Volví a mi pueblo de Castilla y vi cómo todos condenaban a mi amigo antes de que apareciera la verdad

—¡Que salga de una vez! ¡A ver si tiene valor para mirarnos a la cara!

La voz de Eusebio retumbó en la plaza, entre la fuente seca y los bancos de piedra donde de críos nos comíamos el bocadillo después del colegio. Yo acababa de bajar del coche con Inés y las maletas aún dentro. Llevábamos seis años viviendo en Valladolid, y habíamos vuelto a San Román porque mi madre se había roto la cadera.

No nos dio tiempo ni a saludar a nadie.

Había casi medio pueblo frente a la casa de Julián. Algunos tenían los brazos cruzados. Otros hablaban en corros, bajando la voz cuando él asomaba por detrás de las cortinas. Vi a Pilar, la panadera, llorando de rabia. A Celia, la viuda del número doce, apretando un pañuelo contra el pecho.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Eusebio me miró como si yo hubiera aparecido de otro planeta.

—Han entrado en cinco casas en dos semanas, Mateo. Dinero, joyas, hasta el reloj de mi difunto padre. Y tu amigo Julián se ha vuelto a juntar con mala gente, por lo visto.

Sentí un golpe en el estómago.

Julián y yo habíamos crecido puerta con puerta. De pequeños nos escapábamos al río en agosto y volvíamos con los pantalones llenos de barro. Era impulsivo, sí. A los diecinueve lo pillaron robando gasoil de una nave. Luego tuvo peleas, una temporada mala con la bebida y varios trabajos que le duraron poco. Su padre murió endeudado, su madre se fue a vivir con una hermana a Burgos y él se quedó solo en aquella casa medio caída.

Pero una cosa era que hubiera metido la pata. Otra, convertirlo en culpable de todo.

—¿Hay pruebas? —pregunté.

Pilar soltó una risa amarga.

—¿Pruebas? Lo vieron rondando mi portal la noche que me faltaron los pendientes.

—Yo volvía de casa de mi primo —dijo Julián desde la puerta.

Tenía la cara hinchada, como si no hubiera dormido. Llevaba una sudadera gris y las manos metidas en los bolsillos. No levantaba mucho la voz, pero se le notaba el temblor.

—Claro, Julián. Y casualmente tienes una furgoneta nueva —le escupió Eusebio.

—Nueva no. Tiene veinte años y me la dejó Ramiro para llevar herramientas.

—Ramiro está ingresado desde hace un mes —intervino alguien.

Julián cerró los ojos un instante. Aquel detalle le hizo daño, se le vio.

La furgoneta era de Ramiro, eso era cierto. Julián la había usado para hacer chapuzas: arreglar persianas, cambiar grifos, pintar una pared. Nada estable. En un pueblo pequeño, si no tienes nómina ni una familia respetada detrás, cualquier cosa que hagas parece sospechosa.

El alcalde, don Anselmo, apareció media hora después con dos agentes de la Guardia Civil. No venían a detener a nadie, dijeron. Solo a tomar notas. Pero el ambiente ya estaba contaminado. Los vecinos hablaban como si Julián hubiera confesado.

—Hay que registrar su casa —gritó Eusebio.

—No se puede entrar sin orden o sin consentimiento —contestó uno de los agentes.

—Pues que consienta, si no tiene nada que ocultar.

Julián me miró. Nunca olvidaré esa mirada. No era solo miedo. Era algo peor: la certeza de que nadie iba a creerle aunque dijera la verdad.

—Que entren —murmuró.

Dentro olía a humedad y café requemado. Había platos sin fregar, una bombilla desnuda en el pasillo y una foto nuestra de niños encima de una cómoda. Los agentes revisaron cajones, el trastero, hasta una caja de zapatos con facturas antiguas. No encontraron nada.

Nada.

Aun así, al salir, Pilar dijo:

—Ya lo habrá vendido.

Y nadie la contradijo.

Esa noche, Inés me pidió que no me metiera.

—Mateo, te conozco. Vas a acabar enfrentado con medio pueblo.

—Es que están disfrutando de tener a alguien a quien señalar.

—No digo que sea justo. Pero Julián tiene antecedentes.

La miré. Inés bajó la vista enseguida, arrepentida quizá. Hasta ella, que apenas conocía el pueblo, había dicho la frase que todos repetían. Antecedentes. Como si una persona quedara atrapada para siempre en sus peores años.

Al día siguiente fui a verlo. Estaba sentado en el bordillo de su puerta, fumando sin encender el cigarro.

—No he sido yo, Mateo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Nadie lo sabe. Tú quieres creerme porque fuimos amigos.

Me senté a su lado.

—Entonces ayúdame a demostrarlo.

Empezamos por las casas robadas. No éramos detectives, ni falta que hacía. Hablamos con Celia, con Pilar, con los hermanos Valbuena. Todos coincidían en algo: no habían forzado puertas. Quien entró sabía dónde guardaban las llaves de repuesto o cuándo no había nadie.

En la casa de Celia faltó dinero de una lata que tenía escondida detrás de los botes de legumbres. Eso no lo sabía cualquiera. Su nieto iba a verla todos los domingos. En la de los Valbuena, desapareció una colección de monedas que guardaban en un armario del despacho. Su hija había comentado ese armario durante una comida familiar.

Y en casa de Pilar, los pendientes estaban en una caja de costura dentro de un altillo.

—Aquí ha entrado alguien que conoce a la gente —dije.

Julián me miró sin esperanza.

—En este pueblo todos conocemos a todos.

La pista llegó por mi madre. Mientras le preparaba la cena, me dijo que había visto una luz en la calle de atrás, cerca de las casas de Pilar y Celia, la noche del segundo robo.

—Era una moto roja. Muy ruidosa. La del hijo de Esteban, creo.

Se me quedó la cuchara en el aire.

Álvaro. Hijo de Esteban, concejal de Urbanismo. El chico modélico. Matrícula de honor, beca en Salamanca, educado, siempre ayudando en las fiestas patronales. El mismo que había dicho en la plaza que había que echar a Julián del pueblo “antes de que fuera tarde”.

No quise creerlo. Pero Julián recordó que, días antes del primer robo, Álvaro había ido a su casa.

—Me pidió que le arreglara una cerradura. Dijo que no tenía dinero y que luego me pagaba. Me fijé en que llevaba un sobre lleno de billetes. Pensé que serían cosas de su padre.

Fuimos a hablar con la Guardia Civil. Al principio nos escucharon con cautela. Pero uno de los agentes revisó las cámaras de una gasolinera de la carretera. En una de ellas aparecía la moto roja de Álvaro a las once y cuarto de la noche en que entraron en casa de Celia.

Dos días después registraron el garaje de Esteban.

Encontraron los pendientes de Pilar dentro de una mochila de deporte. Las monedas de los Valbuena estaban en una caja de herramientas. El reloj de Eusebio, envuelto en una camiseta, apareció detrás de unos sacos de cemento.

Álvaro había robado para pagar deudas de apuestas por internet. Al parecer, llevaba meses pidiendo dinero, inventando gastos de estudios y amenazado por gente a la que debía demasiado. Sabía los horarios de los vecinos porque había repartido programas de las fiestas, ayudado a mayores con gestiones y entrado en muchas casas como quien no quiere la cosa.

Cuando se lo llevaron, Esteban estaba blanco, agarrado a la verja de su garaje.

—Mi hijo no es un delincuente —repetía.

Nadie le contestó.

Yo pensé en Julián. En su casa registrada. En las miradas. En aquella foto nuestra cubierta de polvo mientras unos desconocidos revolvían sus cajones.

Eusebio fue a pedirle perdón tres días más tarde. Pilar también. Algunos dejaron bolsas con comida en su puerta, como si unos huevos y un paquete de lentejas pudieran borrar lo que habían dicho. Julián no abrió a nadie.

Una tarde me confesó que estaba pensando en irse.

—Aquí ya no sé respirar —me dijo.

No supe qué contestarle. Porque tenía razón. Lo habían absuelto de los robos, sí, pero no de la etiqueta que le habían colgado hacía años.

¿De qué sirve que llegue la verdad, si antes ya has dejado a alguien solo delante de todo un pueblo? ¿Cuántas veces juzgamos a una persona por su pasado porque así no tenemos que mirar nuestras propias miserias?