Cuando su suegra dejó de reconocerla, ella fue la única que no pudo dejar de cuidarla
Durante meses, Marta convirtió su casa, sus horarios y hasta sus noches en una especie de guardia permanente. Su suegra, cada vez más perdida por la demencia, dependía de ella para casi todo. Pero mientras ella cancelaba reuniones, respondía correos a deshora y se alejaba sin querer de sus propios hijos, el resto de la familia parecía tener siempre una razón para no estar.
Su marido ayudaba “cuando podía”. Su cuñada opinaba mucho desde fuera. Y Marta siguió tirando, hasta que su cuerpo decidió parar por ella. Lo que ocurrió después obligó a todos a mirar una realidad que llevaban demasiado tiempo evitando.
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