La verdad entre las sombras de mi hogar
—¡¿Pero qué demonios es esto?! —grité, con la voz temblorosa y el corazón a punto de salirse del pecho. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del vestidor, llenando la casa de una tensión que podía cortarse con cuchillo. Allí, bajo la tenue luz del pasillo, mis manos temblorosas sostenían el sujetador de Ana, la joven que desde hace meses nos ayuda con la limpieza. Dentro, como si fuera un secreto envuelto con mimo, estaba la ropa interior de mi marido, Javier.
No podía creerlo. Sentí cómo la rabia me subía por la garganta, mezclada con una tristeza tan profunda que me dolía hasta respirar. ¿Cómo podía ser? ¿En mi propia casa, bajo mi propio techo? Me vinieron a la cabeza todas esas veces que Ana había sonreído tímidamente, que Javier había dicho que ella era «muy apañada» y que yo, por no parecer celosa, había callado mis dudas.
Bajé las escaleras casi sin sentir los pies, con el corazón palpitando como un tambor de Semana Santa. Ana estaba en la cocina, fregando los platos de la cena. Me acerqué a ella, sujetando la prueba de la traición como si fuera un arma.
—¿Me puedes explicar esto? —le espeté, alzando la voz más de lo que jamás me había permitido. Ana se giró, pálida, con los ojos abiertos como platos.
—Señora Valeria, yo… no sé de qué me habla… —balbuceó, pero no la dejé terminar. La rabia me cegó. Sin pensarlo, le di una bofetada. El sonido seco resonó en la cocina, y Ana se llevó la mano a la mejilla, temblando.
—¡Fuera de mi casa! —le grité, señalando la puerta. —¡Y no vuelvas nunca más!
Ana salió corriendo, con lágrimas en los ojos, dejando tras de sí una estela de frío que se coló en el alma de la casa. Cerré la puerta de un portazo y me quedé sola, con el pecho agitado y la mente hecha un torbellino.
Javier llegó tarde esa noche, como casi siempre últimamente. Cuando entró, le lancé la ropa interior a la cara.
—¿Me vas a decir qué significa esto? —le pregunté, con la voz rota. Javier me miró, primero confundido, luego cansado.
—Valeria, no sé de dónde has sacado eso, pero te juro que no tengo nada que ver con Ana. —Su voz sonaba sincera, pero yo ya no podía escuchar razones. El dolor era demasiado grande.
Me encerré en el dormitorio, abrazando la almohada mientras las lágrimas me empapaban la cara. Recordé a mi madre, que siempre decía: «En esta vida, hija, hay que tener los ojos bien abiertos, pero el corazón aún más». ¿Había visto lo que realmente era, o mis miedos me habían jugado una mala pasada?
Pasaron los días y la casa se volvió un lugar frío, lleno de silencios y miradas esquivas. Javier intentaba hablar conmigo, pero yo no podía mirarle sin sentir una punzada de dolor. Mis amigas del club de lectura notaron mi tristeza, pero no me atreví a contarles nada. En los pueblos pequeños, los rumores vuelan más rápido que el viento de Levante.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, vi a la madre de Ana en la plaza. Me miró con desprecio y susurró algo a su vecina. Sentí una punzada de culpa, pero la rabia aún era más fuerte. ¿Y si de verdad me habían traicionado? ¿Y si todo el mundo lo sabía menos yo?
Unos días después, recibí una carta de Ana. La abrí con manos temblorosas. Decía que no entendía por qué la había acusado, que jamás se atrevería a hacerme daño y que la ropa interior la había encontrado en la cesta de la colada, mezclada por error. Que había intentado preguntarme, pero que yo siempre estaba ocupada o de mal humor. Sentí un nudo en la garganta. ¿Y si todo había sido un malentendido?
Esa noche, miré a Javier mientras dormía. Parecía tan tranquilo, tan ajeno a mi tormenta interna. Me pregunté si alguna vez volvería a confiar en él, o en mí misma. ¿Cuántas veces dejamos que nuestros miedos nos cieguen y nos hagan cometer errores irreparables?
Ahora, mientras escribo estas líneas, me pregunto: ¿Cuántas veces el orgullo y la desconfianza nos arrebatan lo que más queremos? ¿Y si hubiera escuchado antes, en vez de dejarme llevar por la rabia? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?