El día que todo cambió en la familia Martín

—¿Pero tú te has vuelto loco, Javier? —gritó Lucía, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas, mientras el murmullo de los invitados llenaba el salón del hotel en pleno centro de Madrid.

Javier, impecable en su traje azul marino, ni siquiera la miró. Sostenía la mano de Marta, su secretaria y amante, arrodillado ante ella con una sonrisa arrogante. —Lucía, esto tenía que pasar tarde o temprano. Marta y yo… bueno, lo nuestro es real. Tú y yo solo somos socios en esto—dijo, refiriéndose a su matrimonio como si fuera un simple contrato más de los que firmaba cada semana.

Los invitados, directivos y empleados de la empresa familiar Martín & Asociados, no sabían dónde mirar. Algunos cuchicheaban; otros, simplemente, se marchaban discretamente. Lucía sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Pero no iba a llorar delante de todos. No le daría ese gusto.

—¿De verdad crees que puedes humillarme así? —susurró Lucía, apretando los puños—. ¿Delante de toda nuestra gente? ¿Delante de tus padres?

Javier se encogió de hombros. —Esto es España, Lucía. Aquí la gente olvida rápido. Mañana todo será viejo chisme.

Pero Lucía no era una mujer cualquiera. Hija de un empresario asturiano que había levantado su fortuna desde cero, llevaba años soportando desplantes y desprecios por mantener la familia unida para sus hijos, para no dar que hablar en el barrio ni en las comidas familiares de los domingos. Pero esa noche algo se rompió para siempre.

No durmió. Mientras Javier celebraba su nueva vida con Marta en un hotel de lujo en la Gran Vía, Lucía repasaba papeles en el despacho de casa. La casa estaba en silencio; solo se escuchaba el tic-tac del viejo reloj heredado de su abuela. En ese momento recordó las palabras de su padre: “Nunca pongas todos los huevos en la misma cesta, hija”.

A las ocho de la mañana, Lucía llegó a la oficina antes que nadie. Saludó al portero con una sonrisa forzada y subió al despacho principal. Allí estaban los documentos que llevaba meses preparando con su abogado: Javier había firmado sin leer, confiando en ella como siempre. El poder notarial, las acciones… todo estaba a su nombre desde hacía semanas.

Cuando Javier entró en la oficina, aún con resaca y el perfume barato de Marta pegado a la camisa, se encontró a Lucía sentada en su silla.

—¿Qué haces ahí? —preguntó, molesto.

Lucía le mostró los papeles. —A partir de hoy, yo soy la presidenta de Martín & Asociados. Tú ya no tienes ningún poder aquí. Ni aquí ni en casa.

Javier palideció. —No puedes hacerme esto…

—¿No? —Lucía sonrió por primera vez en meses—. Lo he hecho. Y ahora te toca a ti decidir si quieres ser el hazmerreír de toda España o marcharte dignamente.

Javier intentó protestar, pero todos los directivos ya estaban al tanto. Su suegra le lanzó una mirada fulminante desde la puerta; sus hijos ni siquiera le dirigieron la palabra cuando intentó acercarse a ellos esa noche.

En el barrio se corrió la voz enseguida: “¿Te has enterado? La Lucía ha echado al Javier y ahora lleva ella sola la empresa”. En el mercado, las vecinas le daban palmadas en la espalda: “¡Ole tú! Ya era hora de que una mujer pusiera orden”.

Lucía no lloró ni una sola lágrima más por Javier. Se volcó en sus hijos y en su trabajo; modernizó la empresa, implantó horarios flexibles para las madres trabajadoras y organizó cenas familiares todos los viernes para no perder nunca más lo importante.

A veces, por las noches, cuando el silencio volvía a llenar la casa y el reloj seguía marcando el paso del tiempo, Lucía se preguntaba: “¿Cuántas mujeres más tendrán que pasar por esto para darse cuenta de su propio valor? ¿Y tú, qué harías si estuvieras en mi lugar?”