La última carta de mamá: secretos bajo el sol de Andalucía
—¡No me hables así, Lucía! —gritó mi madre, con la voz rota y los ojos llenos de lágrimas, mientras el aroma del café recién hecho se mezclaba con la tensión que flotaba en el comedor.
Yo apreté los puños bajo la mesa, sintiendo cómo el calor de la tarde sevillana se colaba por la ventana abierta. Afuera, los vecinos charlaban animadamente, ajenos al drama que se cocinaba en nuestra casa. Mi hermano pequeño, Javier, miraba su plato sin atreverse a levantar la vista. Papá, como siempre, se refugiaba en el periódico, fingiendo que no escuchaba nada.
—¿Y cómo quieres que te hable? —le respondí, con la voz temblorosa—. ¡Llevas años mintiéndome! ¿De verdad pensabas que nunca me iba a enterar?
Mi madre se llevó las manos a la cara. Supe entonces que algo grave estaba a punto de salir a la luz. El silencio se hizo tan denso que hasta el tic-tac del reloj parecía un grito.
—Lucía, hija… —empezó ella, pero las palabras se le atragantaron—. No era el momento. Nunca lo fue. Quería protegerte.
—¿Protegerme de qué? —insistí, sintiendo cómo una rabia antigua me subía por la garganta—. ¿De saber quién es mi verdadero padre?
El periódico de papá cayó al suelo. Javier soltó un sollozo ahogado. Mi madre me miró con esos ojos verdes que siempre habían sido mi refugio y ahora eran un mar de culpa.
—No lo entiendes… —susurró—. Aquí en el pueblo, las cosas no son tan fáciles. Tu padre… bueno, él te ha querido como a una hija desde el primer día. Pero tu verdadero padre…
Me levanté de golpe, tirando la silla hacia atrás. El ruido resonó por toda la casa. Sentí que el mundo se me venía abajo. ¿Cuántas veces había escuchado a las vecinas murmurar en la plaza? ¿Cuántas veces había notado esas miradas de compasión disfrazadas de curiosidad?
—¿Por qué ahora? —pregunté casi en un susurro—. ¿Por qué me lo cuentas justo cuando estoy a punto de irme a Madrid a estudiar?
Mi madre se acercó y me abrazó con fuerza. Olía a colonia de lavanda y a pan recién hecho, como cuando era niña y todo parecía más sencillo.
—Porque no quiero que te vayas sin saber la verdad —dijo entre sollozos—. Porque mereces elegir tu propio camino sin cargar con mis secretos.
Papá se levantó entonces y me miró con una mezcla de tristeza y orgullo.
—Lucía, yo siempre seré tu padre —dijo con voz firme—. La sangre no lo es todo. Aquí, en Andalucía, lo que importa es el corazón y la familia que uno elige.
Javier se acercó y me cogió de la mano. Sentí su apoyo silencioso, su miedo y su amor incondicional.
La tarde siguió avanzando mientras los rayos del sol pintaban de oro las paredes encaladas de nuestra casa. Afuera, los niños jugaban al fútbol en la calle y las campanas de la iglesia marcaban la hora de la merienda.
Esa noche, mientras leía la carta que mi madre me dejó bajo la almohada, entendí que todos llevamos cicatrices invisibles. Que las familias españolas, por muy alegres y ruidosas que parezcan desde fuera, también esconden secretos y dolores profundos.
Ahora me pregunto: ¿seré capaz de perdonar? ¿Podré algún día mirar atrás sin sentir ese nudo en el estómago? ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si vuestra vida cambiara en un solo instante?