando mi vida. Volví a quedar con mis amigas los viernes por la tarde en la Plaza Mayor, retomé mis clases de yoga y empecé terapia psicológica. Al principio me sentía vacía; después entendí que ese vacío era espacio para llenarme de cosas nuevas.
Un día, mientras paseaba por el Retiro con Carmen y Pilar, les confesé:
—Pensé que no sería capaz… pero ahora siento que he vuelto a nacer.
Carmen sonrió y me apretó la mano:
—Siempre has sido fuerte, Lucía. Solo necesitabas recordarlo.
Hoy han pasado dos años desde aquella noche. Sigo viviendo sola en un pequeño piso cerca del instituto. He aprendido a disfrutar de mi propia compañía: leo novelas hasta tarde, cocino para mí misma sin prisas y he vuelto a escribir poesía —algo que Sergio siempre ridiculizaba.
A veces me encuentro con mujeres que atraviesan situaciones similares. Les digo lo mismo que me hubiera gustado escuchar: “No estás sola. Mereces ser feliz”.
Aún tengo días malos; la herida no ha desaparecido del todo. Pero ahora sé que la valentía no es ausencia de miedo, sino actuar a pesar de él.
Me pregunto… ¿Cuántas Lucías habrá ahora mismo mirando su reflejo sin reconocerse? ¿Cuántas se atreverán a dar el paso? ¿De verdad solo aprendemos a ser valientes cuando nos duele demasiado?