Cuando su suegra dejó de reconocerla, ella fue la única que no pudo dejar de cuidarla

Nunca pensé que acabaría sabiendo distinguir el sonido de mi suegra levantándose de la cama del sonido de la calefacción. La calefacción hacía un clic seco. Ella arrastraba un poco las zapatillas, aunque se las ponía al revés la mitad de las veces.

A las tres de la mañana yo ya me despertaba antes de que llegara al pasillo.

—Marta, ¿mi madre ha llamado? Tengo que ir a buscar a la niña al colegio.

Su madre había muerto hacía más de treinta años. Y la niña a la que se refería era, casi siempre, mi cuñada Elena. Tiene cincuenta y dos.

Al principio lo llevé bastante bien. O eso me decía. Mi suegra, Carmen, vivía sola en su piso de toda la vida, en Carabanchel, y empezó con despistes pequeños: repetir una compra, dejarse una olla al fuego, llamar a mi marido, David, tres veces seguidas porque no encontraba el bolso y lo tenía colgado del hombro.

David es hijo único no, perdón, tiene una hermana, Elena, pero siempre ha sido como si él fuera el encargado de las cosas serias. El banco, las citas, los papeles. Elena vive en Alcalá de Henares, trabaja en una gestoría y tiene dos hijos ya casi mayores. Cada vez que hablábamos de su madre decía que iba fatal, que no tenía vida, que la pobre mujer estaba muy sola. Pero luego, a la hora de hacer algo concreto, siempre surgía un cumpleaños, una migraña, un cierre trimestral o que su coche estaba en el taller.

Cuando Carmen se cayó en el baño y estuvo una noche ingresada en el Hospital Gómez Ulla, decidimos traerla a casa “unos días”. Eso fue hace un año y cuatro meses.

Yo trabajo como administrativa en una empresa de instalaciones eléctricas. No gano una barbaridad, pero mi sueldo cuenta. Tenemos hipoteca, un hijo de diecisiete años, Óscar, y una hija de doce, Lucía. Además, me gustaba mi trabajo. Me gustaba llegar, tomarme el café horrible de la máquina con Beatriz, pelearme con las facturas, tener conversaciones que no fueran sobre pastillas, pañales o si alguien había escondido las llaves.

Los primeros meses pedí teletrabajar dos días. Mi jefe aceptó porque durante la pandemia ya lo habíamos hecho todos y porque yo llevaba muchos años allí. Luego fueron tres. Luego empecé a conectarme desde casa todos los días con Carmen sentada detrás de mí, preguntándome cada diez minutos cuándo íbamos a coger el autobús para ir a casa de su hermana.

Su hermana también llevaba muerta muchísimo tiempo.

David salía de casa a las siete y media y volvía, con suerte, a las seis y media. Trabaja de encargado en una nave de logística, bastante lejos. No voy a decir que no hiciera nada. Bajaba a por el pan, se ocupaba de la medicación cuando yo le dejaba el pastillero preparado, y los domingos a veces se sentaba con su madre a ver concursos en la tele.

Pero la que limpiaba el pis cuando no llegaba al baño era yo. La que discutía con ella porque no quería ducharse era yo. La que anulaba una videollamada porque Carmen había abierto la puerta del rellano en camisón era yo.

David decía:

—Es que contigo se calma más.

Y yo, que entonces todavía tenía ganas de que me entendieran, le respondía:

—Se calma porque yo estoy todo el día. No porque tenga un don.

Él bajaba la mirada, me daba un beso en la frente o empezaba a recoger la cocina. Era su forma de cerrar las conversaciones sin cerrarlas.

Con mis hijos fue peor de lo que quise admitir. Lucía dejó de invitar a amigas. Una vez escuché que le decía por teléfono a una compañera que mejor no viniera, porque su abuela a veces gritaba y preguntaba quién era todo el mundo. Me dolió, pero también pensé que era una cría y que ya se le pasaría.

No se le pasó.

Óscar empezó a comer en su habitación. Yo creía que era la adolescencia, que quería estar con el móvil y ya. Hasta que un jueves, mientras le pedía que sacara al perro porque yo estaba intentando convencer a Carmen de que se cambiara el pantalón, me soltó:

—Mamá, aquí ya no se puede estar.

Lo dijo bajito. Ni siquiera con mala leche. Creo que por eso me sentó peor.

—¿Y qué quieres que haga? —le dije—. ¿Que la eche a la calle?

En cuanto lo dije, me arrepentí. Él se encogió de hombros y se fue. Durante días no hablamos casi nada.

En el trabajo empezaron a notarlo. Llegaba tarde a reuniones, se me escapaban errores tontos, tenía el móvil siempre encima de la mesa por si Carmen llamaba desde otra habitación. Una mañana envié un presupuesto con una cifra mal puesta. No fue una catástrofe, pero mi jefe me pidió que pasara por su despacho.

Me preguntó si necesitaba una reducción de jornada o una baja. Yo le dije que no, muy seria, como si decirlo lo arreglara. A la semana siguiente me comunicaron que mi puesto se reorganizaba y me ofrecieron seguir media jornada durante unos meses.

Acepté porque no veía alternativa. Cobrar menos me daba pánico, pero dejar a Carmen sola me lo daba más.

El día que reventé no hubo una escena de película. No tiré platos ni grité a nadie. Era martes. Había llovido, Lucía no encontraba las botas, Carmen se había quitado el absorbente y lo había dejado en el cubo de la ropa limpia. David me escribió que llegaría tarde porque tenían inventario.

Elena, que había venido el sábado anterior dos horas, mandó un audio al grupo familiar diciendo que quizá deberíamos mirar “alguna rutina de estimulación cognitiva”, porque había leído algo por internet.

Yo estaba fregando el suelo del baño y me quedé sentada allí. Con el pantalón empapado en las rodillas. Oía a Carmen llamarme desde el salón y a Lucía llorando porque iba a perder el autobús.

No pude levantarme.

No sé cuánto tiempo estuve. Diez minutos, media hora. Me empezó a faltar el aire, me temblaban las manos y pensé de verdad que me iba a dar algo. Llamé a David, pero no fui capaz de explicarme. Solo le dije que viniera.

Vino. Ese día dejó el trabajo a medias, por primera vez en meses. Me encontró en el baño y llamó al centro de salud. La médica que me atendió habló de ansiedad, agotamiento del cuidador y baja laboral. Yo asentía a todo, llorando de rabia porque no quería una baja; quería que alguien me quitara de encima esa vida que se me había pegado al cuerpo.

Dos días después cité a David y a Elena en casa. Carmen estaba dormida después de comer. Preparé café, aunque nadie se lo tomó caliente.

Les dije que íbamos a contratar a una cuidadora unas horas al día, de lunes a viernes. Que el coste saldría del dinero de Carmen y, lo que faltara, lo pondríamos David y Elena a medias. Y que los fines de semana se repartirían: uno se quedaría con ella el sábado y el otro el domingo, fuera en su casa o en la nuestra.

Elena se puso a hacer cuentas antes de decir nada. David tenía la cara completamente blanca.

—No nos llega para tanto —dijo él.

—A mí tampoco me llegaba para dejar de trabajar y nadie me preguntó —le contesté.

Fue feo. Elena lloró. Dijo que yo estaba castigándola por no haber estado. Puede que fuera verdad, en parte. Yo estaba enfadada con ella, pero también con David y conmigo misma por haber aceptado aquel “unos días” sin poner fecha ni condiciones.

Al final contratamos a Samira, recomendada por una vecina. Viene cuatro horas por la mañana. No hace milagros. Carmen sigue preguntando por su madre y algunos días se enfada con Samira porque cree que es una desconocida que ha entrado a robarle. Pero Samira sabe hablarle sin discutirle cada frase. Y, sobre todo, cuando ella está, yo cierro la puerta del cuarto y trabajo.

He vuelto a ampliar horas en la empresa, aunque todavía no como antes. David se queda con su madre los sábados alternos. Los primeros fueron un desastre: me llamaba para preguntarme dónde estaban las toallas, qué cenaba Carmen, cómo se cambiaba el absorbente. Le contesté, claro. Pero una vez le dije que mirara el armario y que se apañara, igual que yo había tenido que hacer tantas veces.

Con Óscar sigo sin saber muy bien cómo arreglarlo. Sale mucho y contesta poco. Lucía ha traído a una amiga a merendar dos veces desde entonces, lo cual parece una tontería, pero a mí me hizo llorar en la cocina mientras cortaba sandía.

Carmen no entiende nada de esta reorganización. A veces me mira y me llama por el nombre de Elena. Otras me abraza y me dice que soy una chica muy buena, como si acabara de conocerme.

Yo ya no intento que recuerde quién soy. Me basta con que esa noche, cuando oigo las zapatillas en el pasillo, no sea siempre yo la que tenga que levantarse.