Un piano en la Gran Vía: La noche que cambió mi destino

—¡Por favor, solo déjame tocar!— grité, con la voz quebrada y las manos temblorosas, mientras los dos guardias me empujaban hacia la puerta giratoria del hotel Palace. El frío de la Gran Vía se colaba por las rendijas y yo, con el estómago vacío desde hacía dos días, solo pensaba en el olor a croquetas y jamón que flotaba en el aire del salón.

—¿Tocar? ¿Tú?— respondió uno de los guardias, mirándome de arriba abajo, como si fuera invisible. —Anda, niña, fuera de aquí. Esto no es para ti.

Pero yo no podía irme. No esa noche. No después de haber visto el piano de cola negro, reluciente bajo las luces doradas, como si me llamara por mi nombre. Me planté firme, aunque las piernas me flaqueaban.

—Solo una canción— supliqué, mirando a la señora elegante que organizaba la gala. —Si no les gusta, me voy y no molesto más. Pero si les gusta… ¿me darían un plato de comida?

La señora, doña Carmen, me observó con una mezcla de fastidio y curiosidad. Alrededor, los invitados cuchicheaban: “¿Quién es esa cría?”, “¿De dónde ha salido?”. Yo sentía sus miradas como agujas en la piel.

—Déjala— dijo finalmente doña Carmen, con ese tono seco que usan las madres cuando están a punto de perder la paciencia. —Pero rápido. Aquí venimos a ayudar a los jóvenes, ¿no?— añadió, mirando a su alrededor como si buscara aprobación.

Me acerqué al piano. Mis dedos estaban helados y sucios, pero en cuanto toqué la primera tecla, todo desapareció: el hambre, el miedo, la vergüenza. Cerré los ojos y dejé que la música hablara por mí. Toqué una versión improvisada de “Asturias” de Albéniz, mezclando recuerdos de mi abuela en el pueblo con los sonidos de la ciudad que nunca duerme.

El salón se quedó en silencio. Ni un tenedor chocando, ni un susurro. Solo mi música llenando el aire cargado de perfume caro y promesas vacías. Cuando terminé, abrí los ojos y vi lágrimas en los ojos de algunos invitados. Incluso doña Carmen parecía menos rígida.

—¿Cómo te llamas?— preguntó ella, acercándose.

—Lucía— respondí bajito.

—¿Dónde están tus padres?

Sentí un nudo en la garganta. —No tengo a nadie aquí. Mi madre murió hace dos años y mi padre… bueno, mejor ni hablar.

Doña Carmen suspiró y asintió. —Ven conmigo.

Me llevó a la cocina, donde los cocineros me miraron con sorpresa pero sin juicio. Me sirvieron un plato caliente de lentejas con chorizo y pan recién hecho. Lloré mientras comía; no solo por el hambre saciada, sino porque por primera vez en mucho tiempo alguien me veía.

Esa noche dormí en un sofá del hotel. Al día siguiente, doña Carmen me presentó a un profesor del conservatorio que estaba entre los invitados. Me ofrecieron una beca para estudiar música y un sitio en una residencia juvenil.

No fue fácil adaptarme. Los otros chicos venían de familias rotas o situaciones difíciles como yo; algunos desconfiaban, otros se burlaban de mi acento andaluz o de mis manos siempre inquietas buscando teclas invisibles en las mesas del comedor.

Pero poco a poco encontré mi sitio. Empecé a tocar en bares pequeños de Malasaña y Lavapiés; a veces me pagaban con bocadillos y otras con monedas sueltas, pero siempre había alguien que se acercaba después para decirme: “Gracias por la música”.

Con el tiempo, volví a ver a doña Carmen en otra gala. Esta vez llevaba un vestido prestado y el pelo recogido con horquillas que me regaló mi compañera de cuarto. Toqué para todos y al terminar recibí un aplauso sincero, no solo por mi música sino por mi historia.

A veces pienso en aquella noche fría y en lo cerca que estuve de rendirme. ¿Cuántos chicos como yo pasan desapercibidos cada día en nuestras ciudades? ¿Cuántas Lucías hay esperando una oportunidad? Quizá la próxima vez que veamos a alguien pidiendo ayuda deberíamos escuchar antes de juzgar.