El cumpleaños vacío de Lucía

—¿Por qué no viene nadie, mamá? —La vocecita de Lucía, mi hija, me atravesó el pecho como una lanza. Miré la mesa del salón, repleta de platos de colores, bocadillos de jamón y queso, y una tarta de chocolate con el número 8 en velas. El reloj marcaba las seis y media. Nadie había tocado el timbre.

—Cariño, seguro que están a punto de llegar —mentí, forzando una sonrisa mientras sentía cómo la rabia me subía por dentro. Lucía se sentó en el sofá, con su vestido nuevo de lunares, y empezó a balancear las piernas, mirando la puerta con esperanza. Yo me fui a la cocina, fingiendo que tenía que revisar algo, y saqué el móvil. Abrí el grupo de WhatsApp de padres del cole y leí, con el corazón encogido, los mensajes que mi hermana, Marta, había enviado haciéndose pasar por mí: “Hola a todos, siento avisar tan tarde, pero la fiesta de Lucía se cancela. Ha surgido un problema familiar. Gracias por entenderlo.”

Sentí que el suelo se me abría bajo los pies. ¿Cómo podía Marta hacerme esto? ¿A su propia sobrina? Recordé la última discusión que tuvimos, hace apenas una semana, cuando le dije que no podía seguir cubriéndole sus mentiras con nuestros padres. Pero nunca imaginé que llegaría tan lejos. Respiré hondo, intentando no romper a llorar. No podía hacerlo delante de Lucía. Ella ya tenía bastante con ver la casa vacía.

A las siete, llamé a mis padres. Mi madre contestó con voz fría:
—¿Qué pasa, hija?
—¿No vais a venir a ver a Lucía por su cumpleaños?
—Marta nos dijo que se había cancelado. Además, no es para tanto, ya la veremos otro día.
—Pero hoy es su cumpleaños, mamá. Está aquí sola, esperando. ¿No vais a llamarla al menos?
—No te pongas dramática, Ana. Seguro que se lo pasa bien contigo. —Y colgó.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Cómo podían ponerse de parte de Marta, incluso ahora? Lucía vino corriendo, con los ojos brillantes de ilusión:
—¿Era la abuela? ¿Van a venir?
La abracé fuerte, tragándome las lágrimas.
—Hoy somos tú y yo, princesa. Vamos a hacer la mejor fiesta de dos personas del mundo.

Bailamos sevillanas en el salón, cantamos a gritos canciones de Estopa y, cuando sopló las velas, le pedí que pidiera un deseo. Ella cerró los ojos y susurró:
—Quiero que el año que viene vengan todos mis amigos.

Esa noche, cuando Lucía se durmió abrazada a su peluche, me senté en la cocina, sola, con una copa de vino. No lloré. No iba a darles ese poder. En vez de eso, escribí un mensaje en el grupo de WhatsApp del colegio, desde mi propio número:

“Hola a todos. Siento mucho la confusión de hoy. Alguien se hizo pasar por mí y canceló la fiesta de Lucía sin mi consentimiento. Mi hija ha pasado su cumpleaños sola. No sé quién ha sido, pero espero que nunca le hagan esto a vuestros hijos. Gracias a los que habéis preguntado.”

Al día siguiente, el móvil no paraba de sonar. Mensajes de disculpa, padres indignados, incluso una madre sugirió hacer una merienda improvisada para Lucía el sábado. Marta me llamó furiosa:
—¿Qué haces poniendo a todo el mundo en mi contra?
—¿De verdad tienes la cara de llamarme después de lo que has hecho? —le solté, sin poder contenerme—. Has dejado a tu sobrina sola en su cumpleaños. ¿Por qué, Marta? ¿Por qué tanto odio?
—¡Tú siempre te crees mejor que yo! ¡Siempre eres la hija perfecta!
—No, Marta. Solo intento que mi hija sea feliz. Algo que tú nunca has entendido.

Mis padres me llamaron después, pero no para pedir perdón. Mi padre, seco como siempre:
—No deberías haber hecho público lo de la familia. Eso se queda en casa.
—¿Y dejar que Lucía piense que nadie la quiere? No, papá. Ya basta de tapar las vergüenzas familiares. Esta vez no.

Ese sábado, la casa se llenó de niños, risas y regalos. Los padres trajeron tartas, globos y hasta una piñata. Lucía no paraba de sonreír. Yo la miraba y sentía una mezcla de orgullo y tristeza. Porque, aunque había conseguido que mi hija tuviera su fiesta, sabía que la herida familiar era más profunda que nunca.

Esa noche, mientras recogía los restos de confeti del suelo, me pregunté: ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por orgullo? ¿Vale la pena perder a la familia por no pedir perdón? ¿O quizá, a veces, hay que dejar atrás a quienes no saben quererte bien?

¿Vosotros qué haríais? ¿Perdonaríais a vuestra hermana después de algo así? ¿O pondríais límites, aunque duela?