La Nochebuena en la que me negué a pasar sola en la cocina de mi suegra

—Marija, las gambas ya estarán descongeladas. Ponte con los entrantes, anda, que luego se te echa el tiempo encima.

Me lo dijo Amparo, mi suegra, sin mirarme casi, mientras colocaba servilletas de tela en la mesa del comedor como si fuese la jefa de protocolo de la Casa Real. Yo acababa de llegar a su piso de Móstoles con una tortilla que había hecho en mi casa y una tarta de queso comprada en una pastelería de Alcorcón, porque esta semana había currado como una bestia en la residencia donde estoy de auxiliar y bastante había hecho ya.

Me quedé en la puerta de la cocina con el abrigo puesto todavía.

—Perdona, ¿ponerme con qué?

Mi marido, Dani, levantó la cabeza del móvil. Mi cuñado Javi seguía abriendo cervezas. Mis sobrinos corrían por el pasillo dando golpes a todo. Y yo ahí, con la bolsa en la mano, como tonta.

—Pues con la cena —dijo Amparo, ya un poco seca—. El cordero está adobado, hay que meterlo al horno, preparar la sopa de marisco, sacar los canapés… lo de todos los años.

—Lo de todos los años será para vosotros —solté yo—. Yo este año no me voy a pasar la Nochebuena metida en la cocina mientras los demás están tomando vermú.

Se hizo un silencio rarísimo. De estos que hasta los niños notan.

Dani me miró como diciendo no empieces. Y eso me encendió más.

—¿Cómo que no empieces? —le dije directamente—. Si llevo tres Navidades haciendo de pinche, de camarera y de fregona aquí, y luego encima parece que os hago un favor pequeño.

Amparo dejó una fuente encima de la encimera con un golpe seco.

—Ay, hija, tampoco exageres. En esta casa siempre hemos funcionado así. Las mujeres hacemos la cena y los hombres ponen la mesa y bajan las sillas del trastero.

Javi se rio por lo bajo, como incómodo.

—Bueno, yo también puedo ayudar, eh.

—Ahora, claro —dije yo—. Ahora que ya lo estoy diciendo.

Mi cuñada Laura, que hasta ese momento estaba callada, soltó:

—A ver, Marija, yo te entiendo, pero tampoco hacía falta montar esto hoy.

Y yo pensé: claro, tú llegas siempre cuando ya está casi todo hecho. Normal que no te importe.

Me quité el abrigo despacio y dije:

—No estoy montando nada. Estoy diciendo que si cenamos doce, cocinamos entre doce. O pedimos comida. O hacemos algo sencillo. Pero yo no me encierro sola ahí dentro.

Amparo se puso colorada.

—A mí nadie me ha ayudado en treinta años y no me he muerto.

—Ya, Amparo, pero igual ese es el problema —se me escapó.

Ahí sí que saltó Dani.

—Marija, te estás pasando.

—¿Yo? ¿Yo me estoy pasando? Llevo desde las ocho de la mañana en pie, he salido del turno, he recogido a tu hijo de casa de mi hermana, he hecho una tortilla y he venido aquí. ¿Y en cuanto entro me mandan a la cocina como si fuera parte del menú?

Lo de «tu hijo» lo dije fatal, como si no fuese mío también. Pero estaba tan rabiosa que ya me daba igual.

Amparo me miró raro.

—Si tan mal estás, haberlo dicho antes.

—Lo he dicho antes. Muchas veces. Pero Dani siempre me dice “son unas horas”, “mi madre se agobia”, “hazlo por no discutir”. Siempre yo por no discutir.

Dani negó con la cabeza.

—Porque sé cómo se pone mi madre, Marija.

—Ah, estupendo. Entonces lo arreglamos cargándomelo a mí.

Yo pensaba que aquello iba solo de machismo de toda la vida y de comodidad, la verdad. Pero entonces pasó una cosa que me dejó descolocada.

Amparo se sentó en una silla de la cocina, como de golpe, y dijo:

—Pues claro que me agobio. ¿Tú te crees que si yo no hago una cena como Dios manda tu suegro me dejaba tranquila?

Mi suegro, Antonio, que estaba en la terraza con el hielo, entró justo en ese momento.

—¿Qué pasa ahora?

Y Amparo, sin mirarle, dijo:

—Nada, que este año igual cenas una pizza y así no tienes que quejarte de si la sopa está sosa.

A mí eso me chocó porque Antonio siempre va de hombre tranquilo, de “yo me adapto a todo”, de abuelo simpático. Pero Laura me miró como diciendo ya estamos. Y Javi bajó la vista.

—Papá lleva semanas dando la lata con que en Nochebuena tiene que estar todo como siempre —soltó Laura—. Que si el cardo como lo hacía la abuela, que si el cordero al punto, que si las peladillas para después. Mamá lleva tres días sin sentarse.

Antonio se puso a la defensiva enseguida.

—Bueno, hombre, son tradiciones. Tampoco he pedido tanto.

—No, qué va —dije yo—. Solo un catering gratis con esclava incluida.

Dani me dijo por lo bajo:

—No uses esas palabras.

Pero ya había arrancado todo. Y salió más.

Amparo empezó a llorar, pero de rabia, no de pena.

—Yo no quiero hacer esto ya. No puedo más. Me duele la espalda, se me hinchan las manos y encima si no lo hago soy una exagerada. Pero si no sale todo perfecto, luego tu padre está tres días diciendo que cada año peor.

Antonio protestó:

—Eso no es verdad.

—Sí es verdad —saltó Javi por fin—. Y todos lo sabemos.

Yo me quedé helada. O sea, yo llevaba años pensando que mi suegra defendía ese papel porque le encantaba mandar y hacerse la mártir. Y una parte de eso igual había, no digo que no. Pero también estaba sosteniendo una especie de teatro para que su marido no montara el numerito.

Aun así, tampoco me pareció justo. Porque al final la que pagaba era yo.

Entonces dije:

—Vale. Pues hoy se acabó el teatro.

Antonio me miró fatal.

—¿Perdón?

—Que hoy se acabó. Si quiere cordero, lo mete usted al horno. Si quiere sopa, la remueve usted. Y si algo sale mal, pues sale mal.

Dani me cogió del brazo, flojito, pero para apartarme.

—Ven un momento.

Nos fuimos al pasillo y me soltó:

—Tienes razón en el fondo, pero no así.

—Es que siempre es “no así”. ¿Entonces cómo? ¿Dentro de otros cinco años? ¿Cuando Amparo reviente?

Se quedó callado. Y eso me pudo más que si me hubiera gritado.

Volvimos y Laura ya estaba partiendo pan. Javi había puesto el horno. Amparo seguía sentada, como si no supiera muy bien qué hacer con las manos vacías. Antonio refunfuñaba, pero tampoco se fue. Al final hasta Dani se puso con la sopa.

La cena salió regular, la verdad. El cordero quedó un poco seco, faltó sal en la sopa y los canapés eran un cuadro. Hubo momentos tensísimos. Antonio casi no habló. Los niños, encantados porque cenaron croquetas congeladas y se les permitió tomar Fanta en copa.

Lo más raro fue después, cuando estábamos recogiendo entre todos. Amparo se me acercó y me dijo bajito:

—No me ha gustado cómo lo has dicho. Pero gracias.

Y yo no supe qué contestar. Porque a mí tampoco me había gustado cómo me había salido. Ni me gustó verla así. Ni me gustó que Dani no lo hubiera parado antes. Ni me gustó descubrir que en esa casa llevaban años girando alrededor del carácter de Antonio y llamándolo costumbre.

Desde entonces estamos raros. Dani dice que tiene que hablar con su padre. Amparo me manda audios como si no hubiera pasado nada, pero ya no me dice qué lleve ni qué prepare. Y Antonio está ofendidísimo, claro.

Yo sigo pensando que hice bien en no meterme en la cocina como siempre. Pero también pienso que igual elegí el peor momento y que pagó gente que estaba igual de atrapada que yo.

No sé. Si os pasara algo así en vuestra familia, ¿plantaríais cara en plena Nochebuena o aguantaríais para no liarla ese día?