Mi hija volvió tras el divorcio: ¿ayuda o abuso?

—Mamá, ¿puedes recoger a Sofía del colegio hoy también?— La voz de Lucía, mi hija, sonó cansada pero firme al otro lado del teléfono. Miré el reloj: las once de la mañana. Había planeado ir al mercado, comprar pescado fresco y sentarme a leer en la terraza, pero el plan se desvaneció como tantas veces en los últimos meses.

Hace un año, cuando Lucía volvió a casa tras su divorcio, pensé que era lo natural: una madre siempre ayuda a sus hijos. Ella llegó con Sofía, mi nieta de cinco años, y una maleta llena de ropa y silencios. El marido la había engañado con una compañera de trabajo y, tras meses de discusiones y lágrimas, Lucía decidió volver al hogar materno. «Solo será un tiempo, mamá, hasta que me recupere y encuentre algo estable», me dijo la primera noche mientras lloraba en la cocina.

Al principio, sentí que recuperaba algo perdido. Volvían las risas infantiles, los dibujos en la nevera, el olor a colonia de niña. Pero pronto la rutina se volvió pesada. Lucía encontró un trabajo temporal en una tienda del centro y sus turnos eran imprevisibles. Yo me convertí en la niñera oficial de Sofía, la cocinera de la casa y, sin darme cuenta, en la patrocinadora de todos los gastos.

—Mamá, ¿puedes adelantarme para el abono transporte? Este mes me han pagado menos—. Lucía evitaba mirarme a los ojos cuando me pedía dinero. Yo asentía y sacaba el monedero, recordando los años en los que yo misma contaba las monedas para llegar a fin de mes.

Mis amigas del club de lectura empezaron a notar mi ausencia. «¿Qué te pasa, Carmen? Ya no vienes ni a las excursiones», me preguntó Pilar una tarde en el portal. No supe qué responder. ¿Cómo explicar que sentía que mi vida se había reducido a ser la sombra de mi hija?

Una noche, mientras preparaba la cena, escuché a Lucía hablando por teléfono en el salón:

—No puedo salir hoy, mamá está cansada y no quiero dejarle a Sofía otra vez… Sí, ya sé que debería buscar piso, pero ahora mismo no puedo—. Su voz era un susurro culpable.

Me senté en la mesa con las manos temblorosas. ¿En qué momento pasé de ser madre a ser cuidadora? ¿Dónde quedó mi derecho al descanso después de tantos años trabajando?

Un domingo por la mañana, mientras recogía los juguetes del suelo, exploté:

—Lucía, esto no puede seguir así. Necesito mi espacio. No puedo ser tu niñera, tu cocinera y tu banco personal toda la vida.

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas:

—¿Me estás echando? ¿Después de todo lo que he pasado?

—No te estoy echando— respondí con voz suave—. Pero tienes que entender que yo también tengo una vida. Que merezco descansar.

Durante días apenas nos hablamos. El ambiente en casa era denso como una tormenta de verano. Sofía me preguntaba por qué su mamá estaba triste y yo solo podía abrazarla fuerte.

Una tarde, mientras paseábamos por el Retiro, Lucía rompió el silencio:

—Lo siento, mamá. No quería cargarte con mis problemas. Es solo que… me siento tan sola.

La abracé y lloramos juntas en un banco del parque. Le propuse buscar ayuda profesional y juntas empezamos a mirar pisos compartidos y ayudas sociales. No fue fácil; hubo más discusiones y silencios incómodos. Pero poco a poco Lucía empezó a recuperar fuerzas y yo aprendí a poner límites.

Hoy, meses después, Lucía ha encontrado un pequeño piso cerca del colegio de Sofía. Nos vemos los fines de semana y disfruto de mi nieta sin sentirme explotada. He vuelto al club de lectura y cada mañana saboreo mi café en silencio.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio de una madre? ¿Cuándo ayudar deja de ser amor y se convierte en renuncia? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?