Volví antes de tiempo… y descubrí la verdad sobre la mujer que me crió
—¡No me lo puedo creer! —pensé mientras el ascensor subía, cada número iluminándose como una cuenta atrás hacia algo que no sabía si quería descubrir. Había adelantado mi vuelo desde Barcelona porque algo en el pecho me apretaba, una corazonada que no me dejaba en paz. El penthouse en la Castellana estaba en silencio, demasiado para una tarde de viernes. Cuando la puerta se abrió, el eco de una voz temblorosa me heló la sangre.
—Por favor, no me grites más… —era la voz de Dalia, la mujer que me crió desde que mi madre murió. Ella, que me enseñó a atarme los cordones y a distinguir el gazpacho bueno del malo, estaba allí, encogida junto a la cocina, mientras Lucía, mi pareja, y Sergio, mi socio, la miraban con desprecio.
—¡Si no sabes ni limpiar bien una copa! ¿Para esto te pagamos? —escupió Lucía, con ese tono que nunca le había oído usar. Sergio, con una copa de vino en la mano, soltó una carcajada seca.
—Déjala, Lucía, que ya está mayor. Lo que pasa es que se le ha acabado el cuento —añadió, y el corazón se me partió en dos.
No pude moverme. Sentí rabia, vergüenza y una tristeza tan profunda que me costó respirar. ¿Cómo era posible que en mi propia casa, la mujer que me había dado cariño y consuelo, recibiera ese trato? Recordé los veranos en el pueblo de Dalia, en Extremadura, cuando me llevaba a la feria y me compraba churros con chocolate. Ella me arropaba por las noches y me contaba historias de cuando era niña, de la posguerra, de cómo la vida te enseña a ser fuerte aunque no quieras.
—¿Qué está pasando aquí? —mi voz salió más fuerte de lo que esperaba. Lucía y Sergio se giraron, sorprendidos, y Dalia bajó la mirada, como si tuviera la culpa de algo.
—Adrián, cariño, no es lo que parece… —empezó Lucía, pero la corté en seco.
—¿No es lo que parece? ¿Entonces por qué está Dalia llorando? ¿Por qué le hablas así? —sentí que me temblaban las manos.
Sergio intentó suavizar la situación, pero su voz sonaba falsa, como cuando intentaba convencerme de invertir en negocios que no me convencían.
—Mira, Adrián, solo estábamos hablando. Dalia se ha puesto nerviosa y…
—¡No me mientas! —grité, y sentí que algo dentro de mí se rompía. Miré a Dalia, que apenas podía sostenerme la mirada. Me acerqué y la abracé, como cuando era niño y tenía miedo a la oscuridad.
—No tienes que aguantar esto, Dalia. No en mi casa. —le susurré al oído.
Lucía bufó y dejó la copa sobre la encimera con un golpe seco.
—Siempre la defiendes, Adrián. Pero no ves que se aprovecha de ti. Que ya no puede con la casa, que se le olvida todo…
—¿Aprovecharse? —me reí, pero era una risa amarga—. ¿De qué? ¿De mi cariño? ¿De mi gratitud? Si alguien se ha aprovechado aquí, no ha sido ella.
El silencio se hizo pesado. Sergio murmuró algo sobre una reunión y salió del piso. Lucía me miró con rabia, pero yo ya no podía mirarla igual. Me senté con Dalia en el sofá, le cogí las manos y vi que le temblaban.
—¿Desde cuándo pasa esto? —le pregunté, y ella negó con la cabeza, como si no quisiera preocuparme.
—No importa, hijo. Son cosas de la vida… Yo ya estoy mayor, y a veces molesto más de lo que ayudo.
—No digas eso, Dalia. Tú eres mi familia. La única que nunca me ha fallado.
Ella sonrió, pero sus ojos seguían tristes. Me contó, entre susurros, que desde hacía meses Lucía y Sergio la trataban como si fuera invisible, o peor, como si fuera una carga. Que le gritaban por cualquier cosa, que la hacían sentir inútil. Y yo, tan ocupado con mis negocios, no me había dado cuenta de nada.
Esa noche no pude dormir. Me senté en la terraza, mirando las luces de Madrid, preguntándome en qué momento había perdido el rumbo. ¿De qué servía tener dinero, éxito, si permitía que la persona más importante de mi vida sufriera así? Recordé a mi madre, su voz suave, y cómo Dalia la había sustituido sin pedir nada a cambio, solo cariño y respeto.
A la mañana siguiente, tomé una decisión. Llamé a Lucía y a Sergio y les pedí que se marcharan. No quería a nadie en mi vida que no supiera valorar lo que de verdad importa. Luego llevé a Dalia a desayunar churros, como cuando era niño. Caminamos por el Retiro, y por primera vez en mucho tiempo, la vi sonreír de verdad.
Ahora, mientras escribo esto, me pregunto: ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado, dejando que el cariño se marchite por culpa de la rutina o la indiferencia? ¿Cuántos Dalias hay en nuestras vidas, esperando solo un poco de respeto y amor? ¿Y tú, te has parado a pensarlo alguna vez?