El reencuentro de Tomás: Un milagro en la plaza del pueblo

—¡No toques eso, chaval! —gritó el frutero, mientras Tomás retiraba la mano temblorosa de una manzana reluciente. El niño tragó saliva, sintiendo el estómago rugir como un trueno. Miró al hombre con ojos grandes y asustados, pero no dijo nada. ¿Para qué? Nadie escuchaba a un niño solo en la plaza del pueblo, mucho menos si iba descalzo y con la ropa empapada.

La lluvia había dejado charcos por todas partes y el aire olía a tierra mojada, a promesa de frío. Tomás se abrazó a sí mismo, intentando recordar el calor de su madre, pero hacía ya meses que ella se había ido. Desde entonces, su vida era una sucesión de días grises y noches largas en la casa de su tía, quien apenas le dirigía la palabra y le daba de comer lo justo para sobrevivir.

—¡Venga, apártate! —le espetó otra vendedora, empujando su carrito de churros por el empedrado.

Tomás se apartó, sintiendo cómo las miradas de los adultos lo atravesaban como agujas. «¿Por qué nadie me ve? ¿Por qué nadie me quiere?», pensó, apretando los puños. Caminó sin rumbo entre los puestos, esquivando a la gente que iba y venía con bolsas llenas de naranjas, pan recién hecho y pescado fresco. El bullicio era ensordecedor, pero él se sentía más solo que nunca.

De repente, algo lo detuvo en seco. Frente a un pequeño puesto de flores, una mujer acomodaba ramos de margaritas y claveles. Tenía el pelo castaño recogido en una trenza y unos ojos verdes que brillaban con la misma luz que los de su madre. Tomás sintió que el corazón se le salía del pecho.

—¿Mamá…? —susurró sin darse cuenta.

La mujer levantó la vista y lo miró con dulzura. Por un instante, Tomás creyó que todo había sido un mal sueño y que su madre estaba allí, esperándolo como siempre al salir del colegio. Pero no podía ser… ¿O sí?

—Hola, pequeño —dijo la mujer con una voz suave y cálida—. ¿Estás perdido?

Tomás no supo qué contestar. Las lágrimas le nublaron la vista y solo pudo asentir con la cabeza. La mujer dejó las flores y se agachó hasta quedar a su altura.

—Ven aquí, cielo —le dijo abriendo los brazos.

Sin pensarlo, Tomás se lanzó hacia ella y se aferró a su cintura. Olía a jabón y a flores frescas, igual que su madre. La mujer lo abrazó fuerte, acariciándole el pelo mojado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con ternura.

—Tomás…

—¿Y dónde está tu familia?

Tomás bajó la mirada. No quería hablar de su tía ni de la casa fría donde nadie lo esperaba.

—Mi mamá… ya no está —murmuró.

La mujer suspiró y le limpió las lágrimas con el pulgar.

—Bueno, Tomás, hoy vas a merendar conmigo. ¿Te apetece un chocolate caliente y un trozo de bizcocho?

El niño asintió con timidez. La mujer recogió sus cosas y lo llevó a una pequeña cafetería al lado de la plaza. Allí, entre risas y el aroma dulce del chocolate, Tomás sintió por primera vez en mucho tiempo que alguien se preocupaba por él.

Mientras comían, la mujer le contó historias de cuando era niña en el pueblo, de las fiestas de San Juan y las verbenas en la plaza mayor. Tomás escuchaba embobado, olvidando por un momento el frío y el hambre.

Al caer la tarde, la mujer tomó la mano de Tomás y lo llevó hasta la casa de su tía. Antes de despedirse, le susurró al oído:

—No estás solo, Tomás. Siempre habrá alguien dispuesto a ayudarte, aunque no lo creas.

Esa noche, mientras intentaba dormir en su cama fría, Tomás pensó en la mujer de las flores. ¿Sería un ángel? ¿O tal vez su madre le había enviado una señal desde el cielo?

A veces me pregunto si los milagros existen o si simplemente son personas buenas que aparecen cuando más los necesitamos. ¿Vosotros qué pensáis? ¿Habéis sentido alguna vez que alguien os salvaba justo en el momento preciso?