“No me mires así”: después de la explosión que cambió mi cara, tuve que aprender a no esconderme del mundo
—Lucía, no abras la puerta de la cocina —gritó mi madre desde el pasillo—. Huele raro, espera.
Pero ya tenía la mano en el pomo.
Recuerdo el chasquido. Un golpe seco, brutal. Después, una luz naranja que me tragó entera y un calor que no se parecía a nada. No fue como acercarse demasiado a una estufa. Fue como si el aire se hubiera vuelto fuego de repente.
Caí al suelo sin entender por qué no podía respirar. Oía a mi madre gritar mi nombre, pero la escuchaba lejana, como desde debajo del agua.
—¡Lucía! ¡No te toques la cara, hija, no te la toques!
Eso fue lo último que recuerdo de aquella mañana.
Cuando desperté en el hospital, tenía la garganta seca y una sensación insoportable de tirantez en el cuello. Quise llevarme la mano a la cara, pero mi madre me sujetó con cuidado. Carmen, mi madre, llevaba el pelo recogido de cualquier manera y los ojos tan hinchados que parecía que no había dormido en una semana.
—Mamá… ¿qué ha pasado?
Ella miró al médico antes de contestarme. Ese gesto me dio más miedo que el dolor.
—Ha habido una explosión de gas en casa. Estás viva, Lucía. Eso es lo importante.
“Estás viva”. Lo repetían todos. Los médicos, las enfermeras, mis tíos cuando llamaban, la vecina del cuarto. Pero nadie decía lo demás.
Nadie me decía cómo tenía la cara.
Lo descubrí tres días después, cuando una auxiliar dejó un pequeño espejo sobre la bandeja del desayuno. Quizá se le olvidó recogerlo. Quizá pensó que ya lo sabía. No la culpo, de verdad, pero en aquel momento sentí que alguien me había empujado por un barranco.
Mi piel estaba roja, brillante en algunas zonas, cubierta de vendas en otras. El lado izquierdo de mi rostro parecía ajeno. El cuello estaba lleno de apósitos. Me quedé mirándome sin llorar, durante unos segundos que se hicieron eternos.
Luego lancé el espejo contra la pared.
Mi madre entró corriendo.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —le grité—. ¿Por qué me miras así?
—No te miro así, hija.
—Sí. Todo el mundo me mira así.
Ella se sentó a mi lado y no intentó abrazarme. Sabía que me dolía hasta el roce de una sábana.
—No sabía cómo decirte que vas a necesitar tiempo —susurró—. Pero no eres menos tú por esto.
Yo cerré los ojos.
En ese momento, esa frase me pareció casi cruel. ¿Cómo podía seguir siendo yo si ni siquiera reconocía a la chica que veía reflejada en el cristal de la ventana?
Antes del accidente estudiaba Trabajo Social en la universidad pública de nuestra ciudad. Me gustaban las clases, discutir con los profesores, tomar café con mis compañeras entre una asignatura y otra. Me quejaba de los exámenes, de ir justa de dinero, de los autobuses que siempre llegaban tarde. Una vida normal. Tan normal que no la valoraba.
Después de salir del hospital, dejé de contestar los mensajes.
“Te echamos de menos”, escribía Nuria, una compañera.
“Cuando quieras te paso apuntes”, decía Mateo, el chico que se sentaba dos filas detrás de mí.
Yo leía todo desde la cama y apagaba el móvil. No quería que nadie me echara de menos. Quería desaparecer hasta que mi cara volviera a ser la de antes.
Solo que no volvió.
Las curas eran diarias al principio. Mi madre me acompañaba al centro de salud y yo iba con una mascarilla, un pañuelo ancho y la mirada clavada en el suelo. Si oía risas detrás de mí, asumía que se reían de mí. Si un niño me miraba demasiado, sentía que me faltaba el aire.
Una tarde, al salir de rehabilitación, dos adolescentes se quedaron callados cuando pasé. Uno le susurró algo al otro. Ni siquiera sé qué dijo. Pero llegué a casa temblando.
—No voy a salir más —le dije a mi madre, encerrándome en el baño—. Se acabó.
—Lucía, no puedes vivir castigándote.
—¡No me castigo! Me protejo.
—¿De quién? ¿De la gente o de ti?
Aquello me hizo daño porque era verdad.
La psicóloga se llamaba Pilar. Al principio no le hablaba casi nada. Me sentaba frente a ella con los brazos cruzados y respondía con monosílabos. Ella no insistía. A veces solo decía:
—Hoy has venido. Ya es algo.
Me enfadaba que tuviera razón.
Mateo apareció un jueves por la tarde en el portal de casa. Mi madre me avisó desde el salón.
—Hay un chico preguntando por ti.
—Dile que no estoy.
—Lucía, te ha oído.
Me quedé helada. Mateo levantó la voz desde abajo.
—No pasa nada si no quieres bajar. Te dejo los apuntes con tu madre.
No sé por qué, pero bajé. Llevaba una sudadera con capucha, aunque hacía calor, y la mascarilla me rozaba las cicatrices. Me quedé a varios escalones de él.
Mateo no abrió los ojos de par en par. No apartó la mirada con incomodidad. Me miró como me miraba antes, quizá con un poco más de cuidado, pero sin lástima.
—Te has perdido el peor seminario de la historia —dijo—. El profesor Ramiro se tiró cuarenta minutos hablando de fotocopias.
Me reí. Fue una risa pequeña y me dolió el cuello, pero me reí.
Él sacó una carpeta de la mochila.
—También he hablado con él. Dice que puedes entregar los trabajos más tarde.
—No voy a volver.
Mateo bajó la vista un segundo.
—Vale. Pero no decidas eso hoy. Ni mañana. Espera a estar menos enfadada con el mundo.
—No estoy enfadada con el mundo.
—Entonces estás enfadada contigo. Y eso me preocupa más.
Quise mandarlo a paseo. En vez de eso, cogí la carpeta.
La primera vez que volví a la universidad fue dos meses después. Pilar me ayudó a prepararlo como si fuera una batalla. Primero salimos a comprar pan. Luego fui con mi madre a una cafetería. Más tarde, quedé con Mateo en una biblioteca donde nadie me conocía.
Aun así, al bajar del autobús delante de la facultad, me paralicé.
Había gente por todas partes. Mochilas, conversaciones, prisas. Una chica se giró hacia mí. Un chico dejó de hablar cuando pasé. O quizá solo lo imaginé. Ya no sabía distinguirlo.
—No puedo —murmuré.
Mateo se puso a mi lado, sin tocarme.
—Puedes irte si quieres. Pero si entras, entramos cinco minutos. Solo cinco.
Mi madre me había dicho algo parecido aquella mañana, mientras me ajustaba el pañuelo frente al espejo.
—No tienes que demostrarle nada a nadie, hija. Solo tienes que recuperar lo que también es tuyo.
Entré.
Fueron cinco minutos. Luego diez. Después asistí a una clase entera sentada al fondo, con el corazón golpeándome las costillas.
Al salir, una antigua amiga se acercó corriendo. Durante un segundo pensé que iba a abrazarme sin preguntar, y me aparté. Ella frenó en seco.
—Perdona —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. No sabía si querías que te tocara.
Ese cuidado sencillo me rompió por dentro. Lloré allí mismo, en medio del pasillo, por primera vez desde el accidente.
No porque estuviera bien. No lo estaba. Seguía odiando algunos días mi reflejo. Seguía teniendo pesadillas con aquel chasquido. Seguía calculando las rutas para evitar las calles llenas.
Pero ya no estaba completamente escondida.
A veces pienso que la explosión no solo quemó mi piel. También quemó la idea que yo tenía de mí misma. Y ahora, poco a poco, estoy aprendiendo a construir otra.
¿Vosotros habríais tenido el valor de volver a un lugar donde sentís que todos os miran? ¿Cómo se aprende a querer una imagen que no elegiste?