¿Quién te crees que eres, Lucía?

—¿Pero tú quién te crees que eres, Lucía?— rugió el teniente Ramiro, su voz retumbando en el pequeño despacho de la comandancia de Algeciras. —¿De verdad piensas que alguien aquí va a fiarse de una mora para dirigir el operativo?

Sentí cómo la sangre me subía a la cara. No era la primera vez que escuchaba algo así, pero cada palabra era como una bofetada nueva. Me mordí el labio para no soltarle lo que pensaba. No quería darle el gusto de verme perder los papeles. Afuera, el sol andaluz caía a plomo sobre el patio, y los compañeros evitaban mi mirada, como si mi presencia les diera vergüenza ajena.

—Con todo el respeto, mi padre nació en Ceuta y mi madre en Granada —respondí, con voz firme—. Soy tan española como usted.

Ramiro bufó. —Sí, claro, pero aquí las cosas se hacen como siempre. No te flipes, Lucía. Haz tu trabajo y no des problemas.

Salí del despacho con el corazón encogido. Al pasar junto a la máquina de café, escuché los murmullos: «La mora se cree capitana», «A ver cuánto dura». Me dolía más por mi madre que por mí. Ella siempre decía: «Hija, tú vales mucho, pero aquí hay que ser el doble de buena para que te reconozcan la mitad».

Esa noche, en casa, mi abuela Fátima preparaba té con hierbabuena y dulces de almendra. El aroma me envolvía y me transportaba a los veranos en Tetuán, cuando aún era niña y no entendía por qué algunos niños no querían jugar conmigo en la plaza del pueblo.

—¿Qué te pasa, hija?— preguntó mi madre mientras ponía la mesa.

—Nada, mamá. Lo de siempre —suspiré—. En el cuartel no importa lo que haga; siempre seré «la otra».

Mi abuela me miró con esos ojos sabios y cansados.—No dejes que te quiten la alegría. Tú eres fuerte. Si no te abren la puerta, entra por la ventana.

Al día siguiente, todo cambió. Un aviso urgente: posible atentado en el puerto. El jefe estaba fuera y Ramiro no tenía ni idea de cómo coordinar la operación. Nadie se atrevía a tomar decisiones. Yo conocía bien la zona y las rutas habituales del contrabando; había pasado años patrullando esos muelles.

Me acerqué al grupo.—Hay que cortar las salidas por la carretera vieja y avisar a los del GEAS para que revisen los barcos pequeños —dije con seguridad—. Si esperamos refuerzos, será tarde.

Ramiro me miró con desprecio.—¿Y tú qué sabes? ¿Te crees más lista que nosotros?

No respondí. Cogí el walkie y di las órdenes. Algunos dudaron, pero otros me siguieron. En menos de media hora teníamos controlada la situación y detuvimos a los sospechosos antes de que pudieran escapar.

Cuando llegó el jefe, todo estaba bajo control. Ramiro intentó llevarse el mérito, pero los compañeros hablaron claro: fue Lucía quien salvó el día.

Esa tarde recibí una llamada inesperada del Ministerio del Interior. Querían felicitarme personalmente y proponerme para un curso especial en Madrid. Por primera vez sentí que mi esfuerzo valía algo más que miradas torcidas.

En casa celebramos con tortilla de patatas y música flamenca mezclada con rai argelino. Mi padre lloró de orgullo; mi madre me abrazó fuerte y mi abuela sonrió en silencio.

Pero aún así, al mirar mi reflejo en la ventana esa noche, no pude evitar preguntarme: ¿Cuánto más tendré que demostrar para ser vista como una más? ¿Cuándo dejarán de juzgarme por mi piel o mi apellido y empezarán a ver lo que realmente soy?

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tienes que luchar el doble solo para ser aceptado?