La noche en que tuve que decidir si quería justicia o soltar por fin a mi hermano

—Como firmes eso, no me vuelvas a llamar madre.

Mi madre me lo soltó en el pasillo del Ramón y Cajal, con la bata abierta por detrás y las manos temblándole. La gente pasaba mirando de reojo. Yo llevaba el móvil en una mano y el papel del juzgado en la otra, doblado, sudado ya de tanto apretarlo.

—Mamá, baja la voz.
—No la bajo. Ese tío mató a tu hermano.
—Fue un accidente.
—No me repitas lo que dice su abogada, Andrea, por favor.

Mi hermano Dani murió hace ocho meses. Veintinueve años. Volvía en moto de Alcobendas a Madrid después de cenar con unos amigos. En un cruce, una furgoneta se saltó el semáforo. El conductor dio positivo en alcohol. No una barbaridad, pero sí positivo. Y Dani salió despedido. Cuando llegamos al hospital ya no… bueno, ya no estaba de verdad, aunque tardaron horas en decirlo así, claro.

Desde entonces en mi casa no se habla de otra cosa. Mi madre vive para el juicio. Mi padre finge que no, pero guarda cada papel en carpetas del Carrefour como si fueran reliquias. Y yo… yo al principio estaba igual. Quería que ese hombre se pudriera. Lo decía así. «Que se pudra». Me daba igual todo.

El hombre se llama Rubén. Cuarenta y pocos. Repartidor autónomo. Separado. Una hija de once años. Eso lo supe después, cuando su procuradora nos pidió si aceptaríamos una mediación penal. Mi madre se levantó de la silla como si le hubieran escupido.

—¿Mediación? ¿Con el que ha matado a mi hijo? Estáis locos.

Yo pensé lo mismo.

Luego pasó una cosa que cambió todo y, a la vez, no sé si lo cambió o me lió más. Me escribió Laura, la exnovia de Dani. Hacía tiempo que casi no hablábamos.

«Necesito contarte algo, pero no por teléfono».

Quedamos en un bar por Lavapiés. Estaba fatal, ojeras, sudadera, sin maquillaje, como si llevara semanas durmiendo a ratos.

—Estoy embarazada —me dijo, de golpe.

Se me quedó el café en la mano. No entendía nada.

—¿De Dani?
—Sí.
—¿Y esto desde cuándo lo sabes?
—Desde dos semanas después del accidente.
—¿Y no nos has dicho nada?

Se puso a llorar allí mismo. La camarera nos miró, yo qué sé.

—Porque tu madre me dijo que no volviera por vuestra casa. Porque la última vez que hablé con Dani estábamos fatal. Porque me dijo que no estaba preparado, Andrea. Y porque no sabía si seguir adelante.

Me quedé muda. Yo ni sabía que estaban viéndose otra vez. En mi cabeza, Dani seguía siendo el gracioso, el fácil, el que iluminaba todo. Y de repente aparecía esto: que estaba hecho un lío, que igual iba a ser padre y no quería, o no sabía, o sí, pero tarde. Todo más feo, más normal.

No se lo dije a mis padres ese día. Ni al siguiente. Me daba miedo que mi madre lo usara para enfadarse más con el mundo. O con Laura.

La segunda cosa fue la carta de Rubén. Yo no quería leerla. La abrió mi padre en la cocina, con las gafas bajas.

—Escúchala al menos —me dijo.

Mi madre se fue al salón diciendo que ni hablar.

La carta no pedía perdón de esa manera cursi que da rabia. Contaba cosas. Que aquel día había salido corriendo porque su hija tenía fiebre y la exmujer no contestaba. Que había tomado dos cervezas en una comida, que se creyó bien para conducir, que eso no era excusa y que desde entonces no había vuelto a llevar una furgoneta. Que estaba yendo al psicólogo por la mutua y a Alcohólicos Anónimos aunque decía que él no era alcohólico, pero que ya no sabía ni qué era. Que si queríamos verle a la cara, iba. Que si queríamos odiarle, lo entendía. Que solo quería decir el nombre de Dani delante de nosotros y no como «la víctima».

Mi padre dejó la carta y se quedó mirando la mesa.

—Podría ser cualquiera —dijo flojo.

Mi madre desde el salón gritó:
—No. Nuestro hijo no.

Y claro. También tenía razón.

Cuando por fin les conté lo del embarazo, fue peor de lo que pensaba.

—Eso ahora no toca —dijo mi madre.
—¿Cómo que no toca? —le dije—. Es tu nieto o tu nieta.
—No lo sabemos ni queremos líos.

Laura se enteró porque yo se lo conté y me llamó hecha polvo.

—¿Líos? ¿Tu madre ha dicho líos?
—Está mal, Laura.
—Yo también estoy mal, Andrea.

Al final fui yo sola a la mediación, sin decirle a mi madre que iba de verdad. Pensaba escuchar cinco minutos e irme. Pero no me fui.

Rubén no parecía un monstruo. Y eso casi me enfadó más. Un tío normal, con cazadora del Decathlon, manos de currante, llorando sin hacer ruido. Dijo:

—No espero que me perdones. Solo quería que supieras que yo también he perdido mi vida como la tenía. Y sé que eso al lado de Dani no vale nada, pero es la verdad.

Yo le solté:
—Mi madre ya no duerme. Mi padre toma pastillas. Laura está embarazada y Dani no va a conocer a su hijo. ¿Eso también lo metes en tu verdad?

Se quedó blanco.

—No sabía lo del bebé.
—Claro que no sabías nada. Te saltaste un semáforo.
—Sí.
—Y bebiste.
—Sí.
—Pues ya está.

Y ya está, pero no estaba. Porque verle decir sí a todo, sin defenderse, sin ponerse chulo, me dejó rara. Yo había venido preparada para odiar mejor. Y no pude del todo.

La semana pasada nos dijeron que, si la familia mostraba conformidad con el acuerdo, él evitaría entrar en prisión y cumpliría una condena con trabajos en beneficio de la comunidad, retirada de carnet y responsabilidad civil. Si no, iríamos a juicio y seguramente entraría unos años. «Unos años». Esa expresión me revienta. Como si unos años arreglaran algo.

Por eso la bronca en el hospital. Mi madre está ingresada por una arritmia desde el domingo y aun así solo piensa en la firma.

—Si sales de aquí para ir al juzgado, yo no vuelvo —me dijo.
—No puedes hacerme elegir así.
—Ya eligieron por nosotros cuando mataron a Dani.

Luego mi padre, más tarde, en la máquina de café, me dijo otra cosa:

—Tu hermano también cogió el coche habiendo bebido alguna vez. Tú lo sabes.

Le miré fatal.

—No compares.
—No comparo. Digo que la línea está más cerca de lo que creemos.

Y me acordé de una noche en San Sebastián de los Reyes, hace años, Dani riéndose, diciendo «estoy perfecto». Le quité las llaves y se enfadó conmigo. Al día siguiente ni se acordaba. Eso no le hace culpable de su muerte, por supuesto que no. Pero tampoco me deja seguir pensando en buenos y malos como antes.

Al final firmé. No porque Rubén me diera pena solamente. Ni porque sea mejor persona, que no sé si lo soy. Firmé porque Laura sigue con el embarazo y yo necesito que el hijo de Dani no crezca con esto metido en cada comida familiar. Porque mi padre se está apagando entre papeles. Porque mi madre se va a enfadar conmigo años, seguramente. Y porque yo ya no podía vivir alimentando la rabia como si fuera lo único que me unía a mi hermano.

Cuando se lo dije, mi madre giró la cara y me dijo:
—Entonces le has perdonado.

Y yo le contesté la verdad:
—No. Solo no quiero seguir aquí.

No sé si he hecho lo correcto. Hay días que pienso que he traicionado a Dani y otros que creo que, si no soltaba un poco, me iba detrás de él de otra manera. ¿Vosotros qué haríais en mi sitio: pedir que pague con cárcel o aceptar eso para intentar descansar un poco?