El dinero que nunca llegó: secretos en la familia y cámaras en el banco

—¿Otra vez nada, mamá? —preguntó Lucía, mi hija menor, mientras me veía revisar el buzón por quinta vez esa semana.

—Nada, hija. Ni una carta, ni un aviso del banco. Y tu hermano dice que manda el dinero todos los meses… —respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz.

La verdad es que llevaba casi un año esperando esos envíos de Miguel, mi hijo mayor, que se fue a Barcelona hace ya cinco años buscando mejor vida. Cada mes me llamaba y me decía: “Mamá, ya te hice la transferencia. ¿Te llegó bien?” Y yo, para no preocuparle, le decía que sí, que todo perfecto. Pero la realidad era otra: seguía sobreviviendo con la pensión mínima y el monedero cada vez más vacío.

No quería pensar mal de nadie, pero algo no cuadraba. En el pueblo todos se conocen y los rumores vuelan más rápido que el viento de Levante. Empecé a sospechar cuando la cajera del banco, Carmen, me miró raro la última vez que fui a preguntar por el dinero. “Aquí no ha llegado nada a tu cuenta, Rosario”, me dijo bajito, como si temiera que alguien nos escuchara.

Esa noche no pude dormir. Me revolvía en la cama pensando en todas las posibilidades. ¿Y si Miguel mentía? ¿Y si el banco se quedaba con mi dinero? ¿O peor aún… y si alguien de la familia estaba haciendo de las suyas?

Decidí investigar por mi cuenta. Al día siguiente fui al banco temprano, antes de que abrieran las puertas. Carmen me recibió con una sonrisa forzada. Le pedí que revisara los movimientos de mi cuenta desde hacía un año. Nada. Ni rastro de las transferencias de Miguel.

—¿Y si miramos las cámaras de seguridad? —le solté de repente, casi sin pensar.

Carmen se quedó helada. Dudó un momento, pero al final accedió. Fuimos a la oficina del director y allí, entre cafés fríos y papeles desordenados, revisamos las grabaciones de los días en que supuestamente debía haber recibido el dinero.

Lo que vi me dejó helada: era Lucía, mi propia hija, entrando al banco con mi libreta y mi DNI en la mano. Hablaba con Carmen, firmaba unos papeles y salía con un sobre blanco. No una vez, sino varias veces durante el año.

Sentí como si me hubieran dado una bofetada. No podía creerlo. ¿Mi niña? ¿La que siempre decía que no llegaba a fin de mes? ¿La que venía a comer conmigo los domingos y se llevaba tuppers para la semana?

Esa tarde, cuando Lucía vino a casa como siempre, le puse el vídeo delante sin decir palabra. Se quedó blanca como la pared.

—Mamá… yo… —balbuceó—. Era solo para ayudar a pagar unas deudas… Pensaba devolvértelo todo cuando pudiera…

No supe qué decir. Me dolía más la traición que el dinero perdido. Miguel llamó esa noche y le conté todo entre lágrimas. Hubo gritos, reproches y silencios largos al otro lado del teléfono.

En el pueblo, la noticia corrió como la pólvora. Algunos me decían que era mejor callar y arreglarlo en familia; otros me animaban a denunciar. Pero yo solo quería entender cómo habíamos llegado a esto.

Ahora, cada vez que paso por delante del banco o veo a Lucía jugando con sus hijos en la plaza, me pregunto: ¿En qué momento dejamos de confiar los unos en los otros? ¿Vale más el dinero que la familia? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?