Tres días de silencio: la llamada que nunca esperé de mi hija

—No pienso llamarla yo, Carmen. Si quiere hablar, que sea ella la que dé el primer paso —me repetía a mí misma, paseando por el pasillo del piso, con el móvil en la mano y el corazón encogido. El reloj marcaba las once de la noche y, por tercera vez ese día, veía el nombre de Lucía parpadear en la pantalla. Mi hija. Mi única hija. Y yo, incapaz de contestar.

Todo empezó aquel domingo en casa de mi madre, en Salamanca. La comida familiar, como siempre, terminó en discusión. Lucía me reprochó, delante de todos, que nunca la había apoyado en su decisión de dejar Derecho para estudiar Bellas Artes. «Nunca te ha importado lo que yo quiero, solo te importa lo que dirán tus amigas del club de lectura», me lanzó con los ojos llenos de lágrimas y rabia. Yo, herida en mi orgullo y sin saber cómo reaccionar, le respondí con palabras aún más duras: «Cuando seas madre, entenderás lo que es preocuparse por el futuro de un hijo».

El silencio cayó sobre la mesa como una losa. Mi madre miró su plato, mi hermano Sergio se levantó para fumar y Lucía salió dando un portazo. Desde entonces, tres días de silencio absoluto. Tres días en los que cada rincón de la casa me recordaba a ella: la taza con restos de café frío, su bufanda olvidada en el perchero, los dibujos pegados en la nevera desde que era niña.

—¿Por qué no le contestas? —me preguntó mi amiga Pilar por WhatsApp—. No sabes lo que puede pasar mañana.

Pero yo seguía encerrada en mi orgullo. «Que aprenda a respetarme», pensaba. «Que vea que no siempre puede salirse con la suya». Pero cada noche, al apagar la luz, sentía un vacío tan grande que apenas podía dormir.

El tercer día, mientras preparaba una tortilla para cenar, escuché el timbre. Me quedé paralizada. Nadie venía a verme sin avisar. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla: era Lucía, con los ojos rojos y una bolsa en la mano.

Abrí despacio.

—¿Puedo pasar? —me preguntó con voz temblorosa.

Asentí sin decir nada y se sentó en el sofá, abrazando la bolsa como si fuera un salvavidas.

—Mamá… —empezó—. No quiero seguir así. No quiero perderte por una discusión absurda.

Me senté a su lado y sentí cómo las lágrimas me subían a los ojos. Durante unos segundos no dijimos nada. Solo nos miramos, reconociendo el dolor y el amor en la otra.

—Yo tampoco quiero perderte —susurré al fin—. Pero me duele que pienses que no te apoyo. Solo tengo miedo… miedo de que sufras, de que te falte algo…

Lucía sacó un cuaderno de la bolsa y me lo tendió.

—Mira, mamá. Son mis dibujos del último año. Sé que no es Derecho, pero es lo único que me hace feliz.

Pasé las páginas con manos temblorosas: retratos llenos de vida, paisajes urbanos de Madrid, autorretratos donde reconocí su tristeza y su esperanza. Sentí una punzada de culpa tan fuerte que apenas podía hablar.

—Eres increíble —le dije al fin—. Y siento no habértelo dicho antes.

Nos abrazamos largo rato, llorando las dos como niñas pequeñas. El orgullo se deshizo entre lágrimas y palabras sinceras.

Esa noche cenamos juntas en silencio, pero era un silencio distinto: uno lleno de paz y reconciliación. Antes de irse, Lucía me miró a los ojos:

—¿Me prometes que intentarás entenderme?

—Te lo prometo —le respondí—. Y tú… ¿me prometes que nunca dejarás de buscarme cuando me necesites?

Asintió y se fue con una sonrisa tímida.

Ahora escribo esto sentada en el mismo sofá donde nos reconciliamos. Pienso en todo lo que podría haber perdido por no dar mi brazo a torcer antes. ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos robe lo más importante? ¿De verdad merece la pena ganar una discusión si eso significa perder a quien más queremos?